Advertencia

"Las personas que intenten descubrir motivo en esta narración serán enjuiciadas; las personas que intenten hallarle moraleja, serán desterradas; las personas que intenten hallarle una trama, serán fusiladas. "
Mark Twain

jueves, 3 de febrero de 2011

Sin título

No quiero escribirte,
nada.
Cero palabras.

Quiero dejar el resto de la página en blanco.
Porque es más lindo así.
Tener que pensarte.
Forzarme,
no a buscarte palabras,
sino a pensarte.

No quiero escribirte.
Quiero dedicarte insomnios,
poemas que recuerdo,
momentos que podría fotografiar,
historias ajenas.

Quiero hincarte los dientes.
Enseñarte como a los niños,
con las manos y el ejemplo.
Quiero jugar a entomólogo
y a curioso
y tal vez aprendernos una anatomía primera.

Tal vez otra madrugada,
te escriba lo que llevo semanas guardando.

Hoy sólo quiero soñarte.

domingo, 9 de enero de 2011

Little did he know

"Little did he know. That means there's something he doesn't know, which means there's something you don't know, did you know that?"
Dr. Jules Hilbert

Hoy conocí a una muchacha que olía como vos. La verdad no le vi la cara, ni le pregunté el nombre, ni me sé su signo zodiacal; sólo estábamos en la misma casa y yo pasé tres o cuatro veces a su lado. Es vacilón que ahora te recuerde, casi nítida, con sólo unas cuantas bocanadas de un perfume ajeno. Solo hago la nota.

Es raro que piense en vos, porque me gasto los días pensando en otra. No con la obsesión o el desenfreno mental de hace unos años, sino con más serenidad. Hay miércoles que sólo transita por la cartelera de cine o el sétimo capítulo de Te Acordás Hermano. Son días sencillos, sin mucho roncar de colmenas o náusea estomacal antes de dormirme.

Pero otros días la deletrean los objetos más comunes. El pitido de un afinador, dos tipos tomando té en un programa de mierda que pasa TVE, mi hermana que pasa, la canción que espera al fondo de la lista, una gargantilla de cáscaras de pistacho, el poema de Benedetti que antes odiaba porque no lo entendía y así sigue la lista. Lluvia de estrellas, una película que creía perdida, la foto de una librería en París, un LP, mi coronel y sus doscientas historias.

Uno es siempre el idiota. Una película que ahora parece tan vieja me presentó el timing y creo que nunca lo entendí del todo. Cuando uno voltea al frente, tiene a la nueva Luisa González con los labios entreabiertos, o descubre una tarde lluviosa que Peter Sarstedt en realidad le canta a ella, pájara casi siempre pinta. A veces lo que falta es abrir los ojos cuando hay que abrirlos.

Con el tiempo, uno aprende. Y lo que ahora sé, después me parecerá tan vano. ¿Qué sabe uno se manda de jupa al vacío? Little did he know.



lunes, 13 de diciembre de 2010

Diario de Sorpresas, primera entrada

En los albores de la Batalla del cerro Dhogial, el coronel esperaba una carta del Hospital de Lenney con tanta angustia que los zancudos no lo picaron durante dos noches seguidas. Los oficiales mantuvieron vigilia frente a la puerta, horrorizados ante la idea de que no recibiera noticias, buenas o malas.

Media hora antes del inicio pactado con las fuerzas enemigas y convencido que jamás llegaría el mensajero, el coronel llamó a su secretario personal y solicitó una botella enorme de tinta, dos plumas de la mejor calidad y el primer papel que se encontrara. A su teniente más tenaz le encomendó la preparación para la batalla y al mejor capitán un plan para el escape, escupió veneno ensalivado en la entrada de su carpa y se encerró a escribir.

Tituló la primera página del manojo hediondo que le entregó su secretario con la fecha del día y empezó un diario de sorpresas. En una de sus traveseadas de niño por las ruinas de la Casa Martha, había encontrado un grupo de hojas encuadernadas de manera tosca y en cada hoja encontró una sorpresa que había recibido su autor durante cuatro años, siete meses y trece días, con la confesión de un suicidio totalmente previsible en la última entrada.

El coronel empezó su diario de sorpresas con el vacío interno que le dejaba el mensaje extraviado, el mensajero devorado por lagartos, el mensajero seducido en un pueblo de camino, el mensajero durmiendo en su casa pues nunca lo enviaron a ningún trabajo. Más allá de explicar su amargura, de roerse los tendones del torso, se limitó a documentar de manera detallada la sorpresa del momento.

Afuera, diez mil estandartes con los viejos escudos de la República se preparaban para la primera gran batalla que esos llanos olvidados habían visto desde que galoparon imperiales los primeros libertadores, con la minúscula acentuadísima. Hacia ellos avanzarían en veintiséis minutos, hora del coronel, hombres en tres veces su número.

Con su letra casi ilegible, el coronel se explicó su pesar por la muerte de tanta alma cristiana, por la maldita suerte que tendría el Cerro Doghial a partir de entonces, pero ante todo, escribió con rabia el alivio que sentía por conocer el desenlace. Con la mano en el pecho, horrorizado, narró a un lector anónimo la sorpresa de no inmutarse tras conocer la fatal suerte que le esperaba en el campo de batalla en veintiún minutos.

Escribió el coronel los detalles de su muerte, la caída de los doce bravos de su guardia personal, la espada de empuñadura azul que zanjaba dos o tres hombreras y luego la estocada certera, los dos metros desde la cruz de su caballo hasta el barro engrasado con sangre y los ojos en blanco. Daba una nueva explicación de la sorpresa que produce el conocimiento del final cuando entró el comandante primero, con la carta en la mano y los ojos expectantes.

Leyó el coronel la hoja amarillenta y supo que sí llegaría el batallón oriental por la retaguardia del enemigo con 15 mil espadas afiladas y el teniente coronel al mando, tras recibir alta en Lenney.

Conocedor de su rabia plana, su muerte, el otro universo paralelísimo y casi idéntico, las caras de agonía de todos sus hombres y las sombras que iban a trazar los cuerpos despedazados de sus doce valientes y ante todo, desprovisto de toda sorpresa ante cualquier cosa que fuera a pasar, el coronel sólo deseó con una solidaridad inexplicable que el general de la otra acera pudiera escribir su propio diario de sorpresas, antes que lo amaneciera por estribor el teniente coronel.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Francofilia

"Yo no sabía que era un fauno. Pero no, ahora me doy cuenta, soy un centauro. Patas delanteras flacas e inestables, como las de la vaca brava. Miro las vidrieras. Aquí un centauro-maniquí, con camisas wash&wear. Allí el semáforo verde y otros cinco centauros que cruzan Dieciocho. Dos de ellos con mujeres a cuestas, como en las motonetas. Desde que soy un centauro, busco una mujer para llevar a cuestas"
Mario Benedetti, Gracias por el Fuego

"The smell of you in every single dream I dream"
Train

"In dreams, emotions are overwhelming"
Shepane, The Science of Sleep
Qué dicha la de aparecer en una choza de madera, pintada a ratos de verde y con las puertas anaranjadas. Estamos acá, negra, estirá la mano hacia tu izquierda y tocá la pared del antecomedor. Afuera están pasando un grupo de gaviotas de papel, boronas de origami de una escena anterior. Mi tía está sentada en la mesa blanca de la cocina abriendo todos los pistachos de una bolsa, uno por uno. Mientras tanto, nos canta algo de Édith Piaf y a nosotros, que estamos recostados contra la pared llena de retratos de señores arrugados, nos suenan cosas diferentes. La tía, con cara de actriz de Hollywood, eso sí, abre cada pistacho y le exprime tu olor en una copita de plata. Abre y exprime, abre y exprime. Olé, negra, la casa entera se llena de vos y yo empiezo a tirar aviones de papel por el balcón del segundo piso. Vos te reís, pero me pasás las hojas más derechitas y yo las hago volar hasta el árbol segundo que se cae de tantas mandarinas que nos hacen eco de las risas. Salimos en un avión de esos, negra, encajados en una bandada de Pájaras Pintas que nos remolcan y me decís que entonces voy yo solo. Ahora soy un caza británica que sobrevuela las Malvinas y alguien está dejando caer canicas en la parte de atrás de mi casco de piloto. Si me vieras ahora, negra, vuelo derechito y hasta puedo hacer piruetas en el aire y tengo un uniforme que me hace ver los hombros grandes y una pelota de medallas en la parte izquierda del pecho. Pero no sé qué dirías. Persigo ahora a un hipopótamo alado y desde el control de la fuerza aérea me habla una niña de cuatro o cinco años en un francés exquisito y me cuenta de la historia de un grupo de animales alados que realmente no entiendo porque ya decidí dejar de asignarle significado a esos sonidos. Le disparo al hipopótamo por tristeza, a vos no te gustaría verlo así alado y errante. Cuando revienta, como un globo de helio, me huele a tu mejilla y sé que es estúpido porque las cabinas de cazas británicos son herméticas y vos no estás aquí. Mi tía todavía debe estar quebrando pistachos y mi abuelo arrancándole hojas a la matilla de menta que tenemos en el patio. Afuera siguen las aves de origami, sólo que ahora son lechuzas y el avión británico estacionado en la cancha de béisbol. Estoy sentado en la mesa del antecomedor de la choza de madera que alguien pintó de verde, pero sólo en ciertas partes, y quiebro pistachos para no olvidarme nunca. Con pesar te comunico, negra, que dejé de verte. En el marco de la puertita que da con la cocina hay un nido muy grande, con tres huevos enormes de Pájaras Pintas y estoy seguro que si quiebro uno vas a salir leyendo un soneto de Shakespeare o con una polaroid. Suena a catarata y huele a vos; alguien debe estar sacudiendo el árbol de pistachos.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Los viejos

"Lights will guide you home,
and ignite your bones,
and I will try to fix you"
Coldplay
El viejo se levantó del sillón al lado del teléfono, tomó su chaqueta verde y se fue a preparar un café. Afuera, el día se escurría entre los cipreses y el barandal blanco y él puso a hervir el oxidado jarro del café, agua hasta la mitad y fuego lento, que no tengo prisa. Como todas las mañanas después de Cerro Doghial, se había levantado antitos del amanecer y sostuvo guardia en el sillón hasta que aceptó tomar la primera taza.

Mascaba un manojo de hierbabuena con miel, para fortalecer las encías. La vieja se levantaría a las nueve y todavía le quedaban un par de horas para rumiar las primeras luces del domingo. Se asomó a la alacena y raspó lo último que quedaba en el tarrito de café, apenas alcanzaba para una taza y la vieja no podía respirar sin tomarse una apenas paraba los ojos.

Durante quince minutos, el viejo dejó la mirada ausente y vagó. El burbujeo lo regresó a la cocina de cuatro ventanas, chorreó media taza y volvió a la salita para vigilar el teléfono. El miércoles le había dictado una carta al escribano y personalmente la había entregado en la estación del correo.

Desde la noche del Cerro Doghial el teléfono lo mantenía en vilo. A la vieja le había dicho que esperaba una llamada del director de pensiones del magisterio, por una famosa nueva fórmula en el cálculo de los pagos que se inventó el nuevo reglamento. Ella le asistía en la vigilancia, tomaba los turnos del almuerzo y la siesta de media tarde, porque él roncaba neciamente y no daba cuenta del mundo exterior. Hoy no podía darse cuenta que estaba en el sillón al lado del teléfono porque ambos sabía que la dirección de pensiones cierra el viernes a las tres cincuenta.

Bajó un almanaque del librero y se puso a ojear las imágenes. Desde que era un chiquillo había visto muchos mapas y fronteras tropezarse y levantarse nuevos, ya no compraba los atlas. Pero lo maravillaban los paisajes lejanos y sostuvo muy cerca de sus ojos una interpretación que hacía el dibujante de las callecitas de París. Pasó una página y salió un retrato de Shakespeare, pero cerró el libro sin saber quién era el viejo feo.

El silencio del teléfono lo extenuaba. La casa chirriaba entera, las vigas lloraban otro año de comején y días y días al sol, pero nada entraba en la salita. Tampoco el viento se animaba a romper el cerco invisible que protegía las ventanas abiertas, por miedo a la impaciencia del viejo y la burla del auricular inerte. Él sacó un pañuelo marchito del bolsillo derecho para secarse las gotas de sudor y siguió sin aparecer un sonido.

La mano de la vieja movió con paciencia la puerta y lo vio sentado en el sillón al lado del teléfono, con el almanaque en la mesita. Se quedó de pie un rato, mirando la escena. Luego anunció que quería café y él movió los ojos hasta los de ella. "Ahora raspé el tarro. Solo queda para media taza" y ella que tenía un antojo terrible y quería tomarse dos bien cargados.

-Bueno. Ya regreso.

Y salió de la salita con el alma en la boca y una última mirada angustiosa hacia el teléfono. La vieja lo escuchó tomar las llaves del clavo donde colgaban y vio la figura con sombrero pasar más allá de los cipreses de la entrada. Con un sonrisa encallada en los labios arrugados, tomó el cable del teléfono y lo conectó al toma de la pared. Llevó el almanaque de regreso al librero, le quitó un poco el polvo del lomo, por aquello del asma del viejo, y regresó al sillón.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Oblación

Es tiempo de cierto lujitos,
qué decirte,
arrancar seis candelas del queuque
y sentirse otra vez de quince años,
claro, entero,
como si aquí no hubiesen pasado muchas manos
y ojos
y piernas
y labios
y hacerse el olvidadizo,
como si no hubiera dolido la mierda
y no tuviera tatuados
entre la tercera costilla y el paladar a
esas manos y ojos y piernas y labios.

Qué te digo,
romper los botones de la prudencia
y mostrar el pelito del pecho
(aunque sea poco)
para aguantar
otras manos y ojos y piernas y labios
y no pensar si dolerán en puta
o sólo un poquito,
sino jugar de macho bravo
o de pubeto inocente
(ya eso se interpreta)
y animarse a re-empezar.

Si me siento palma de mano,
llano y universal,
es para ser ofrenda de iniciación
primerísimo rito,
chiquillada de veinteañero
que olvidó el cuaderno de historia familiar
en un caño de la universidad.

Es el marinero terco
que casi muere ahogado.
Soñarse otras
manos y ojos y piernas y labios
sin saber dónde o cuándo o cuánto pegarán.
Y sin que me importe.


domingo, 21 de noviembre de 2010

La idea

Lo más sensato es dejar de tildar, cambiar las qu- por k-, dejar espacio a lo libre, tomando esto como una metáfora, que bien definió la profesora de español como una comparación no explícita, aunque sí, y bien, yo soy del equipo del símil. O al menos a partir de mañana, no hagás hoy lo que podés hacer mañana, todo tiene cara y cruz y si se tira muchas, muchas veces es muy complicado que caiga de pie. Entonces mejor asomarse al mundo, salir de la coraza absurda que hace rato me hiciste y volver a ser Diego, ese tipo absurdo que fui una vez y que ya dejé de ser.

Todo esto es el efecto catarsis que hablaba Angelick el año pasado, encuentre una válvula de escape y vaya dejando por ahí las cosas. Si usted usa muchas veces al mismo personaje en tal juego, va a ser bueno y en el mundo de pixeles va a ser reconocido. Pero eso no existe, apenas me alcanza para una alegría de media tarde cuando no quiero terminar la tarea de contabilidad. El uno de mi teclado no sirve y eso me complica los símbolos de exclamación, que de todas formas no soy muy enfático en nada que escribo.

Debería tomar ahora mismo todos los despertadores de la casa y romperlos en varios/múltiples pedazos. Aunque eso no solucionaría nada, la forma es nuestra obsesión, abortos del siglo XX escupidos en una década de que me caigo o no me caigo y yo no entiendo lo que dicen estos numeritos, mirá, vení, podés explicarme por qué tengo la pantalla azul. El carajo con este momento absurdo, estos avatares esparcidos por servidores y sitios anónimos, la tercera cuenta de correo para hacer el segundo perfil falso en las redes sociales.

Mi papá me decía que cuando ellos eran chiquillos se iban todas las tardes a jugar ping pong a cuatro casas de la de él, en las tardes de verano y algo se les escapó de estar jugando en vez de estudiar. Eran tiempos sencillos, el tiempo se podía perder en un limitado número de actividades presenciales y el ritual de apareamiento era básico, hola, te hablo, estos son mis ojos y esta es mi boca entreabierta, cuando la abra un poco más va a ser para darte un beso, vale?

Ahora que vos y yo estamos tan lejos que no podemos encontrarnos, que yo sé que estás ahí y a veces me dan ganas de agarrar mi celular y mandarte un mensaje porque encontré un nuevo puesto de libros usados o porque llevo media hora esperándote en una banca del parque de San Isidro de Coronado o porque yo sé que ahí estás y vos también escuchaste el Hypnotic Brass Ensemble y sentiste la piel reventarse de ganas de salir gritando. A veces creo que se piensa mucho en estas cosas que realmente no van a tener una relevancia en mi vida.

Una amiga mia tenía un abuelo, o lo tiene, mi punto es que está el señor con sus cuarenta años y su crisis de preadolescente que muchos se afanan de superar (aunque mi criterio es que es absurdo afanarse de eso) pero está el viejillo, economista muy arrecho y con el pelo medio lleno de canas decide que cuelga la calcu y se mete a escultor. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, y Pedro Navaja con un tiro en las tripas y rubencito cantando al fondo, que ahora le entra con los de la 13 y suena en todas.

Lo que me gusta es respirar hondo y pensar que estoy con un cigarro muy grande y muy feo, que me obliga a aspirar largo y fuerte y después cuento cuatro segundos, de algún lado lo oí y boto sin pena, cuatro segundos más y luego espero cuatro. Hoy lo hice sentado en la iglesia y a veces eso me llena más de paz que otras cosas. Lo que pasa es que tengo ahora una coraza, me la metiste vos y ella y en su momento, y me la dejé meter yo y ahora lo que quiero es dejarme ir, sentir los hijueputas trenes roncándome en la panza y planear una salida estúpida a algún lado.

Mi profesora de periodismo escrito nos contó varias historias de reporteros que creían que el medio los iba a censurar y se autocensuraban. Mi profesora de sociología me decía que cada día había que hacer una cosa contra lo establecido, solo por el asunto de romper con la monotonía. Un compañero me decía que es raro, lo que hoy lo hacemos vamos a hacer lo mismo dentro de siete días y uno asume que son días iguales, cuando cada día es maravillosamente nuevo.

Las primeras veces que bajaba en bus a la universidad, pensaba que la gente que viajaba había perdido la alegría, yo iba pensando muchas cosas buenas y malas, tontas y retontas y después me bajaba y seguía hacia mis clases. La gente iba aguevada porque deben tener una vida de mierda con un brete de mierda, pero tal vez algo se pueda hacer para aliviar las cosas. El mundo debería de ser mejor, creo que es posible.

Yo era antes un poco más soñador, más temerario, más idiota porque la verdad es que sí viene al caso. Lo que pasa es que ciertas inhibiciones ciertamente nos inhiben. Y al otro lado del charco, por ejemplo, hay una negra cantándole al caribe que va a buscarla. En el noreste de norteamérica hay una universidad que se me negó. Las cosas no son parte de un plan, es cuestión de uno decidir si pasan por nada o pasan por algo.

Creo que con eso ya perdí la idea.