Advertencia

"Las personas que intenten descubrir motivo en esta narración serán enjuiciadas; las personas que intenten hallarle moraleja, serán desterradas; las personas que intenten hallarle una trama, serán fusiladas. "
Mark Twain

jueves, 19 de agosto de 2010

Una verdad

Para escribir de verdad hay que estar comiendo mierda.

miércoles, 26 de mayo de 2010

De la incertidumbre conocida

Cuando caminaban podían sentir en el aire la angustia ajena de las metas, del camino-no-recorrido, de saberse en trance. Ellos iban de la mano, como docenas de parejas que a diario asaltaban aceras, plazas, escalinatas de ministerios y esquinas perfumadas. Avanzan sin prisa. A su alrededor pasan miles de pies que salen de locales de madera y se pierden tras puertas. La niña de amarillo va con su madre, tiene un confite en la boca y parece no entender la prisa materna. Pega saltitos para alcanzar el ritmo, todavía con el envoltorio del dulce en la mano. Alejandra quiere agacharse y tomarla de su mano libre, “pequeña, no tenés que correr al lado de tu mamá, ella va tarde para la peluquería pero vos podés sentarte a disfrutar del parque conmigo” hasta que regrese la señora con un nuevo corte y el tinte con acento francés en que gastó el salario de la quincena, pero las mamás que caminan con niñas amarillas son muy celosas con sus hijas y se escandalizaría. Se aleja, pero ellos saben que dos o tres cuadras más adelante buscará la puerta de vidrio donde la niña esperará en un sillón café y gastado, junto a una mesita con muchas revistas viejas (porque las nuevas las guarda la peluquera en casa), mientras la mamá sonríe con timidez y pregunta por Flori, “que mire, me recomendó Sandra que la visitara a usted para que me ayudara, es que tengo un novio nuevo” y ellos prefieren dejar la visión ahí, aquello de la privacidad y la intimidad misma de una peluquería, último bastión de ciertas infidencias. Además los distrae el señor con maletín ejecutivo, traje gris ejecutivo, lentes oscuros ejecutivos, anillo ejecutivo y calvicie promedio. Se detuvo a comprar un pedacito de lotería en el puesto que maneja un señor muy viejo que (y esta vez la visión va por cuenta de Gastón) lleva 22 años en la misma esquina y puede recordar todos los números favorecidos con el premio mayor desde noviembre de 1990 a la fecha. El hombre se inclina sobre la mesa donde el chancero tiene los pedacitos que le quedan, pero lo llaman. Su secretaria le dice que recuerde la cita en la Alcaldía, “va tarde señor, me dijo el Concejal que lo esperaba a las 3 y acuérdese que usted no camina muy rápido”, pero el siempre-ejecutivo asiente (y la secretaria no puede verlo) le agradece el recordatorio, aun cuando es su gesto. Para cuando cuelga se lamenta un poco haber perdido un minuto en esa charla, secretaria nueva que aún no conoce su metódica vida, horas viendo numeritos en pantallas e informes financieros, calculando probabilidades y despedazando las manecillas de su reloj alemán para calzar la agenda diaria. Ellos se detuvieron un segundo, es delicioso plantearse estas interrogantes y su marca de medias favorito o la cantidad de llaves que carga. El ejecutivo vuelve a la mesa, con todas los papelitos pegados con chinches al pedazo de madera, pero él sabe que tiene que seguir caminando para la Alcadía y contra todo pronóstico (en esta parte sí les falla un poco la teoría) dice “deme dos gallos tapaos” y pagados los pedazos sale en carrera. El vendedor archiva tranquilamente el billete, murmurando algo del idiota que compra a lo loco, ellos se encogen de hombros, aunque todavía impresionados por la escena pero con la certeza que a veces el mundo se distorsiona así. Toman rumbo de nuevo, esperanzados porque saben que les falta rumbo y les sobra vida, a veces se toman de la mano o hay momentos que van lado a lado, buscando universos tirados en las aceras o en los pasillos de un mercado. Afuera, las parejas van de la mano a las cafeterías, a los cinemas, a la casa de una prima para poder tocarse sin que los vean los suegros. Ellos caminarán.

martes, 11 de mayo de 2010

Pesca artesanal

Ayer te esperaron.

Era un hombre sentado en un caño, muy solo y muy hombre. Contaba las piedras de la calle. Te iba a decir, cuando llegaras: “Aquí hay sesenta y dos piedras, sólo cuatro con vetas rojas y elegí esta para vos”. No llegaste y él se quedó con la piedrecita en la mano, rayada de rojo, esperándote. Vos estabas seguramente en tu casa, ocupada con labores minúsculas de pequeña diosa mortal o almorzando con un tipo moreno y de camisa verde en una cafetería con aires europeos que sirvió pollo frío y mal café.

El hombre se cansó de esperarte y se fue a casa con la piedra en su bolsillo. Pero siguió buscándote, en su misma rutina diaria. Como todos los días, pero esto vos no lo podés saber porque nadie te lo ha dicho, puso a hacer café en un aparato gastado y dos puestos en la mesa. Ayer te esperó un hombre a tomar café, tu taza con dos de azúcar como te gusta y una costilla de mermelada de guayaba, para acompañarlo.

Vos no sabías esto. Las mujeres como vos se pueden tomar el lujo de obviar las pequeñas existencias que gravitan a su alrededor, tengan o no tengan cafés y piedras involucradas. Ahora que estás leyendo esto te preguntás si es cierto. Hoy también te esperó, pero es religioso con su rutina y hoy fue al teatro con vos. Te guardó una buena butaca y, considerado como es, se llevó para la casa dos copias del programa, por si le preguntabas. La obra estuvo buena. Vos seguías con el colocho, uno o dos besos en la entrada de la casa.

Ahora que leés esto te preguntás en la posibilidad de que sea verídico. En el fondo, sabés que es cierto. Hay un hombre que a diario te espera con una copa de helado de menta chocolate o un papalote para volarlo en el Parque de la Ciencia o en la entrada de una galería de arte, para ver la exposición fotográfica que recién se inauguró. Ahora que leés esto, pensás que sí. Mientras, él te espera con las sábanas matrimoniales abiertas y el libro que estás leyendo de tu lado de la cama. Después el apagará la luz y te esperará, como cada noche, para dormir.

Será un hombre con dos anillos en la mano y un traje formal, con un corbatín negro. Ya tiene un vestido hermosísimo, de tu talla. Compró una corona primaveral. Vos apenas sospechás que es sábado a media tarde, te metés a Internet a ver las últimas noticias. Él llevó a los dos testigos y pagó por el sacerdote. Vos bostezás frente al monitor, deliciosamente desprevenida.

Mañana te esperarán.

viernes, 23 de abril de 2010

Arenga de Sargento

"Lo que aquí libramos, colegas, es la guerra
diaria por la defensa de nuestro modo de vida"
Coronel Henrique Capablanca

"Comenzamos a cruzar calles a mitad de la cuadra,
dejamos de subir a los puentes peatonales"
J.J. Muñoz


Un martes a mediatarde nos dimos cuenta que estábamos librando una guerra sin cuartel. Yo creo que vos estabas en clase de Contabilidad Avanzada, Jaime nadando tres mil quinientos metros libres en una piscina de 25 de largo y yo leyendo a Joaquín Gutiérrez, creo que era él. Los tres tuvimos un rifle en la mano, ahí, en ese momento, yo con un libro en una mano y un rifle en la otra y vos a media clase con la culata enorme puesta sobre el escritorio y Jaime, alabado sea, medio ahogado porque se le enredó la correa en el hombro izquierdo. Los tres aparecimos con un rifle en la mano.

Claro, vos eras una chiquilla tontona y yo un brutal aborto de filósofo, pero Jaime era un chavalo cuadrado (que horror, que horror) y nos sentó en los trece. "Miren, esto no es vara ni es magia ni algo raro" nos dijo, así nos dijo "a mi tío le cayó un cortauñas inglés en el hueco de la mano mientras subía el Aconcagua y nunca supo por qué". Entonces los tres lo aceptamos, tenemos un rifle, lo tenemos en las manos y el de Jaime casi lo mata. Ahí descartamos la magia copperfieldiana y otros trucos de bazar turco. Porque en eso tenía razón el tío andinista: si nos cae un cortauñas inglés es un cortauñas inglés que nos cayó.

Vos me contaste esa noche lo del profesor escandalizado y el grito furibundo de "Señorita, señorita!", porque en su lógica absoluta, llana e incorruptible de profesor de Contabilidad Avanzada no entraba la posibilidad de que un rifle apareciera en una mano (para cada activo que aumenta, debe ser compensado con otra cuenta que gana o pierde, cierto?) y la respuesta única y sola, tan sola y triste como un pájaro en mano, es que el rifle es tuyo, que la cuenta Bancos disminuyó y a cambio ahora un 22 con el gatillo un poco duro y sin cartuchos suficientes.

Yo al principio vi mucho el rifle, porque me daba miedo que se fuera de nuevo sin saber más de él, número de serie, rango de tiro, sabor de helado favorito, posición respecto a la conservación del avestruz, esas cosas. Pero el libro estaba bueno y terminé el capítulo con la mano sobre la culata. Cuadro cliché, leer a Quincho y tener un fusil en la mano izquierda, yo sé, pero así estaba sentado desde antes y ahí se le ocurrió caer al famoso rifle.

Capítulo finalizado, marcalibros en su puesto y yo en plena capacidad de todo lo que llamo yo, pasé a la situación del rifle a mi lado, como supongo que habrá hecho Jaime después de librarse del abrazo de la correa o vos cuando saliste de la clase. El asunto es que tengo un rifle en mi mano, me dije y te dijiste y dijo Jaime.

En ese momento no sabíamos la relevancia cósmica de tener un rifle en la mano en esta esquina ignorada de una galaxia de leche y luces, y creo, disculpá, que seguimos sin saberlo con certeza. Sólo sé que ese martes a mediatarde nos percatamos de la guerra y un capricho escurridizo nos enlistó de este lado sin consulta alguna. Nos impuso el peso terrible de la culata entre el pulgar y el meñique y terminamos en las largas filas de reclutas.

Y aquí estamos.

lunes, 12 de abril de 2010

Vibraciones e ideas

"No matter what they tell you
words and ideas can change the world"
John Keating
Parte 1.

Hola, soy el tipo de la mañana, el de la buseta blanca, Ah si, vos, Sí, yo, Bueno, trajiste el paquete? Sí, sí, acá lo tengo, Bueno pasamelo, y este quién es? Este es mi hijo, un buen muchacho es lo que es, No no, que espere en el carro ese carajo, Bueno andá mijo.
(En alguna parte del mundo, alguien le da una mordida a otro alguien frente a otro alguien que trabaja para un algo que se nombra con 3 iniciales. Un alguien se baja de un carro)
Mirá, la vara es así, te jodimos, porque vieras que yo trabajo para Eloy, entonces viene aquí con esta mascarita y ahora te llevo, Ah no güevón, no me llevás, Que sí, que te llevo, Que no, mirá que no.
(El segundo alguien monta una moto y se mete en alguna universidad, que de pura chiripa goza de autonomía constitucional y esas cosas)
Qué cagada, se me fue.

Parte 2.

Bueno caballeros, el asunto es que queremos entrar porque ahí está un sospechoso y los dos oficiales universitarios mirándose en la entrada de alguna universidad, en la entrada principal dicen, y se ven y dicen No mirá, es que la vara no funciona así acá, pero hagamos un buen negocio, me das un toquecito, así cuestión de minuticos y llamo al compa que está por aquella zona y en diez minutos te lo tienen acá, ropa planchada y peinado de carrera al lado, pero los otros, No no, así no me sirve a mí, porque realmente quiero llevarle este trofeito a la doña que está peleada conmigo y se alegra cada vez que agarro un corrupto, y los de la entrada, Que no, Que sí, Que no, Que sí, mirá como entramos.

Parte 3.

Y ya llegan los refuerzos, porque alguien se agarró con otro alguien dentro de alguna universidad, porque unos dicen que vienen por un sospechoso y es que ya ya ya casito se lo saco (el sospechoso, nada de AWR), pero porfa yo quiero pasar y mirá que mi moto puede entrar a la fuerza y así (un derroche necio de testosterona diría una amiga) pasaron unos y otros haciéndoles frente y después fueron otros, eran estudiantes, Me gustan los estudiantes cantaba Meche, y algunos chiquillos administrativos y uno o dos profes con conciencia, nosotros acá estamos porque creemos en una idea y mirá cómo nos cuadramos de duros y de altos, no me podés mover vos, si querés al delincuente no hay problema, te lo damos, pero no pasés, y entonces por ahí llegan refuerzos y en los noticieros alguien dijo zafarrancho y mucha macana y mucho uniforme y era una pelota de gente, linda y de todos colores, que decía, digamos que como Gandalf, aquello de You shall not pass y lo que pasó fue que hubo narices rotas, dientes tirados por la acera, uno de los uniformados con una pedrada en la cabeza y varios arrestados (incluyendo, a Dios gracias, aquel de la platilla malhabida).

Parte 4.

Yo digo que esta es más linda, pero vos a veces no concordás conmigo, pero te dijo que de veras nos lucimos acá, porque era hablar con la señora rectora a ver quién cocinó este arroz y entonces muchachos, aquí vamos nosotros con las manos abiertas y unidas, y a la delegación una voz y otras sí sí sí y caminemos porque es sano para el cuerpo y si te miento te diría que éramos pocos pero es que no, sí eran muchos y caminaban tan resueltos, tan convencidos, entonces estamos frente a la delegación y sin mentir se voló pata como uno o dos kilómetros de los grandes, pero afuera gritaban Libertad y algo de Militar y policía y la Universidad y el alma hacía efervescencia porque nadie le pegaba a nadie ni veníamos a pegar, esto es real, porque el diálogo es lo que hace que todo trabaje y mirá, que parece que hablan y con el tiempo salen los compañeros, porque hablando se entiende uno hasta con gorilas, viera que simpático como funciona eso y ya con los compañeros de vuelta, Miralos, están enteros, Y los que estaban en el hospital? Bueno, vámonos de acá, marchen de vuelta a la universidad que aquí se acabó el show.

Parte 5.

Caminamos lindo un pueblo con una calle ancha, cantando algunas canciones de los buenos tiempos, pero los tiempos son buenos ahora porque hay muchos de cientos de estudiantes marchando por una idea, por sus compañeros, porque a sus compañeros los llevaron en un carro sucio y con barras y ahora están de vuelta acá, con nosotros, y es lindo las mantas y la gente caminando.

Parte 6.

Después se nos ocurrió a todos, claro que yo estaba ahí, y aunque dudé un poco caminé con todos, y fuimos hacia un montón de semáforos y paramos la calle solo porque sí, Es hora de mostrar el poder de... dijo alguien y es que las palabras ya se diluían, porque a veces perdían el sentido, pero seguíamos muchos, la mayoría y muchas mantas y decían cosas grandes y un amigo Esto es malo, no es buena publicidad, nadie lo escuchaba porque caminaban y tomaban palos y cubos de basura y pedazos de bancas, y alguien con megáfonos nos decía, Libertad, Universidad, entonces montamos mantas y un taxi que casi levanta una estela pero ya veía que no construía nada ni lograba nada y me voy muchachos, cuiden las mantas y perdón por el escepticismo, pero me tengo que ir por hoy.

Parte 7.

Si hoy te cantara una historia de compañerismo e ideales, no me la creés, porque a veces uno se sienta en el sillón café de la sala y ve en la tele muchas cosas que no coinciden con muchas otras que mucha gente le dijo a uno, pero te tengo que contar que esto es cierto, que algo se sacudió hoy y a veces sacudirse es bueno y mirate a la cara, se te van abriendo los ojos y la boca, se te van abriendo, se va a activando este animal delicioso, estamos vibrando.


domingo, 21 de marzo de 2010

Del dedo al gatillo

Rubén está en el establo, con la yegua. Lleva echada ahí desde la mañana, no pudimos sacarla al campo hoy. Yo se lo dije a Rubén: "Vas a tener que trabajar doble, porque la yegua no puede ponerse en pie" y él se rió agarrándose la barriga y dijo que él valía por cuatro animales y podía con toda la finca entera si otra mano más que la suya. Yo lo dejé hablar y tomé las herramientas. Siempre lo dejo hablar, porque sabe hacerlo y le gusta que lo escuchen.

Pero hoy tuvo que escuchar al veterinario. La yegua pasó toda la mañana echada. Yo sé que Rubén la quiere mucho, aunque le cuesta decirlo a veces. Habla mucho y revolotea con palabras importantes que saca de los libros de don Tomás, pero dice poco. Dice muy poco, porque eso no lo aprendió. Durante el día se volvía a ver el establo, a escondidas, sin verla. Cada vez cargaba y araba y podaba con más furia, yo lo veía, con una ira ciega. A media tarde tuvo todo listo. Cuando la vio echada sobre la paja, llamó al veterinario.

La yegua es una bestia noble, pero está vieja. Los años se escurren entre los pellejos arrugados del lomo. Tiene el pelo rasgado, le falta a partes. La cola es un pincel gastado y sucio. Pero Rubén la abraza y le dice palabras lindas, le dice "Muñeca azul, doble lazo dorado, botón", como si fuera una hija y lo escuchara.

Antes de oscurecer, diez o quince minutos antes, le abrí la puerta al veterinario y lo conduje por la casa. Rubén no se movió del establo ni cuando entró el hombre con su maletín en mano. "Señor Pérez", le dijo "cuénteme de la yegua".

Rubén habló mucho, pero tartamudeó en cada idea. Le pasa cuando está nervioso, lo conozco. Podría ver su estómago enfriarse. Le encantan las multitudes, son su hábitat. Pero hablar con seriedad a la cara de otro hombre, eso no lo tolera. El veterinario lo escuchaba mientras medía los signos vitales de la yegua. A ratos lo alentaba con un "ajá" o un "entiendo".

Este veterinario es un hombre educado. Esperó hasta el final del relato de Rubén y lo consoló. Yo lo vi terminar su diagnóstico mucho antes y garabatear sobre un bloc amarillo, pero esperó al final de la historia. Llevaba anteojos de marco grueso, viejos y los limpiaba con manía. "Qué tiene, doctor?" preguntó Rubén tras soltar unos mocos.

-Su yegua se muere. No sobrevive la noche.

Así lo dijo, sin pena. Yo lo entendí, es su trabajo. Rubén vio el vacío con cara de incredulidad. "Tiene el corazón deteriorado, ya no funciona como debe. Es un milagro que aún respire" mientras recogía el maletín del suelo, "Si yo fuera usted, le ahorraría el sufrimiento de un tiro" y nos deseó buenas noches, me cobró sus honorarios y se fue como vino. Quedamos Rubén y yo con la yegua.

El establo huele a lágrimas y sangre de nudillos. Rubén está en el establo, lamentándose por la yegua que muere frente a sus ojos, que realmente se muere y sufre al morirse. Él se muere un poco también. Entro al establo, porque es buena la compañía. Rubén quiere dispararle, yo sé. Él quiere hacerlo, de verdad, pero no puede.

Una especie de pacto cerrado con la bestia le entiesa la mano, pero los ojos le brillan. Ya se cansó de pegarle a la pared, sangra en las dos manos. A la yegua le susurra al oído.

Yo salgo del establo y voy a la casa. Las mujeres esperan noticias de Rubén y la yegua en las escaleras. Subo en silencio y bajo con mi revolver 45. Nadie habla. Paso al establo y dejo el arma en el piso.

-Y qué putas hago con esto?
-Lo que querés hacer, la matás.
-No, no puedo hacerlo.
-Eso ya no es problema mío. Vos sabés qué querés.

Me duele por la yegua, que trabajó bien, y más por Rubén que quiere y no puede. Ahora me mira con ojos amarillos, como los de la bestia. El arma no se ha movido.

-No puedo ahora.

Yo salgo del establo y camino con calma hasta la casa. En la cocina esperan las mujeres y una de ellas me dice.

-No puede hacerlo ahora.
-Yo sé. Pero en algún momento de la noche le tendrán que bajar los güevos.

Y me fui a dormir.

lunes, 15 de febrero de 2010

Post-Mortem

"Hope I die before I get old"
The Who

Después del entierro tomo a Federico del brazo, con suavidad. El carro está a una cuadra. Camina por inercia, como deben caminar todos los viudos del mundo. Julia me mira con ojos de pez amarillo, significativa. Quiere abrazarme, pero sabe que no. Las suelas de las botas de Federico rechinan de pura tristeza.

Me llevo a Federico a la casa. Tomado del brazo me lo llevo. Es un anciano. Murió Carmen y le cayeron sobre la espalda los años que nunca sintió. Ahora siento que podría entrar seis o siete veces en el asiento trasero. Es un animalito pequeño, un venado de ojos calladísimos, un cangrejo sin tenazas. Ni cuando cierra la puerta le descubro un ruido.

El carro es un corcel sabio. No hace ruidos, no ronronea ni gime entre la oscuridad de sus pistones. Julia me toma la mano. Atrás viene Federico, el anciano.

La casa espera con dos brazos abiertos. Calurosa, pero no caliente. Todos se comportan de maravilla. Federico baja del carro, toma posesión de sus pies y camina. Algo recuerda. Viste de negro profundo, como queriendo ahogarse allí donde no se nombra la luz. Tomo a mi amigo del brazo, callado. Así caminamos hasta la casa.

Roberto espera en el salón. Lo veo. Roberto es mi hijo y lo veo, vestido de gala con una camisa gris y un pantalón con los ruedos largos. Hoy son esos días que asimilo más claramente que Roberto es mi hijo y que lo veo. Él tampoco habla. Nos sigue el juego. Sus ojos son de pez azul, los tiene más pasivos.

Creo que Federico no puede verlo. Ahí en la sala está mi hijo y Federico no lo ve. Todavía lleva los anteojos oscuros y camina como usando un bastón. Julia sube antes. Abre la puerta del cuarto de Roberto. Sus tacones son mudos. Mi hijo nos mira desde la sala mientras subo las escaleras con Federico.

Entramos al cuarto de Roberto. Llevo a Federico del brazo. Una vez llevé a mi hijo así. Lo estaba castigando. Pero ahora es diferente; Julia me lo dice con los ojos: esto es diferente. Llevo a mi mejor amigo del brazo después del funeral de su esposa.

Cuando Federico se sienta en la cama, suelto su brazo. Mueve los ojos. Toca los soldaditos que tiene Roberto en su mesa de noche. Los mira. Realmente los mira. Julia y yo salimos en silencio.

Afuera espera Roberto con dos espadas de madera en su mano. Sabe que es su turno.