Advertencia

"Las personas que intenten descubrir motivo en esta narración serán enjuiciadas; las personas que intenten hallarle moraleja, serán desterradas; las personas que intenten hallarle una trama, serán fusiladas. "
Mark Twain

lunes, 22 de agosto de 2011

De sirenas

-Ya ni recuerdo lo que estábamos soñando.
-Has soñado conmigo últimamente?
-No.
-Entonces creo que no es cierto que uno sueña con las personas que se acuestan pensando en uno. Igual, deberíamos hacer un experimento con todas las de la ley un día de estos.
-Bueno.

Están a oscuras y caminan un poco a tientas, otro poco de memoria. Todavía tienen la ropa con la que se acostaron, pero ahora él tiene una bufanda morada y ella un reloj marca Pissocia. A los dos les sorprende un poco el hecho de que ella tenga el reloj y él la bufanda, pero todo bien. Francamente, el río fluye.

-A veces yo intento caminar por la ciudad intentando abstraerme de lo conocido. Comportarme como turista. Olvidarme que llevo años lijando estas esquinas y pretender que son nuevas. No lo logro más de cinco pasos a la vez.
-A mí me pasa con las montañas.

Caminando un poco más, se topan en el centro. Es, o les parece a ellos, una habitación de techo amplio, porque el fresco de la madrugada se cuela un metro sobre sus cabezas.

-Ya conocíamos este lugar.
-Pero sólo de hablarlo. Nunca habíamos venido.
-Vos sabés que ya no hay que tildar el "solo", verdad?
-Sí, pero me gusta.

Hay un catrecito, que huele a mal sexo y colillas de cigarro olvidadas. En una esquina descansan unos cigarros marchitos sobre un cenicero, sobre un ceniero, pero no tienen ningún olor. Afuera empieza a caer una lluvia pausada, con timidez de novata.

-Si pudiera establecer una pauta para todos mis dormitorios, serían las luces de colores. Deberían colgar de las paredes, como si llovieran canicas.
-Eso. Luces de colores. Ese es el nombre que vamos a publicar. Es el nombre que deberían tener siempre. Nada de navidad.

Después de toparse en el centro, recorren con los ojos la oscuridad.

-Cuando estoy en el mar, siempre espero que unas manos me arrastren de las piernas hasta el fondo. No con miedo, con ansias. Me gustaría que me arrastraran las sirenas y me enseñaran su idioma, pero nunca pasa.
-Si vos fueras sirena, tendrías la cola marrón.
-Pero yo sé que eso nunca va a pasar.
-Hagamos una promesa: si alguno de los dos descubre que existe un mundo paralelo, sea en la segunda estrella a la derecha, o cayéndose por un hueco o entrando en un armario, esa persona vuelve a contarle al otro.
-Lo más probable es que nos lo prohíban, sería el protocolo en un caso de esos.

Hay un silencio y luego un golpe.

-Sí, la confidencialidad. Se me olvidaba.

Están sentados al lado y los dos juegan con el largo cordón enrrollado.

-Lo que la gente debería de conservar es el asombro. A partir de ahí, se puede conseguir todo.
-Y usted cree que eso se pierde?
-Vea toda la gente que está afuera. Es mierda que cuando les pasa al lado un perro mojado, o se despiertan una mañana exactamente a las 5:55 o se les rompe un botón se dan cuenta. No lo notan. Es hasta que un día algo totalmente fuera de serie les pega en la cara y los obliga a abrir los ojos. A asombrarse. Y ahí sí, ahí es cuando deciden visitar el zoológico, dejar de usar el carro para ir al trabajo durante unos días o escaparse un fin de semana con la amante. Pero para más no nos da. Nadie puede evitar el punto de control del desayuno a las siete.

Ella mete un poco la panza, como si le estuvieran tomando una foto. Él decide probar qué tan rápido puede tocarse las yemas de los demás dedos con el pulgar.

-El otro día pasaba por aquel edificio de ladrillos por el correo y me di cuenta que al lado había una casa abandonada. Me fijé por una rejilla y no vi nada, pero me dio miedo. Yo creo que el miedo es algo más, como si el cuerpo reaccionara físicamente a algo.
-Pero no nos daríamos cuenta?
-Sería, qué se yo, como cuando en el siglo XI los afectaba la gravedad, pero nadie sabía qué era. Solo sabían que cuando tiraban algo se caí. Algo así debe ser.
-Yo creo que el miedo es una presencia. El cuerpo reacciona ante la cercanía de algo, que vos y yo no sabemos qué es, pero es algo ahí.
-Es como un perro antes de un temblor.

Podrían arrancarle el olor de mal sexo al catre, pero siguen sin tocarse. Para eso hay otras mujeres y otros hombres, otras noches etiquetadas para eso, con todo el desinterés y el compromiso del caso. Arrastran la conversación con buen ritmo.

-El otro día que nos vimos no salió tan bien.
-No?
-No. Al menos yo sentí eso. Yo sé que en algún momento vamos a poder cuantificar la incomodidad en un ambiente. Debe ser como la humedad o la presión atmosférica. Uno entra a un cuarto y sabe si acaban de pedirle el divorcio a alguien o no.
-Y qué va a hacer cuando logren medirla?
-Compro la patente de la máquina y la entierro.

Él ya está empezando a cabecear. Se acaban de dar cuenta que están en un pasillo central. Todavía no amanecerá por un par de horas.

-Me voy por hoy. Seguimos hablando.
-Dale.

Él camina hacia un extremo del pasillo y deja el teléfono blanco sobre la base. Ella solamente vuelve la almohada. Mañana no recordará nada.

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