Advertencia

"Las personas que intenten descubrir motivo en esta narración serán enjuiciadas; las personas que intenten hallarle moraleja, serán desterradas; las personas que intenten hallarle una trama, serán fusiladas. "
Mark Twain

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Artesanía

Javier nació en San Pedro, en 1990. A los 23 años, con la flor de la vida en las manos y en simbiosis con el teclado, logró aguantar 400 horas en la silla y (con el culo bien plano, eso sí) terminó su primera novela.

Como todo libro del 2013, ironizaba del casi apagonazo del año anterior. Javier, hijo predilecto de la generación X, lamentaba su aislamiento de lo natural y renunciaba de manera simbólica al útero urbano, a la génesis metropolitano, según el crítico de turno del Grupo Nación. Las 312 páginas de su obra estaban llenas de cafetales, huertos de abuelo y filas y filas de matas de banano.

"La frontera" fue un pegue inmediato. La Librería Internacional vendió todas las copias en 2 meses, en su mayoría a estudiantes universitarios y colegiales a punto de graduarse. La editorial estaba considerando una reimpresión y el MEP lo incluyó en la lista de candidatos para las lecturas obligatorias de Undécimo Año.

Algunas semanas después del furor inicial, Karla, novia de Javier, recordó sus parientes de Linda Vista de Cartago y un primo que debía estar saliendo del colegio. Consiguió una copia, con el autógrafo y dedicatoria de rigor, que envió a Marcel, con la certeza que lo encontraría delicioso.

Su primo lo recibió unos días después, con el correo. Ávido como era para la lectura, voló por las primeras sesenta páginas en una tarde especialmente soleada, en una silla frente a la entrada de su casa.

Nomás empezar el sexto capítulo, concluyó que el libro era una total mierda, una fantasía de niño de ciudad que en su puta vida ha visto una pala. Lo guardó en la canasta de yesca para la chimenea y se fue a bajar unas mandarinas, para quitarse el mal humor.

jueves, 9 de septiembre de 2010

PLL

"¡Pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo"
Oliverio Girondo

No creo que sea la sonrisa, o las pestañas de tulipán marino. Descarto también las curvas, los bocetos de verbos como aspirar y entablar que te nacen al borde de la oreja o la osadía de tus manos de obrera de tiempos bíblicos. Tachemos también uno o dos besos, no todos.

Hilando más fino podemos deshilachar una o dos medias alegres y tus pantalones de cortar pedacitos de edificios. La manía por coleccionar aretes y (maravillosos) lipsticks. Ni son treinta y resto de álbumes en un www azulinado o una cajita de secretos de otro triple-doble-uve. No señalo nada de eso.

Paréntesis formal. Otros elementos de la lista que llegué a cruzar con una raya negra y gruesa: semillas cósmicas en opalina, un balcón mítico y la negra alfombra que domina, filmes, pérdida de memoria a corto plazo, Concha Buika, mango cele por la mañana y pasta por la noche, ojos cavados en agua y viento, ocho botones de flor anónima sobre una botella azul. Cierra paréntesis formal.

Yo rompo y rompo. Quebré un futuro par de patines, como una alcancía. Vacío. Es bueno eso de encontrar el lomo de tu hombro inhabitado, la cuenca de tu respiración agotada, dos manos abiertas y desiertas, como la superficie del hielo. Me desprendo. Tacho (no Somoza) con gusto.

Al final quedás vos, sentada a mi lado, luchando a mano limpia contra el tiempo, aferrada a un trozo viejo de madera de balsa para no ahogarte. Entonces me convenzo: ahí estás vos. A mi lado, alada.

Y es mejor así, sin interferencia.

jueves, 19 de agosto de 2010

Una verdad

Para escribir de verdad hay que estar comiendo mierda.

miércoles, 26 de mayo de 2010

De la incertidumbre conocida

Cuando caminaban podían sentir en el aire la angustia ajena de las metas, del camino-no-recorrido, de saberse en trance. Ellos iban de la mano, como docenas de parejas que a diario asaltaban aceras, plazas, escalinatas de ministerios y esquinas perfumadas. Avanzan sin prisa. A su alrededor pasan miles de pies que salen de locales de madera y se pierden tras puertas. La niña de amarillo va con su madre, tiene un confite en la boca y parece no entender la prisa materna. Pega saltitos para alcanzar el ritmo, todavía con el envoltorio del dulce en la mano. Alejandra quiere agacharse y tomarla de su mano libre, “pequeña, no tenés que correr al lado de tu mamá, ella va tarde para la peluquería pero vos podés sentarte a disfrutar del parque conmigo” hasta que regrese la señora con un nuevo corte y el tinte con acento francés en que gastó el salario de la quincena, pero las mamás que caminan con niñas amarillas son muy celosas con sus hijas y se escandalizaría. Se aleja, pero ellos saben que dos o tres cuadras más adelante buscará la puerta de vidrio donde la niña esperará en un sillón café y gastado, junto a una mesita con muchas revistas viejas (porque las nuevas las guarda la peluquera en casa), mientras la mamá sonríe con timidez y pregunta por Flori, “que mire, me recomendó Sandra que la visitara a usted para que me ayudara, es que tengo un novio nuevo” y ellos prefieren dejar la visión ahí, aquello de la privacidad y la intimidad misma de una peluquería, último bastión de ciertas infidencias. Además los distrae el señor con maletín ejecutivo, traje gris ejecutivo, lentes oscuros ejecutivos, anillo ejecutivo y calvicie promedio. Se detuvo a comprar un pedacito de lotería en el puesto que maneja un señor muy viejo que (y esta vez la visión va por cuenta de Gastón) lleva 22 años en la misma esquina y puede recordar todos los números favorecidos con el premio mayor desde noviembre de 1990 a la fecha. El hombre se inclina sobre la mesa donde el chancero tiene los pedacitos que le quedan, pero lo llaman. Su secretaria le dice que recuerde la cita en la Alcaldía, “va tarde señor, me dijo el Concejal que lo esperaba a las 3 y acuérdese que usted no camina muy rápido”, pero el siempre-ejecutivo asiente (y la secretaria no puede verlo) le agradece el recordatorio, aun cuando es su gesto. Para cuando cuelga se lamenta un poco haber perdido un minuto en esa charla, secretaria nueva que aún no conoce su metódica vida, horas viendo numeritos en pantallas e informes financieros, calculando probabilidades y despedazando las manecillas de su reloj alemán para calzar la agenda diaria. Ellos se detuvieron un segundo, es delicioso plantearse estas interrogantes y su marca de medias favorito o la cantidad de llaves que carga. El ejecutivo vuelve a la mesa, con todas los papelitos pegados con chinches al pedazo de madera, pero él sabe que tiene que seguir caminando para la Alcadía y contra todo pronóstico (en esta parte sí les falla un poco la teoría) dice “deme dos gallos tapaos” y pagados los pedazos sale en carrera. El vendedor archiva tranquilamente el billete, murmurando algo del idiota que compra a lo loco, ellos se encogen de hombros, aunque todavía impresionados por la escena pero con la certeza que a veces el mundo se distorsiona así. Toman rumbo de nuevo, esperanzados porque saben que les falta rumbo y les sobra vida, a veces se toman de la mano o hay momentos que van lado a lado, buscando universos tirados en las aceras o en los pasillos de un mercado. Afuera, las parejas van de la mano a las cafeterías, a los cinemas, a la casa de una prima para poder tocarse sin que los vean los suegros. Ellos caminarán.

martes, 11 de mayo de 2010

Pesca artesanal

Ayer te esperaron.

Era un hombre sentado en un caño, muy solo y muy hombre. Contaba las piedras de la calle. Te iba a decir, cuando llegaras: “Aquí hay sesenta y dos piedras, sólo cuatro con vetas rojas y elegí esta para vos”. No llegaste y él se quedó con la piedrecita en la mano, rayada de rojo, esperándote. Vos estabas seguramente en tu casa, ocupada con labores minúsculas de pequeña diosa mortal o almorzando con un tipo moreno y de camisa verde en una cafetería con aires europeos que sirvió pollo frío y mal café.

El hombre se cansó de esperarte y se fue a casa con la piedra en su bolsillo. Pero siguió buscándote, en su misma rutina diaria. Como todos los días, pero esto vos no lo podés saber porque nadie te lo ha dicho, puso a hacer café en un aparato gastado y dos puestos en la mesa. Ayer te esperó un hombre a tomar café, tu taza con dos de azúcar como te gusta y una costilla de mermelada de guayaba, para acompañarlo.

Vos no sabías esto. Las mujeres como vos se pueden tomar el lujo de obviar las pequeñas existencias que gravitan a su alrededor, tengan o no tengan cafés y piedras involucradas. Ahora que estás leyendo esto te preguntás si es cierto. Hoy también te esperó, pero es religioso con su rutina y hoy fue al teatro con vos. Te guardó una buena butaca y, considerado como es, se llevó para la casa dos copias del programa, por si le preguntabas. La obra estuvo buena. Vos seguías con el colocho, uno o dos besos en la entrada de la casa.

Ahora que leés esto te preguntás en la posibilidad de que sea verídico. En el fondo, sabés que es cierto. Hay un hombre que a diario te espera con una copa de helado de menta chocolate o un papalote para volarlo en el Parque de la Ciencia o en la entrada de una galería de arte, para ver la exposición fotográfica que recién se inauguró. Ahora que leés esto, pensás que sí. Mientras, él te espera con las sábanas matrimoniales abiertas y el libro que estás leyendo de tu lado de la cama. Después el apagará la luz y te esperará, como cada noche, para dormir.

Será un hombre con dos anillos en la mano y un traje formal, con un corbatín negro. Ya tiene un vestido hermosísimo, de tu talla. Compró una corona primaveral. Vos apenas sospechás que es sábado a media tarde, te metés a Internet a ver las últimas noticias. Él llevó a los dos testigos y pagó por el sacerdote. Vos bostezás frente al monitor, deliciosamente desprevenida.

Mañana te esperarán.

viernes, 23 de abril de 2010

Arenga de Sargento

"Lo que aquí libramos, colegas, es la guerra
diaria por la defensa de nuestro modo de vida"
Coronel Henrique Capablanca

"Comenzamos a cruzar calles a mitad de la cuadra,
dejamos de subir a los puentes peatonales"
J.J. Muñoz


Un martes a mediatarde nos dimos cuenta que estábamos librando una guerra sin cuartel. Yo creo que vos estabas en clase de Contabilidad Avanzada, Jaime nadando tres mil quinientos metros libres en una piscina de 25 de largo y yo leyendo a Joaquín Gutiérrez, creo que era él. Los tres tuvimos un rifle en la mano, ahí, en ese momento, yo con un libro en una mano y un rifle en la otra y vos a media clase con la culata enorme puesta sobre el escritorio y Jaime, alabado sea, medio ahogado porque se le enredó la correa en el hombro izquierdo. Los tres aparecimos con un rifle en la mano.

Claro, vos eras una chiquilla tontona y yo un brutal aborto de filósofo, pero Jaime era un chavalo cuadrado (que horror, que horror) y nos sentó en los trece. "Miren, esto no es vara ni es magia ni algo raro" nos dijo, así nos dijo "a mi tío le cayó un cortauñas inglés en el hueco de la mano mientras subía el Aconcagua y nunca supo por qué". Entonces los tres lo aceptamos, tenemos un rifle, lo tenemos en las manos y el de Jaime casi lo mata. Ahí descartamos la magia copperfieldiana y otros trucos de bazar turco. Porque en eso tenía razón el tío andinista: si nos cae un cortauñas inglés es un cortauñas inglés que nos cayó.

Vos me contaste esa noche lo del profesor escandalizado y el grito furibundo de "Señorita, señorita!", porque en su lógica absoluta, llana e incorruptible de profesor de Contabilidad Avanzada no entraba la posibilidad de que un rifle apareciera en una mano (para cada activo que aumenta, debe ser compensado con otra cuenta que gana o pierde, cierto?) y la respuesta única y sola, tan sola y triste como un pájaro en mano, es que el rifle es tuyo, que la cuenta Bancos disminuyó y a cambio ahora un 22 con el gatillo un poco duro y sin cartuchos suficientes.

Yo al principio vi mucho el rifle, porque me daba miedo que se fuera de nuevo sin saber más de él, número de serie, rango de tiro, sabor de helado favorito, posición respecto a la conservación del avestruz, esas cosas. Pero el libro estaba bueno y terminé el capítulo con la mano sobre la culata. Cuadro cliché, leer a Quincho y tener un fusil en la mano izquierda, yo sé, pero así estaba sentado desde antes y ahí se le ocurrió caer al famoso rifle.

Capítulo finalizado, marcalibros en su puesto y yo en plena capacidad de todo lo que llamo yo, pasé a la situación del rifle a mi lado, como supongo que habrá hecho Jaime después de librarse del abrazo de la correa o vos cuando saliste de la clase. El asunto es que tengo un rifle en mi mano, me dije y te dijiste y dijo Jaime.

En ese momento no sabíamos la relevancia cósmica de tener un rifle en la mano en esta esquina ignorada de una galaxia de leche y luces, y creo, disculpá, que seguimos sin saberlo con certeza. Sólo sé que ese martes a mediatarde nos percatamos de la guerra y un capricho escurridizo nos enlistó de este lado sin consulta alguna. Nos impuso el peso terrible de la culata entre el pulgar y el meñique y terminamos en las largas filas de reclutas.

Y aquí estamos.

lunes, 12 de abril de 2010

Vibraciones e ideas

"No matter what they tell you
words and ideas can change the world"
John Keating
Parte 1.

Hola, soy el tipo de la mañana, el de la buseta blanca, Ah si, vos, Sí, yo, Bueno, trajiste el paquete? Sí, sí, acá lo tengo, Bueno pasamelo, y este quién es? Este es mi hijo, un buen muchacho es lo que es, No no, que espere en el carro ese carajo, Bueno andá mijo.
(En alguna parte del mundo, alguien le da una mordida a otro alguien frente a otro alguien que trabaja para un algo que se nombra con 3 iniciales. Un alguien se baja de un carro)
Mirá, la vara es así, te jodimos, porque vieras que yo trabajo para Eloy, entonces viene aquí con esta mascarita y ahora te llevo, Ah no güevón, no me llevás, Que sí, que te llevo, Que no, mirá que no.
(El segundo alguien monta una moto y se mete en alguna universidad, que de pura chiripa goza de autonomía constitucional y esas cosas)
Qué cagada, se me fue.

Parte 2.

Bueno caballeros, el asunto es que queremos entrar porque ahí está un sospechoso y los dos oficiales universitarios mirándose en la entrada de alguna universidad, en la entrada principal dicen, y se ven y dicen No mirá, es que la vara no funciona así acá, pero hagamos un buen negocio, me das un toquecito, así cuestión de minuticos y llamo al compa que está por aquella zona y en diez minutos te lo tienen acá, ropa planchada y peinado de carrera al lado, pero los otros, No no, así no me sirve a mí, porque realmente quiero llevarle este trofeito a la doña que está peleada conmigo y se alegra cada vez que agarro un corrupto, y los de la entrada, Que no, Que sí, Que no, Que sí, mirá como entramos.

Parte 3.

Y ya llegan los refuerzos, porque alguien se agarró con otro alguien dentro de alguna universidad, porque unos dicen que vienen por un sospechoso y es que ya ya ya casito se lo saco (el sospechoso, nada de AWR), pero porfa yo quiero pasar y mirá que mi moto puede entrar a la fuerza y así (un derroche necio de testosterona diría una amiga) pasaron unos y otros haciéndoles frente y después fueron otros, eran estudiantes, Me gustan los estudiantes cantaba Meche, y algunos chiquillos administrativos y uno o dos profes con conciencia, nosotros acá estamos porque creemos en una idea y mirá cómo nos cuadramos de duros y de altos, no me podés mover vos, si querés al delincuente no hay problema, te lo damos, pero no pasés, y entonces por ahí llegan refuerzos y en los noticieros alguien dijo zafarrancho y mucha macana y mucho uniforme y era una pelota de gente, linda y de todos colores, que decía, digamos que como Gandalf, aquello de You shall not pass y lo que pasó fue que hubo narices rotas, dientes tirados por la acera, uno de los uniformados con una pedrada en la cabeza y varios arrestados (incluyendo, a Dios gracias, aquel de la platilla malhabida).

Parte 4.

Yo digo que esta es más linda, pero vos a veces no concordás conmigo, pero te dijo que de veras nos lucimos acá, porque era hablar con la señora rectora a ver quién cocinó este arroz y entonces muchachos, aquí vamos nosotros con las manos abiertas y unidas, y a la delegación una voz y otras sí sí sí y caminemos porque es sano para el cuerpo y si te miento te diría que éramos pocos pero es que no, sí eran muchos y caminaban tan resueltos, tan convencidos, entonces estamos frente a la delegación y sin mentir se voló pata como uno o dos kilómetros de los grandes, pero afuera gritaban Libertad y algo de Militar y policía y la Universidad y el alma hacía efervescencia porque nadie le pegaba a nadie ni veníamos a pegar, esto es real, porque el diálogo es lo que hace que todo trabaje y mirá, que parece que hablan y con el tiempo salen los compañeros, porque hablando se entiende uno hasta con gorilas, viera que simpático como funciona eso y ya con los compañeros de vuelta, Miralos, están enteros, Y los que estaban en el hospital? Bueno, vámonos de acá, marchen de vuelta a la universidad que aquí se acabó el show.

Parte 5.

Caminamos lindo un pueblo con una calle ancha, cantando algunas canciones de los buenos tiempos, pero los tiempos son buenos ahora porque hay muchos de cientos de estudiantes marchando por una idea, por sus compañeros, porque a sus compañeros los llevaron en un carro sucio y con barras y ahora están de vuelta acá, con nosotros, y es lindo las mantas y la gente caminando.

Parte 6.

Después se nos ocurrió a todos, claro que yo estaba ahí, y aunque dudé un poco caminé con todos, y fuimos hacia un montón de semáforos y paramos la calle solo porque sí, Es hora de mostrar el poder de... dijo alguien y es que las palabras ya se diluían, porque a veces perdían el sentido, pero seguíamos muchos, la mayoría y muchas mantas y decían cosas grandes y un amigo Esto es malo, no es buena publicidad, nadie lo escuchaba porque caminaban y tomaban palos y cubos de basura y pedazos de bancas, y alguien con megáfonos nos decía, Libertad, Universidad, entonces montamos mantas y un taxi que casi levanta una estela pero ya veía que no construía nada ni lograba nada y me voy muchachos, cuiden las mantas y perdón por el escepticismo, pero me tengo que ir por hoy.

Parte 7.

Si hoy te cantara una historia de compañerismo e ideales, no me la creés, porque a veces uno se sienta en el sillón café de la sala y ve en la tele muchas cosas que no coinciden con muchas otras que mucha gente le dijo a uno, pero te tengo que contar que esto es cierto, que algo se sacudió hoy y a veces sacudirse es bueno y mirate a la cara, se te van abriendo los ojos y la boca, se te van abriendo, se va a activando este animal delicioso, estamos vibrando.