Advertencia

"Las personas que intenten descubrir motivo en esta narración serán enjuiciadas; las personas que intenten hallarle moraleja, serán desterradas; las personas que intenten hallarle una trama, serán fusiladas. "
Mark Twain

sábado, 2 de marzo de 2013

Certamen


"Todo en el aire es un pájaro" Francisco Umbral

Cuando descubrió que era un juego casi era tarde: los tipos de celeste estaban deshojando, sobre una escalera. las primeras guirnaldas, la colección de perchas y hasta la pequeña foca de plástico que colgó Antonia para denunciar la explotación del Amazonas (pero niña, le decían, en ese bosque no hay un pinche animal de esos y ella lo amarraba más obstinada y llorosa con su cordel azul).

Ahora, meses después, sigue sin saber decir cómo despertó: sospecha de la inestable serenidad del juez primero, gabardina y bigote, que se detenía cada dos o tres pasos y apoyaba los ojos perezosos en alguna parte del salón, para luego volver a su cuaderno a rellenar otra línea del crucigrama. En sagrado juramento dijo que no sabe.

De esos últimos diez minutos solo sobrevivió una crónica (los demás críticos habían dejado el lugar, abatidos por las columnas de sesenta líneas que debían estar listas a las 9:10 p.m., porque usted entiende patrón, las rotativas y si no, mañana el camioncito no puede repartir hasta después del desayuno) y mencionó el incidente apenas de pasada:

“Al final de la velada un hombrecillo saltó desde la barra de visitantes e invadió el salón. Por suerte, la seguridad lo detuvo segundos antes de llegar hasta una vívida representación de una marimba. Al ser escoltado al exterior, gritó indignado que nadie leía las reglas”.

Ciertamente, apenas se cerraron las puertas tras él, los jueces segundo y tercero saltaron del podio a decorar la marimba con las guirnaldas que los celestes bajaban de las paredes, celebraron la hazaña con abrazos y ronda, declararon asueto para los próximos tres días y ya hablaban de organizar una tarde de té, mientras el juez primero se lamentaba muy afligido en una esquina porque no aparecía la palabra para “vigilia, falta de sueño a la hora de dormir”, cinco vertical, y ya nunca lograría cerrar el crucigrama.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Boceto

Estás en un tranvía que se dirige hacia el sur. Sabés que va hacia el sur porque a tu derecha, entre un campo de girasoles que te dan al espalda, un sol pequeñito se está acostando. Deberían ser siete soles, pensás, lógicamente escudada en preferencias aritméticas que el creador no contempló. El compartimiento del tranvía parece más un tren, porque los asientos tienen una felpa verde con figurines amarillos, porque cada compartimiento se divide por ventanales (porque hay compartimientos también) y por el rugido trémulo de la locomotora, tan distante del siseo de los tranvías que conocés. Pero sabés, y podrías apostar tu mano, que es un tranvía.

A tu derecha, el sol insiste en sostenerse apenas unos grados sobre el horizonte. Lo ves durante un rato, tras el campo de girasoles.

Entonces, oculto entre los tallos, ves a un pato. Te está mirando. Te mira con sus ojos acuosos de bídedo blanco y tan absorto está en verte justo en tus ojos (no le presta atención a tu boca entreabierta ni al lunar que tenés en una axila y también en la otra) que tampoco ve el tranvía. El pato te vio a los ojos, por dos o tres segundos, mientras pasabas y por siempre ignorará el hecho de que estabas en un tranvía. Pero la verdad, si nos ponemos a hilar fino, poco le importa. El pato te estaba viendo a vos.

Dejás de verlo y el sol desnuda su espíritu de trapecista: se desliza suavemente, pero con paso firme y cubre los grados que lo separaban del horizonte. Casi no hace ruido al caer. Vos volvés la cabeza y buscás al pato con desesperación, como cuando una chiquilla pecosa de cuatro o cinco años pierde a su muñeca. Te agitás, pero luego comprendés que el pato siempre te está viendo ycuando la anatidaefobia te pega en la cara la descartás de un manotazo (uno por otro, dijo el tío Hammurabi). Descansás feliz ante la certeza de que sos observada, sea por un pato entre girasoles, un capitán ornitorrinco o una compañía de ardillas daltónicas. Entonces le apostás al pato, ahora sí, tu propio brazo a que es un tranvía que va hacia el sur y el silencio te responde cómplice; sos feliz en tu banca afelpada y verde y llena de figurines amarillos que pueden ser reptiles, porque sabés que las únicas certezas en la vida que valen la pena comprenden patos y sures y cosas así.

martes, 27 de diciembre de 2011

3:34 am

"No me podía dormir"
L.B.A.

El momento de espanto era la conciencia de estar despierta. Seguía la misma línea que descubrir que Sanidad clausuraba Papo's, que la instructora de manejo compró el título en línea y que ya era domingo pasada la medianoche (claro, siguiendo el axioma de que hasta dormir no se cambia de día) y el lunes se presagiaba como un insecto demasiado cerca de su boca, de su nariz horriblemente fría por el aire de la madrugada y de todo su sistema respiratorio, al punto que no podía pensar en otra cosa más que sumergirse en un estanque para huirle a esa colmena escandalosa.

Pasado ese instante minúsculo, abrir los ojos y sentir la piel inestable del colchón era rutina, apenas redescubierta a tiempo para deshojar con celo y frustración los múltiples intentos de encontrar el sueño, absurdos soldados de plomo alineados contra los tablones del piso de su cuarto, con piernas y brazos caídos, deletreando en sánscrito o ruso ortodoxo el embrujo necio del insomnio.

Lo peor (siempre, a cada minuto, se destapaban nuevos horrores, nuevos superlativos) era la decisión de aferrarse a la almohada a oscuras, al abrazo cursi de las sábanas; renunciar al zepelín que era el libro de Rosa Montero pellizcándola con los ojos, a ella que entre más cierra los ojos más se le abren. Finalmente, hacer la pantomima de la huida y morder el anzuelo como un atún muy tonto, con el torso erguido y el bombillo de 60 calentando. En el último vagón, el reloj siempre espera, burlón.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Adelanto

Cuando la negra tomaba el volante en sus manos (ya no en sentido figurado, sino en su Yaris 2003, pintoresco y sencillo como esas uvas verdes que venían sin semilla), dejábamos de aplastarnos contra la banca de madera detrás del Instituto y empezábamos a maquinar ángeles en la nieve en una playa neoyorquina o disertábamos animadamente del libro que habíamos visto en el maletín de la rubiecita que estudiaba francés donde el Curro, con el único insumo de la portada y las tremendas piezas tipográficas impresas sobre la portada: La heliconia del palacio. La negra sostenía que era una visión esotérica de la infancia, la flor trepada en el árbol materno y arraigada en el palacio del Padre, el viaje astral hasta la maceta del pasillo para creerse retoño de clavel; mientras que yo, incólumne en la variante victoriana que tenía entrepiernada esos últimos días, favorecía la obra clásica de las autoras que tropezaban a principios del siglo XIX con la temática inconclusa de la liberación femenina y la certeza de que una rubia que estudia francés no compraría una novela con ínfulas de filosófica, pues probablemente no habría pasado de leer a Simone de Beauvoir, meta volante que tampoco habíamos superado ni la negra ni yo

Las horas así se escurrían, entre felices y angustiosas, como cuando uno ve pasar entre los dedos lo último del agua que secuestró de la fuente pública y se sorprende porque se vaya y porque haya estado ahí tanto tiempo, porque el Yaris todavía permite las cosas idiotas y darle tres vueltas consecutivas a la rotonda sin que nadie lo sospeche se antoja necesario (hagámoslo negra, ¿quién va a notarlo? ningún otro carro le dará tantas vueltas como nosotros), desaparecer su carrocería japonesa en un rinconcito de los barrios burguesitos que tan bien conocemos y olvidarme de ella en los labios de la negra, en su pelo que esa una tromba marina, en sus ojos que entienden que la llamo por despecho profundo, porque la otra es una histriónica y porque cada vez que la veo se toma su personalidad tan a pecho que aspira a personaje de Brecht y quiere usar mi mentón para esperar a la actriz de reemplazo. No hablo de esto con la negra, no esa noche al menos; por ahora es reírse de la rubiecita en su cama que lee el libro y se lamenta por estar sola y escucha canciones francesas para sentirse amada, la negra y yo nos la imaginamos tocándose en su soledad y yo entonces bajo la mano por su muslo y se rompe la rubia y se rompe la otra, aunque sea por unas horas y los dos sepamos, cómplices como las copa de los árboles, que al final de la tarde ya no tendrá sentido seguir la farsa.

viernes, 21 de octubre de 2011

El Gran Baile

Yo soy un coronel que dejó las armas y estoy encerrado en una cárcel por la costa. Todos los días maldigo a mi custodio y por las noches sueño que lo mato. A la tercera mañana, me despierto en el catre de él. Entonces camino hasta mi celda, le entrego al carcelero el gran llavero herrumbrado y entro en ella para recibir la porción de comida que me entrega entre los barrotes.

Esto sucede cada semana.

lunes, 17 de octubre de 2011

H.I.E.

Los días que uno tiene el cuerpo más diluido
y el pecho más frágil,
hay canciones que son dardos.

domingo, 16 de octubre de 2011

Dimitri

Estar en la intersección que forman Octubre y Enero, a tres o cuatro pasos del tranvía. Mirar el día con los ojos de un perro que ve llover, oler con rutina, exhalar la misma docena de palabras en prudentes intervalos.

El momento más peligroso en la vida de un hombre es cuando olvida a qué sonaba la menta. Hace un par de martes, la palabra paquidermo era una anécdota y las 48 eran una regla irrompible. Ahora me deleito con el sonido de ese duendecillo de porcelana al quebrarse.

Yo me tropiezo con Matilde una vez cada cuatro o cinco vidas, en las formas más elementales. En 1876 era una sombrilla púrpura recostada en un ventanal de Londres, con ojos de demasiada lluvia y poca arena. En 1913 la vi respirando entre tantos gatos como ella, la gata suprema, la prima felina. Hace exactamente 47 años, 2 meses y 10 días, era una peregrina cabizbaja entre las calles de ladrillos de Irlanda.

Cuando una bombilla se quema durante la tarde, es imposible notarlo hasta que caiga la noche. Entonces toca cambiarla. La maravilla de los números negativos es que nos permite continuar el camino que hemos desandado y comenzar de cero. Entonces todos los días son martes.