"Las personas que intenten descubrir motivo en esta narración serán enjuiciadas; las personas que intenten hallarle moraleja, serán desterradas; las personas que intenten hallarle una trama, serán fusiladas. " Mark Twain
Rubén está en el establo, con la yegua. Lleva echada ahí desde la mañana, no pudimos sacarla al campo hoy. Yo se lo dije a Rubén: "Vas a tener que trabajar doble, porque la yegua no puede ponerse en pie" y él se rió agarrándose la barriga y dijo que él valía por cuatro animales y podía con toda la finca entera si otra mano más que la suya. Yo lo dejé hablar y tomé las herramientas. Siempre lo dejo hablar, porque sabe hacerlo y le gusta que lo escuchen.
Pero hoy tuvo que escuchar al veterinario. La yegua pasó toda la mañana echada. Yo sé que Rubén la quiere mucho, aunque le cuesta decirlo a veces. Habla mucho y revolotea con palabras importantes que saca de los libros de don Tomás, pero dice poco. Dice muy poco, porque eso no lo aprendió. Durante el día se volvía a ver el establo, a escondidas, sin verla. Cada vez cargaba y araba y podaba con más furia, yo lo veía, con una ira ciega. A media tarde tuvo todo listo. Cuando la vio echada sobre la paja, llamó al veterinario.
La yegua es una bestia noble, pero está vieja. Los años se escurren entre los pellejos arrugados del lomo. Tiene el pelo rasgado, le falta a partes. La cola es un pincel gastado y sucio. Pero Rubén la abraza y le dice palabras lindas, le dice "Muñeca azul, doble lazo dorado, botón", como si fuera una hija y lo escuchara.
Antes de oscurecer, diez o quince minutos antes, le abrí la puerta al veterinario y lo conduje por la casa. Rubén no se movió del establo ni cuando entró el hombre con su maletín en mano. "Señor Pérez", le dijo "cuénteme de la yegua".
Rubén habló mucho, pero tartamudeó en cada idea. Le pasa cuando está nervioso, lo conozco. Podría ver su estómago enfriarse. Le encantan las multitudes, son su hábitat. Pero hablar con seriedad a la cara de otro hombre, eso no lo tolera. El veterinario lo escuchaba mientras medía los signos vitales de la yegua. A ratos lo alentaba con un "ajá" o un "entiendo".
Este veterinario es un hombre educado. Esperó hasta el final del relato de Rubén y lo consoló. Yo lo vi terminar su diagnóstico mucho antes y garabatear sobre un bloc amarillo, pero esperó al final de la historia. Llevaba anteojos de marco grueso, viejos y los limpiaba con manía. "Qué tiene, doctor?" preguntó Rubén tras soltar unos mocos.
-Su yegua se muere. No sobrevive la noche.
Así lo dijo, sin pena. Yo lo entendí, es su trabajo. Rubén vio el vacío con cara de incredulidad. "Tiene el corazón deteriorado, ya no funciona como debe. Es un milagro que aún respire" mientras recogía el maletín del suelo, "Si yo fuera usted, le ahorraría el sufrimiento de un tiro" y nos deseó buenas noches, me cobró sus honorarios y se fue como vino. Quedamos Rubén y yo con la yegua.
El establo huele a lágrimas y sangre de nudillos. Rubén está en el establo, lamentándose por la yegua que muere frente a sus ojos, que realmente se muere y sufre al morirse. Él se muere un poco también. Entro al establo, porque es buena la compañía. Rubén quiere dispararle, yo sé. Él quiere hacerlo, de verdad, pero no puede.
Una especie de pacto cerrado con la bestia le entiesa la mano, pero los ojos le brillan. Ya se cansó de pegarle a la pared, sangra en las dos manos. A la yegua le susurra al oído.
Yo salgo del establo y voy a la casa. Las mujeres esperan noticias de Rubén y la yegua en las escaleras. Subo en silencio y bajo con mi revolver 45. Nadie habla. Paso al establo y dejo el arma en el piso.
-Y qué putas hago con esto?
-Lo que querés hacer, la matás.
-No, no puedo hacerlo.
-Eso ya no es problema mío. Vos sabés qué querés.
Me duele por la yegua, que trabajó bien, y más por Rubén que quiere y no puede. Ahora me mira con ojos amarillos, como los de la bestia. El arma no se ha movido.
-No puedo ahora.
Yo salgo del establo y camino con calma hasta la casa. En la cocina esperan las mujeres y una de ellas me dice.
-No puede hacerlo ahora.
-Yo sé. Pero en algún momento de la noche le tendrán que bajar los güevos.
Después del entierro tomo a Federico del brazo, con suavidad. El carro está a una cuadra. Camina por inercia, como deben caminar todos los viudos del mundo. Julia me mira con ojos de pez amarillo, significativa. Quiere abrazarme, pero sabe que no. Las suelas de las botas de Federico rechinan de pura tristeza.
Me llevo a Federico a la casa. Tomado del brazo me lo llevo. Es un anciano. Murió Carmen y le cayeron sobre la espalda los años que nunca sintió. Ahora siento que podría entrar seis o siete veces en el asiento trasero. Es un animalito pequeño, un venado de ojos calladísimos, un cangrejo sin tenazas. Ni cuando cierra la puerta le descubro un ruido.
El carro es un corcel sabio. No hace ruidos, no ronronea ni gime entre la oscuridad de sus pistones. Julia me toma la mano. Atrás viene Federico, el anciano.
La casa espera con dos brazos abiertos. Calurosa, pero no caliente. Todos se comportan de maravilla. Federico baja del carro, toma posesión de sus pies y camina. Algo recuerda. Viste de negro profundo, como queriendo ahogarse allí donde no se nombra la luz. Tomo a mi amigo del brazo, callado. Así caminamos hasta la casa.
Roberto espera en el salón. Lo veo. Roberto es mi hijo y lo veo, vestido de gala con una camisa gris y un pantalón con los ruedos largos. Hoy son esos días que asimilo más claramente que Roberto es mi hijo y que lo veo. Él tampoco habla. Nos sigue el juego. Sus ojos son de pez azul, los tiene más pasivos.
Creo que Federico no puede verlo. Ahí en la sala está mi hijo y Federico no lo ve. Todavía lleva los anteojos oscuros y camina como usando un bastón. Julia sube antes. Abre la puerta del cuarto de Roberto. Sus tacones son mudos. Mi hijo nos mira desde la sala mientras subo las escaleras con Federico.
Entramos al cuarto de Roberto. Llevo a Federico del brazo. Una vez llevé a mi hijo así. Lo estaba castigando. Pero ahora es diferente; Julia me lo dice con los ojos: esto es diferente. Llevo a mi mejor amigo del brazo después del funeral de su esposa.
Cuando Federico se sienta en la cama, suelto su brazo. Mueve los ojos. Toca los soldaditos que tiene Roberto en su mesa de noche. Los mira. Realmente los mira. Julia y yo salimos en silencio.
Afuera espera Roberto con dos espadas de madera en su mano. Sabe que es su turno.
Tal vez no escribo porque la conocí. O tal vez porque aún no la conozco. Las cosas la verdad se me hacen borrosas, el tiempo es una cosa tan flácida y tan parcializada: hoy parece que para muchos (estoy seguro que usted es una de esas) es un día lindísimo y corto, de los que uno parpadea y no ve pasar. Pero para otro buen grupo de mortales, yo incluido, claro, hoy es otro día cualquier y las horas son como otras. Largas.
Y si la veo, bien. Excelente. Pero imagínese (me imagino yo) que delicioso poder sentarnos una tarde a tomar café y hablar. A conocerla. La verdad estos últimos años he perdido el gusto a salir a hablar así nomás, solo vernos y hablar, y acaso hacer uno o dos movimiento inofensivos al final del postre. Creo que a veces quiero hacer eso con usted.
Sabe qué es vacilón? Que yo me acuerdo de cada día, porque la verdad son pocos. Mis días son como tristones. Tirando a grises. Qué cagada.
No es mi turno, que le digás a Carrilla que es él, que su mano es ahora la que mueve el florero y el bicho nos mira con sus ojos de elefante aéreo, indignado, y Carrilla, no, que dice que ahora mejor no, entonces es Varito, que corazón más bravo el de Varito, va moviendo el tazón con la mano izquierda y movete Tocho, alguien tiene que abrir la ventana y ustedes pónganse cómodos y no metan mucho la mano, vean a Varito que sí tiene pelo entre las piernas y es un garañón de los bravos.
Todos miramos al Varo, y Varito al Tocho, gran cabrón, que te movás a abrir la ventana, usted practica para ser estúpido verdad, y nos reimos nosotros de la gracia porque a ratos así es él, pero ahora saca al tazón de bicho, que todavía dilata sus pupilas y Carrilla no se ríe porque sabía que era su turno de moverlo y no le alcanzó el cromosoma ‘Y’ para hacerse hombrecito y agarrarse el par que tiene abajo para mover el tazón, entonces el Tocho, sí, suave, que se la abro, llévela al cuello Álvaro, y todavía yo mirando el bicho, que agranda y agranda los ojos, como si temiera volver a caer de nuevo entre nosotros, que preferiríamos que no porque tanto ha costado sacarlo.
Moverlo los últimos centímetros que lo separan de la ventana es crítico y me alegro que Varito esté acá con nosotros, porque es un berraco y ni el Cucho que siempre lo baila le ha dicho nada porque Varo saca al bicho y lo vemos con respeto canino, mirá con cruza la ceja en media frente de lo concentrado, pensar que ya estudia para abogado y tanto pobre diablo que tendrá que verse con la ceja.
Dale con los ojos el elefante aéreo, el bicho es feo y duele verlo, con el florero boca abajo, atrapado por la mano firme del Varo, apurate Varito, que ya quiero que esté eso afuera y que cerremos la ventana y juguemos unas manitas más de póquer, si querés te dejo que ganés las primeras rondas y dice el Cucho que él te regala un traguito del ron que trajo, pero gracias hermano por sacar al bicho, ahora solo te pido que le pongás bonito, que nada cuesta tirarlo con todo y florero, pero Varo, cállense maricones, si nadie se atreve a meterle la mano al animal este entonces me dejan a mí hacerlo como me ronque la gana, y Carrillas, bueno, bueno, dejen al hombre hacer el trabajo, yo voy prendiendo la fogata para la noche y es que es un cobarde el Carrillas, sabe bien que echamos suertes y le toca sacar al elefante aéreo, pero así son algunos, más jugados que el doble cero dice mi tía abuela Rosa.
Me pudro en el frío que hace en este lugar, comienza Tocho, suavecito como siempre porque su mamá todavía le teje cobijas verdes para su casa en la ciudad, deciles Tocho que sos un llorón y que te morís por cerrarle la ventana en la cara a Varo o mejor aplastar al bicho y sí, yo sé que esa fue tu idea inicial, Agarremos a zapatazos al bicho ese, pero Carrillas y yo nos opusimos, por eso yo me encargué de atraparlo en el florero viejo y era Carrillas, claro el gran pendejo, quien estaba a cargo de moverlo hasta la ventana, que miralo ahora, está hecho pequeño al lado de la fogata y mira nervioso el florero volcado y los ojos elefantásticos del bicho, Póngale a sacar a esa cosa, a ver si volvemos a las cartas, pero Varito ni se toma la molestia de volverlo a ver, asomado sobre la improvisada jaula.
Llevamos diez minutos viéndolo moverla, desde que Carrillas empalidó hasta ahora que metió cuchara en sopa ajena, Que te quedés callado, guevón, encárgate de la fogata a ver si hacés productivo, le cayó el Cucho, que desde un principio votó también por el zapatazo y dijo que le valía un tonel de mierda si se quedaba el florero el resto del día en la mesa, con el bicho adentro, esto después de que Carrillas dijera, no, mejor ahora no, pero apenas antes de que Varo se levantara con un bufido, Hijueputas todos, me las pagan y más vos, Carrillas, y desde entonces movió ya medio metro de los dos metros que hay hasta la ventana, y claro que no son muy precisos, pero ni siquiera Cucho trajo cinta mética para medirlo, porque tiene razón Carrillas, podría ser algo rápido, apenas un empujonazo y te lo juro que entre todos pagamos el florero y mañana te ayudamos a recoger los vidrios para que tus abuelos no los vean, prometido, pero Varo es nítido, va moviendo el florero a pocos, un centímetro ahora y otro al rato, midiendo al elefante aéreo, procurando no lastimarle las alas mugrientas.
Cucho sigue barajando, Les voy a hacer un truco de magia, pero solo yo estoy para verlo, porque al otro lado de la mesa está Varo inclinado sobre el florero volcado y Tocho no suelta su lugar al lado de la ventana, Y vos qué, Carrillas, dijo Cucho, que le interesa tener audiencia, pero el otro dice que hay que prender algo de fuego, que veamos al Tocho tiritando ya y mirá es cierto, allá al ladito de la ventana empieza a temblar y a frotarse sus manotas gordas en los antebrazos, Miren todos, la niña de Tocho ya no aguanta el frío de la montañita, soltó Varo, pero nadie supo cómo o cuándo vio al Tocho porque sigue con la mirada absorta en el bicho, y entonces Cucho, Bueno vení vos y te lo hago, Ok.
Soltar las cartas sobre la mesa es cuestión de segundos y con la precaución de no molestar a Varo, que es un carajo muy loco si lo desconcentramos, y la verdad yo nunca sé cual carta escoger en estos asuntos, desde el otro lado de la mesa Tocho lleva su mirada indeciso desde el bicho hasta las cartas y yo lo vi también preocupado por la pilita de fichas rojas y negras que ha acumulado, No hermano, no voy a robarte las fichas, nada gano con tan pocas, le dice altanero el Cucho, que ya comienza a mover las manos con grandes mates y yo le veo con cuidado los dedos porque sé que el truco viene y hace un movimiento extravagante y sale en la mano izquierda con el trébol que elegí.
Carrillas se incorpora, Y si lo tiramos al fuego, al bicho digo, y Varo que ni voltea a verlo solo se sigue moviendo poco a poco, ya va tomando impulso y ahora el elefante aéreo dejó de vernos, parece un gran frijol gris y resignado, esperando que lo conduzcan hasta la ventana, vos qué pensás, tal vez se arrepintió de caer en nuestro juego, la verdad es que mi mano estaba muy fea y el asunto es que Tocho le repartía a Varo y a Cucho, que se jugaban el mano a mano y ellos duran mucho tiempo en pensar cada jugada y si no hubiese caído el bicho nos dan veinte minutos sólo ellos dos, pero cayó entre Varo y Carrillas y yo tomé un florero vacío que tenía al lado y lo encerré, sin pensar mucho lo que hacía.
Cucho baraja y bajara, con los pies sobre la mesa, porque así son las cosas, verdad Cucho, vos subís y bajás las botas donde mejor te parece y si la Universidad las considera inapropiadas ahí mismo dejás botada Ingeniería y vas a Bellas Artes o algo así, yo no te veo Cucho, vos tan espíritu libre encerrándote entre fórmulas y números y no me vengás con que el saber emancipa, andá engañá a Tocho con esa, que por cierto está castañeando los dientes y pagaría una fortuna para que los treinta centímetros entre el florero y la ventana desaparecieran junto con el animal ese y él pudiese cerrar la ventana.
Varo sigue moviéndolo, a pocos, pero no ha apartado la vista del animal en veintitrés minutos, según el reloj de bolsillo de Cucho, que dice que se lo heredó su abuelo aunque ninguno le cree gran cosa, mejor empiezo a preparar con calma las cartas, revolvelas una vez más Cucho, ya se escuchan unas ramas crepitar en la chimenea, Mirá, no sos tan inútil después de todo, dice Cucho, como sorprendido por el avance de Carrillas.
Lo cierto del caso es que ya estaba lista la mesa y la chimenea y el Cucho con su voz tremenda mandó a Carrillas a traernos cervezas a todos, la verdad si uno tiene que ver a un elefante aéreo lo mínimo es abrir la nevera y tomarse una bien fría, las cosas no son fáciles en estas situaciones, y aún el Tocho que ya se congelaba por dentro no pudo decir que no, Y Tocho, no te preocupés, después de damos una tapita de ron y se te quita lo azulado de la cara, no te caería mal y yo pensando en la posibilidad de hacer unas tostadas con mantequilla antes de que terminara Varo entonces Tocho le pregunta que si puede cerrar la ventana un minuto pero nadie le responde y mejor dejala así hermano, no llorés, igual mirá que ya Varito, pelo en pecho, está a punto de llegar al ventanal con el bicho bajo el florero, resignado como vieja ancla oxidada y ya no vuela ni camina, es un gran vago pienso.
Los últimos centímetros antes de la ventana son agonizantes para Tocho, gran pendejo y Varo sigue sin mover los ojos, avanza cada vez menos lento y más seguro y Cucho, Carrillas y yo nos inclinamos con interés y curiosidad y sucede que apenas llega a la ventana, el florero sigue recto y junto al bicho cae afuera, singracia verdad, vos que tanto cuidaste que ni el florero ni el bicho sufrieran nada y ahora se te resbalan en el último centímetro, pero te cuento otra cosa, yo me asomé por la ventana, Tocho, no la cerrés todavía, y no había rastro del animal ese.
Una cosa es cierta, ninguno había visto nunca un bicho de esos, un animal con pinta de frijol deprimido, Pero era alado, aportó Tocho, Sí güevón, todos vimos cuando entró volando y casi te cagás del miedo y me arruinaste la oportunidad de limpiar a Varo, ese era Cucho y entonces yo, Bueno, yo le puse elefante aéreo, ya saben, ya tenemos el terreste y el marino, lo mínimo es darle la oportunidad de expandir la familia, y todos se quedaron callados pero era silencio de aprobación recelosa, del silencio que haría un tipo promedio si se encuentra por primera vez con un elefante aéreo.
Entonces Tocho toma las cartas y las pasa a su izquierda, mientras Cucho termina de acomodar las fichas y Varito se va a dormir, vacío dice. Tocho insiste.
Por aquellos días el Auditorio siempre estaba lleno de chiquillas tímidas, de tipos indiferentes, del ocasional cara'e maje, un par de tatuados con caras alegres y los resignados operarios del sistema de cómputo.
Íbamos Álvaro y yo. Ahí estábamos reunidos todos los indecisos del mundo, los pulseadores de siempre, los que exigen una segunda oportunidad a güevo y así. Toda esa gente. Los que por algún motivo íbamos a pedir otra carrera. Yo me tiraba por Ingeniería Mecánica después de un año de Comunicación y Varo iba otra vez a intentar Ingeniería Eléctrica. El año pasado lo pasó comiendo mierda con químicas, físicas y mates en otra ingeniería que ahora no recuerdo.
El sistema es fácil. Unos días eran los aspirantes a ingenieros, otro día abogados, físicos, antropólogos y así iban pasando, Tome su ficha muchacho, vea, camina hasta allá y se la da a aquellos señores, espero que haya traído la fórmula IC-11, ah que muchacho, bueno por dicha aquí tenemos de sobra, tome asiento y llénela, sin prisa, ya sabe que quiere estudiar, verdad, Eh, sí, sí, gracias señora.
-Mae, tenemos el 257 y 258. -Y dónde vemos por cuál van? -Allá, mirá, al fondo. -La sangre del burro, apenas van por el 231.
Esperar. Bueno, y dudar. Porque de nuevo, nos piden que usemos la IC-11 como varita mágica. Un conjuro harripoterciano y ahora seré aspirante a ingeniero, en vez de ser el aspirante a comunicador que era hace diez minutos. Magia universitaria, mi hermano, usted coma callado y entregue el papelito al final de la fila.
-Varito, ojo aquella morena. La de la camisa verde. -No sea engañado Memo, si ella lo vuelve a ver borro ya Eléctrica y me paso a Derecho. -No, no, de veras. Está guapa. -Sí, güevón. Pero usted no. Además, es la única decente en todo el Auditorio. De fijo, de fijo, tiene novio. Se lo canto. Es la regla. -Y llevan cuatro años. Sí, ya me contaron ese.
Una voz mecánica: 238. Ver a las chiquillas. Burlarse de un par de uno sabe que duraron media hora eligiendo la ropa. Burlarse del mae de goma. Reír cuando se cae el barbudo dos filas adelante. Buscar ángulos rectos en las paredes, en el techo, en la pantalla que proyectan al fondo.
Esto es como un templo. Vamos llegando poco a poco los feligreses y dejamos en las mesas del frente un poquito de nuestra alma, solo un cachito. Una ofrenda, sacrificio de Siglo XXI, cédula en mano y toda la carajada. Es como si uno pasara al altar a dejar la limosna en vez de esperar a la solterona de sonrisa abierta que pasa cada domingo. Es un asunto de fe. Fe que en cinco años habremos aprendido algo y podremos salir al otro mundo real a ser personas reales.
La misma hijueputa voz: 250. Me lleva un tren de putas. Se lo digo a Álvaro y se ríe. Ya quisieras vos, Y seguro que vos no, mae, Sí, pero a mí si puede que me acepten en la entrada. Todos los aquí presentes pasaremos un buen chorro de días pensando: será que ahora soy ingeniero? Y haciendo bromitas parecidas a los compañeros para aliviarse el reptil que se llama duda y que repta por su intestino. Habrá otro animal aparte de los reptiles que pueda reptar?
Que es tu número, güevón, andá a ver si hacemos que esta vara camine. Y paso entre los asientos, cuidado de no caerme como el barbudo, y escucho al mismo tiempo el numerito de Álvaro. Dan ganas de gritar BINGO!, pero nadie reiría la broma. Pésima, además.
Caminar es un calvario. Y hacerlo dos veces es peor. Cómo es posible que hay un montón de hijueputas que desde que salieron del cole ya sabían que querían ser los siguientes todos años de su vida? Y por qué no puedo ser un tipo así?
Hola señorita, Buenas tardes joven, me regala su identificación, Como no, aquí la tiene, Guillermo Collado Sáenz, A81867, vecino de Guayabos de Curridabat, actualmente en Ciencias de la Comunicación Colectiva, Así es, Me entrega la IC-11, Aquí la tiene.
Teclea. Nervios. Futuro en potencia. Hoja milagrosa. Esta, precisamente esta, es la parte de la película que entra el mejor amigo de toda la vida a decirle a la novia que no se case porque la ama, y salen los dos en la Vespa única que tiene el mejor amigo. Nunca muestran lo que pasa con el novio que dejó plantado. Claro, nadie entró a llamarme. Unas cuantas computadoras allá, Varito conversa. Mi operadora terminó.
Entonces Ingeniería Mecánica en el recinto 11, Usted lo ha dicho, Va a aplicar, según me dice la computadora, por examen de admisión y por rendimiento académico, Y por excelencia, No dice nada acá, dice que su promedio le dio 89,73, Ah, ok, Entonces le doy viaje, Cómo, Que si finalizo la operación, Ah, sí, por favor, Bueno Guillermo, suerte en Ingeniería, es un cambio brusco, Sí, yo sé, muchas gracias, Tranquilo, hay muchos expedientes parecidos, Ok, buenas tardes.
Tengo que esperar a que Varito termine. Cuántos aspirantes a comunicadores terminarán ingenieros? Cuántos primer ingreso de Medicina se ganarán la vida siendo abogados o archivistas? Cuándos graduados de licenciatura serán taxistas o jardineros? Ya la morena se fue, tal vez a ver al novio que la estaba esperando afuera. Llegó Varo.
-Vamos mae, estamos listos. -Ok. Mae, viera que varas. La vieja que me estaba haciendo la matrícula me dijo que sí le daba viaje. -Y usted que le dijo? -Di, no le entendí. Era que si finalizaba. Usted se imagina una señora diciendo eso? -Mae Memo, despiértese. Es el siglo XXI. Vamos por una birra a ver si deja de decir tonteras. -Yo sé que siglo es, pero me refiero a que. Bueno nada, no vas a entender. Vamos por esa birra que decís. -Al rato se topa con su morenita. -Que te callés o te vas a pata a la choza.
Y Álvaro se ríe. Siempre lo hace. Yo sigo pensando en la IC-11.
En un pueblo perdido existe un niño que lleva años buscando un diente de león.
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Conversación entre él y ella. Murmullos a media madrugada. Campamento. Pero murmullos de verdad.
-Decime, vos creés en las hadas? -Por qué la pregunta? -Es una pregunta importante, solo eso. -Pues depende. Qué entendés vos por hadas? -No, entonces no creés. -Definime esto de hadas. -Qué te digo... Espíritus tal vez, con cierto poder, no sé como te digo. -Ah sí, espíritus sí. Pero así como el hada madrina que me da un príncipe azul pues no. -Claro.
"El comienzo, el pif, el cachito de segundo, eso fue antes. Mucho antes. Debe haber sido cuando dejaste los labsios entreabiertos y aquella sílaba mar, ondulada, amarguita." Murámonos Federico, Joaquín Gutiérrez
Dos hombres están sentados en una mesa cuadrada, muy gastada por años y con las esquinas redondeadas. Uno fuma y viste de celeste. Tiene un pésimo gusto para las corbatas y viste una de rombos. El otro tiene el ruedo al punto, una camisa blanca impecable y las barba recién hecha. Se inclina sobre la mesa, apenas alumbrada por una bombilla cansada.
-Usted entiende, supongo, que esto no es nada personal.
El otro, mirando el humo besar la bombilla, se quita lentamente el cigarrillo de la boca. Lo sostiene entre el índice y el corazón de la mano izquierda.
-Pues claro.
Y se calla. Retoma el fumado mientras el otro lo analiza con calma. Con precisión de arquitecto. La camisa blanca es de gran empresario, mientras que el de rombos apenas llega a supervisor de rango medio. Están en la casa de la corbata atroz, que le llamaremos Xavier. El otro, digámole Luis, murmura.
-Y dónde está ella? -Allá atrás, acostando a los niños. No sabe que usted ha llegado. -Ok. Mejor así. -Sí. Un whisky?
Luis lo pide con hielo a tope y pringado de agua. Xavier se sirve un vaso generoso, deja la corbata a un lado y se sienta en la mesa. Tras el primer trago, se abre los dos primeros botones y recuesta la silla sobre las patas traseras, mirando a Luis.
-A ver si me queda claro. Usted tiene pensado llevarse a Rafaela? -Sí, voy a llevarmela. Bueno, eso suena siglo XX. Vengo a que nos vayamos juntos. -Ah, claro. Y ella sabe? -Pues no, apenas me conoce. Vine primero a decirle a usted. -Perfecto. Ella ya me contó de su beso. -Y usted entiende perfectamente.
La bombilla oscila por el viento que pasa por la ventana.
-A ver. Y para qué quiere un hombre, digamos así como usted, una mujer sencilla como la mía. -No, no. Es que vea. No es que yo la quiera para algo, ni que sea suya y se la venga a robar. Además, supongo que parte de la magia es que usted no entienda estas cosas. -Entonces me toca quedarme al margen porque soy idiota? Así es? -Don Xavier, hablemos esto como personas civilizadas.
En este momento ella entra a la habitación. Sólo hay dos sillas disponibles en la mesa, las otras están ocupadas por bolsas de compras, y los hombres están sentados en ellas. Luis se dispone a darle el campo, pero Xavier lo detiene. Ella los mira y se ruboriza.
-Ella primero va a acomodar las compras.
Luis, aún de pie, presencia la escena. Ella toma con paciencia la primera bolsa, la abre y coloca cada artículo donde pertenece. La mayoría van a una puerta oscura al otro lado de la cocina, pero también abre la nevera y dos o tres puertas más. Así con todas las compras, sin mirarlo.
-Hablemos.
Vuelve a la realidad tras la intervención de Xavier. Aún incrédulo, toma asiento.
-Sí, mejor con ella acá. Igual ella es la que decide. Pero creo que, por decirlo de algún modo, puedo mejorar su oferta. -Esta es mi casa, no hable así en frente mío o nos vamos a los puños. -Claro, disculpe. La llamamos? -Yo decido cuando llamar a mi mujer. Rafaela, vení!
Ella se acerca, todavía con una lata de hongos criollos en la mano. Entonces Xavier la toma de la mano, casi con ternura.
-Que este señor, bueno no sé quién es pero dice que trabaja en tu oficina, viene a llevarte. -A que nos vayamos juntos. -Es lo mismo.
Y la ve a los ojos. Sin soltar la mano. La que es casi-ternura.
-Qué decís?
Rafaela, que apenas logra mover los ojos de los de Xavier y dejarlos un segundo en los de Luis, busca un nombre para la cara.
-Señor Legarreta? -Luis, si le parece. -Por ahora dejémolo en señor Legarreta, usted algo tenía que decirle a ella. A eso vino, no? -Sí disculpe.
Y le da la espalda a él. O la espalda de su atención, porque no se ha movido de la silla. Pero ya queda claro que en la conversación hay dos. Y Xavier no es uno de ellos.
-Señorita, Rafaela, si me permite. Vengo a decirle que la amo descaradamente, aunque suene a asqueroso cliché. No sé, la verdad. La he visto en la oficina, a veces pasa por mi departamento y hoy tuve un día revelador. No, no fue en la empresa, pero eso queda para otro día. En fin, manejé hasta la oficina, subí al departamento de Recursos Humanos, pedí su expediente y cuando llegué le conté a don Xavier mi intención. -Que es llevarme... -Que nos vayamos juntos. -Ok.
Se quedan mirando. Rafaela mueve las pestañas y abre un poco la boca. Apenas medio o un milímetro.
-No me entiende. Bueno. Le explico. Usted, robaré las palabras de un amigo de juventud, me hace sentir poeta. La verdad no escribo desde hace muchos años y sin embargo creo que usted merece todos los lugares comunes del mundo. Porque por usted yo traería la Luna o cruzaría los Siete Mares. Y considero que su belleza vence a la flor más bella y que cuando la veo se me ilumina el día. Algo así es. -Usted es un mariposón y viene con palabras de imbécil a llevarse a Rafaela. Creo que esta conversación se ha extendido mucho, señor Legarreta, buenas noches.
Xavier hace el ademán de levantarse pero ella le pone con suavidad la mano en el hombro. Y luego en un tono ligero y desenfadado.
-Dejame responder, por lo menos. -Dale.
Luis con los ojos muy abiertos, como los de ella mientras él le hablaba.
-Yo sé quién es usted, señor Legarreta. Lo considero un hombre diferente, especial. Casi único. Pero es que, por eso mismo, usted y yo nunca serviríamos. Y yo quiero mucho a Xavier, aunque usted no lo entienda. Por eso le agradezco mucho su oferta de irnos juntos, pero tengo que pasar.
Con los ojos tambaleándose, Luis se levanta de la silla, toma el saco del respaldar y se dirige hacia la puerta.
-La mejor de las suertes. Un saludo.
Y se fue.
La mañana siguiente, Rafaela no llegó a la recepción del Departamento de Mercadeo. Se reportó enferma un par de días y el lunes siguiente llegó su carta de renuncia al Recursos Humanos. Alegó motivos personales.
Una vez leí en una revista (porque hoy en día todo se lee en revistas) que aproximadamente cada tres minutos alguien ve un fantasma en algún lugar del mundo. Me pareció un lapso absurdamente largo, si tomamos en cuenta que conozco personas que a veces ven tantos fantasmas como personas. Y es que a mi me gustan los fantasmas. Y también los cerezos. Y entre los cerezos, me gustan especialmente esos japoneses que parecen querer caerse de lo floreados que están. Y me gustan los fantasmas de cerezos y los cerezos fantasmas (que valga la aclaración, si son más difíciles de ver). Tal vez por eso le puse al blog así. Pero algo estaba diciendo de cada cuando se ve un fantasma, de que se veían muy a menudo o algo por el estilo. Total ya ni recuerdo. Pero si les puedo contar de los cerezos que nacen. Una vez leí en una revista que los cerezos nacen donde murió un fantasma y no me digan que los fantasmas no se pueden morir porque entonces sería negar que los cerezos existen o decir que la revista miente, y no ando de humor para ninguna de las dos. La cosa es que me imagino a los fantasmas suaves y sencillos como un pétalo del cerezo. Ahora que lo pienso, puede ser que me haya imaginado que leí eso en una revista, a como soy de autista los martes. Digo los martes porque siempre que leo revistas es en el dentista y solo voy al dentista los martes, porque me choca con otras cosas cualquier otro día de la semana. El dentista tiene un cerezo enorme en el patio, dice que la semilla se la trajo un bisabuelo suyo de Japón, pero la verdad no le creo, porque es improbable que hayan dejado pasar al fantasma por Migración y es bien sabido que un fantasma no se puede separar de su semilla de cerezo. Seguro el dentista no pensó que yo fuera a saber eso y quería engañarme, pero se llevó una gran sorpresa cuando le dije, y hasta se quedó con la boca abierta como si hubiese dicho una estupidez. Hay veces, cuando digo algo así, la gente me ve con esa misma cara. Tal vez no se esperaran que yo supieran lo que dije, pero si de algo sé yo, es de fantasmas y cerezos y también se un par de cosas de los cerezos fantasmas, pero esos son más tímidos y casi no se dejan ver...