Advertencia

"Las personas que intenten descubrir motivo en esta narración serán enjuiciadas; las personas que intenten hallarle moraleja, serán desterradas; las personas que intenten hallarle una trama, serán fusiladas. "
Mark Twain

miércoles, 11 de junio de 2008

Sueños de limones

Para Malibú,
que le dio la vida.

Es un prado. De esos que son delicias de los niños del mundo. De todos los colores permitidos, diría Van Gogh, obsesionado con su paleta. Verdes, diría él, obsesionado a muerte con los ojos de ella. Verde de sus ojos, ojos de mi niña, niña de ojos verdes.
Pero es un prado y eso jamás se lo arrebatará nadie. Edificado con gentileza sobre una sábana verde, con toques de rojo, de morado, de rosado, de sol. Una pradera viva. Y aquí y allá los pequeños detalles: el nido de gallinas de monte, el botón que se atreve a soñar con ser rosa, la piedra ancestral que se aburrió del mundo.
Verde que te quiero verde. Sube la colina y también baja. Y la vida que se desplaza inmisericorde por toda su anchura. Toca, siente, vibra, reanima. Sin pudor, se desliza entre las hebras mínimas de las hojas, entre el júbilo de la golondrina que vuela, entre los brazos que el viento levanta.
Y allá vienen ellos. Inocentes benjamines, con menos de metro treinta de andar por el mundo. Dicen sus madres: Julianita, no te vayas muy lejos. Felipito, no se me esconda por el monte. Pero allá en el prado todo se olvida, porque todo es verde, como los ojos de ella.
Corrieron. Un pastor perdido que lo veía a lo lejos dijo que soñaban. Pero solo corrían. Todavía no llegaba la imaginación a jugar con ellos. Entre flores y nubes y alondras y soles. Y corrieron hasta capturar la colina con sus risas. Entonces se vieron.
Verde que te quiero verde. Los ojos de ella eran el monte, el prado, el mundo. Hijos de héroes o de dioses. Y allá donde él estaba una mirada de ella lo agarró del pecho y se quedó sin aire, y deseó ir al lecho donde duermen esos ojos, donde nacen todas las cosas del mundo y todas las palabras cobran vida.
¿Y si pudiera ver por los ojos de ella? Entonces sería el mar esmeralda con un Poseidón imponente. Espumoso, rebosante de luces de limones que lloran para alegrar al cosmos, de sueños de culantro y de sonrisas de perejil. O un bosque colosal que temblando de gozo espera, o el lamento de uvas y manzanas que cantaron al cielo. Y son allá, al fondo, las estrellas con sus tonos verdosos que gotean pedacitos de escarcha constelada.
Es la Monalisa con sus ojos de aceituna, son las sirenas con sus ojos cantados por Homero. Son luceros sacados del seno del mundo. Son verdes, siempre verdes, son rebosantes, son amor marino, son de ella y él quiere que sean para él. Que lo miren a él y le hablen a él y lo encuentren a él.
Verde que te quiero verde. Pero ya se va ella con sus ojos. Lo despertó de su sueño escondido, de su utópica fantasía de pupilas y esmeraldas y romero y limones. Ya se va con sus trenzas saltando y lo deja a él cuadrado y mudo.
Y se va a saltar a otras praderas, a otras colinas, a otras dimensiones, verdes como sus ojos y no como los de él. Y se va. A mirar a otros niños en otros prados en otros mundos. Y ahí queda él, solo, con el olor a mar todavía pegada en su ropa.

domingo, 8 de junio de 2008

Homenaje

“Digo adiós con la mano,
A ustedes mis héroes.
Ustedes los míos.”

C. Solís


Hoy los vi.
Todavía caminan por las calles del mundo.
Sin capas, ni uniformes de colores,
ni anillos victoriosos.
Héroes desinteresados,
como si no fueran únicos.
Inmersos (ellos y yo)
en una nostalgia incierta
de carcajadas a media mañana,
y clases de matemática
y partidos de futbol.


Llegamos todos al futuro prometido,
al futuro que soñamos con ligereza,
con inocencia.
Éramos chiquillos imprudentes,
que querían ser ingenieros
y abogados y arquitectos
y periodistas.
Fuimos de esos niños tontos
que juegan a ser grandes.


Así estamos ahora.
Solos.
Repartidos y partidos.
Cojos del espíritu,
caminando a ciegas en tierras nuevas.
Conjugando todos los verbos en pasado.
Diciendo: yo era, yo soñaba,
yo quería, yo jugué.


Y vivimos la angustia del recuerdo,
de viajes a islas lejanas
y a fincas perdidas
donde aprendimos a decir nosotros.
Sentimos la angustia de lo que no vuelve.


Pero todavía los veo en pie.
A ellos, mis héroes de infancia.
Creando, sintiendo,
vibrando.
Todavía recuerdan como mirar al del lado,
como esgrimir un abrazo.
Y todavía sueñan y cantan
y ríen y viven,
y hacen todas las cosas que nos hicieron
ser nosotros.
Y a veces también lloran (y lloro yo).


Y allí serán siempre ellos,
y seré siempre yo y vos
y todos.
Y si acaso los años no nos traicionan,
y todavía recordamos como reír abrazados,
seremos siempre
esos héroes encubiertos,
esos niños grandes,
esos viejos melancólicos.

Seremos siempre
nosotros.

miércoles, 4 de junio de 2008

De Ramón y los Gordos

A Cata Solís,
que es.

Ya comienza el desfile. Zapatos negros recién lustrados. Un anillo en cada dedo y cada mano abrazada a un habano. Todos fuertemende escortados por sendas bellezas calladas, un poco porque no saben qué decir, un poco porque no saben qué pueden decir.
Se sienta el primero. Pesado, rotundo, absoluto. Acaso se voltea sobre el hombro y llama a la belleza. Un martini dice.
Ya van cayendo los otros. Desfigurándose entre las humaradas del habano, pero aterrizando precisos en cada silla. Son cuatro y el quinto no llega. Y no llega. Y no llegó, dijo el más gordo.
Entonces Ramón quedó, con su corbata mal ajustada y su hebilla herrumbrada, sentado entre cuatro enormidades. Le tocan tres torres de batallones del menos gordo, por ser el menos gordo. Listos, fuera...
Bailan entonces los reyes sobre la mesa. Y un humilde cuatro que el gordo del habano despreció por el pecado de ser cuatro y no ser reina. Y Ramón con un mundo entre sus manos. "Lucy in the sky with diamonds" clamaba la radio, y Ramón cubriendo su mano para que no la viera el parlante.
Es el más rotundo de todos el primero que arriba al centro. Ramón se queda petrificado por el abultado ataque, porque de aceptarlo perdería de golpe sus humildes torres. Tiembla un poco el labio. Y el ojo izquierdo, pero ese es un tic que trae de nacimiento.
Pasan los gordos a contener el ataque. En su titánica inmensidad no ceden un centímetro, y el de más anillos se da el lujo de contraatacar con un llavero. Le pasan la batuta a Ramón, que mira desesperado sus recursos. Están todos los diamantes, pero falta Lucy.
Y lo que podría hacer con tanto. La casa con las ventanas blancas. El Chevelle. La Universidad para Felipito. Una nueva estantería para la sala. Entonces empieza el juego de ojos y se vuelven todos académicos.
Tic que a nervio obedece que por ojo es visto. Labio que al tic obedece que por ojo es visto. Mueca que al labio obedece que por ojo es visto. Ojo que observa a ojo que por ojo es visto. Y Ramón viendo diamantes en su mano, sin Lucy para que cante con ellos.
Algo recordó de Napoleón, algo que sacó de un libro de la sala. Grande, excelencia, piensa. Y despacha torres y llaves al campo. Respira. Respira otra vez. Sigue respirando. Ya pasó.
Todos los gordos lo miran y miran las llaves. Acaso el anillado dibuja una sonrisa prepotente y todos completan sus formaciones. Se cierra la arena.
Deslizan entonces un par de desechos, y reciben carne fresca. Allá fue el cuatro que no supo ser reina. Lo reemplaza un seis, igual de mal recibido. Todos se renuevan y solo falta Ramón, que temeroso solo pide un refuerzo. Pero lo deja anónimo.
Sigue el cuadrilátero cerrado y acuerdan no abrirlo. Los gordos todavía no quieren perder más de un llavero esa noche y se enfrascan en calladas luchas consigo mismo. Y sigue el enmascarado esperando, siendo emperador y sirviente a la vez.
Abre su abanico el ufano gordo más gordo. Un monumento a la Sagrada Trinidad. Respira intranquilo el gordo del habano y ni habla ni gime, cediendo la palabra sin sufrir mucho. El gordo anillado ofrece un monocromático espectáculo que contra todo pronóstico desinfla al primer expositor. Finalmente el menos aplastante muestra un elegante encaje de príncipes y nueves que todo humilla.
Y se hincha el último gordo de orgullo y prepotencia, mirando con desprecio a su alrededor. Entonces son cuatro pares de ojos fijos en los ojos de Ramón, que están fijos en el salvador anónimo que callado lo espera.
Con los temblores que la ocasión amerita, rompe el secreto del enviado especial y respira. Allí estaba Lucy, con la misma sencillez de siempre, dispuesta a coronar el cielo.
Deleita entonces Ramón a los gordos con su constelación de diamantes, sólidamente fundada en un 10 y finalizada con gallardía en la primera letra de todas. Y se alza con los cinco llaveros y las cinco fortunas y huye hacia el júbilo porque su Dios existe.
Pero los gordos, que se sorprendieron por solo un segundo, sacan un nuevo llavero y piden nuevas torres. Y al cabo de unas horas, lo único que recordarían de Ramón sería un nudo de corbata mal hecho y una hebilla herrumbrada

sábado, 31 de mayo de 2008

Tazas Blancas y Cucharas para Sopa

Siempre me pasa lo mismo: hay gente que por intentar hacer un bien hace un mal enorme.

Como cuando cambian de lugar la gaveta de las cucharas. No es gran cosa, dirían muchos. Solo buscar la gaveta de nuevo, que además casi siempre la reubican cerca, y sacar la cuchara. Pero no siempre la vida es tan fácil. Llega uno con la sopa de fideos que acaba de cocinar mamá para la cena, exactamente a 39 grados Celsius medidos con termómetro y pretende sacar la cuchara.

Pero como a alguna mente brillante se le ocurrió que la gaveta de las cucharas quedaba más conveniente al lado de los trapos, uno abre el cajón acostumbrado y encuentra los tenedores. Llegado este punto uno necesita pensar duro y como la mamá de uno ya lavó todo y se fue a su cuarto uno está solo. Entonces hay que dejar la taza blanca (porque las azules son para café) en una mesa, alineada con el estampado mantel. Y sabe cualquiera que colocar una taza de sopa perfectamente alineada en un mantel toma un mínimo de tres minutos y medio.

Esos minutos perdidos se iban a usar enfriando la sopa en la sala, hasta que llegara a 33 grados Celsius, que es la temperatura ideal para una sopa en una taza blanca. Sin embargo, al cabo de esos tres minutos y medio uno debe de idear una manera de resolver la situación de las cucharas.

Una posible solución sería ignorar la nueva ubicación de la gaveta, coger la cuchara de la sopa y correr dando vueltas en sentido contrario al reloj para que nadie se diera cuenta. Pero no se podría vivir con eso. Sería como el cepillo de dientes que dejaron el mes pasado viendo hacia el lavatorio, en lugar de hacia la pared como estaban los demás. Durante cuatro días, hasta que me atreví a volverlo, el cepillo me miraba cada vez que iba a lavarme los dientes y no quiero que pase lo mismo con la sopa.

Otra solución, muchísimo más sensata, es cambiar de lugar todas las gavetas hasta que volvieran a su ubicación anterior. Entonces es mover los cinco cajones, uno a la vez. Y como no puedo tener dos gavetas en la mano a la vez, hay que colocar en la mesa las que voy sacando, alineadas paralelamente con las líneas del mantel. Si fueran libros, podrían ir perpendicularmente, pero todos saben que las gavetas deben estar acomodadas en el sentido de las líneas de un mantel.

Si tras de ocho minutos de traer y poner finalmente las gavetas están donde corresponden, lo que sigue es revisar si ninguna sobresale del marco del mueble, que los trapos no se hayan desordenado en el proceso y que los cuchillos sigan viendo todos hacia la derecha.

Acabado este proceso, uno puede abrir victoriosamente la gaveta de las cucharas, colocada donde debe ir, sacar la cuchara y meterla en la sopa para ir a la sala a enfriarla. Pero tras meter la cuchara en la sopa y caminar un par de pasos, uno nota que tras tanto minuto perdido la taza ya no está caliente y se encuentra a aproximadamente 33 grados Celsius.

Para cualquier alma cristiana, esto sería favorecedor, pues se vería recompensados los once minutos y medio invertidos en las gavetas. Al menos no habría que desperdiciar tres minutos y medio más enfriando la sopa. Pero esto me resulta imposible. Lo que sigue es sacar la cuchara con cuidado, procurando no derramar una sola gota en el proceso y lavarla con pulcritud.

Después, prender de nuevo la cocina a temperatura “Medium” y con una olla nueva calentar la sopa hasta que alcance otra vez los 39 grados Celsius. Una vez caliente, hay que buscar una taza blanca limpia, porque ya la otra tiene los bordes llenos de sopa, y llenarla. Después de secar a conciencia la cuchara, uno la coloca nuevamente en la taza y comienza a caminar hacia la sala.

Pero de nuevo, tras unos pasos, uno asimila lo que hizo. Ensució una taza y una olla que ahora están alterando el estado natural de las cosas. Entonces procedo a alinear nuevamente la taza en la mesa, con los tres minutos y medio que se toma hacerlo, lavo y seco la taza y la olla y las coloco nuevamente en sus respectivos lugares.

Para cuando uno acaba esto, regresa a la taza y se da cuenta que está nuevamente en 33 grados y como la sopa debe enfriarla uno, en vez de enfriarse sola, repite el proceso una y otra vez hasta el final del mundo. Si viviera solo ahí quedaría atascado hasta morir de hambre, o de cansacio, o de ganas de tomarme la sopa. Pero por dicha cuando me pasa mamá llega unas horas después, extrañada que no me haya visto, y se ofrece a lavar la taza y la olla, liberándome de eso. Entonces puedo ir a la sala a tomarme la sopa, aunque ya sea tarde y casi sea hora de dormir.

Es por eso que hay veces que solo hay que dejar al mundo ser. Uno nunca sabe a quien puede molestar cambiando de lugar la gaveta de las cucharas o una torre de libros. Yo tengo una torre de libros llena de polvo en la sala y cuando acabo la taza de sopa la pongo al lado de los libros. La pongo ahí porque me queda cerca del sillón donde tomo sopa y porque hay tres libros que también son blancos. Si me movieran los libros no tendría donde dejar la taza, porque en la sala lo único blanco es el techo y ahí no puedo dejarla. Tendría que ir hasta la cocina y derjala al lado de un mueble blanco donde se guardan los condimentos.

Pero por ahora dejo la taza junto a los libros, pero la cuchara no. Porque yo no uso realmente la cuchara para tomarme la sopa. Es importante tenerla dentro de la taza porque así deben ser las cosas, pero cuando de tanto soplarla la sopa llega a 33 grados Celsius, me la tomo toda de un solo trago, dejo la taza con los libros y me voy con la cuchara por la casa, usándola en cada esquina como si fuera un espejo, para ver que hay a la vuelta y así protegerme de basiliscos mágicos, gatos cojos con una sola oreja o pequeños terneros recién nacidos.

Y es que uno nunca sabe que hay a la vuelta de la esquina.

martes, 20 de mayo de 2008

Microcuentos

**Estos son cuentos que alguien me dio la primera frase y a partir de ella los escribí**


El secreto era no volver a ver aquel libro. Pero la tentaba. Frente a ella un letrero con flechas y nombres de ciudades. Madrid, izquierda. Toledo, derecha. Segovia, izquierda. Aranjuez, recto. ¿Dónde putas estaba Tarancón? El libro la llamaba, esperándola a su lado. Cerrado, pero gritando. Jamás. Ramón se reiría toda la vida de ella. ¡No pudiste llegar a Tarancón! le diría frente a todos.

Frenó. Se volvió a todas partes. Nadie. Se asomó por los retrovisores. No, nadie. ¿Cómo iría a enterarse Ramón? No podría.

Volvió a ver el libro y lo abrió. Se le iluminó la cara. ¡Malditas guías de viajeros!


Pero, ¿y si realmente fuera verdad? El ya estaba abriendo el armario para buscar un abrigo. Y una bufanda. Las bufandas son buenas, pensó ella, se puede usarlas para muchas cosas. ¿Y si no fuera verdad? Entonces podían ser bufandas eternas, pintadas a rayas. Rojo, verde, rojo, verde. Y pensó en él. Pero él no usaba bufanda, la bufanda era para ella. Pero de nada valdría una bufanda si no fuera verdad. Mejor un beso y para eso estaba él. Se apagó todo de pronto. Mierda, pensó ella en su cama.

Él se despertó en su cuarto, con un olor a lápiz labial en algún lugar de la cara.


Aliviado, el dinosaurio miró al cielo y sonrió. Otra huida feliz de una fiesta de cumpleaños. Victoria, hubiera dicho un general. Al menos, él lo hubiera dicho si fuera general. Sabe Dios que jamás había perseguido un dinosaurio inocente. Ya no hacen los niños como antes, pensó. Allá cuando tenía apenas unos cuantos años, él no lo hizo. Apenas corría. El hubiera sido general de haber podido. Pero, ¿había podido? Con las manos torpes comenzó a contar el botín. Nada interesante. La misma paga de siempre.

El hombre se quitó la máscara y caminó errabundo por Madrid.


La gente todavía no entiende que los trenes no pueden frenar por ellos. Allá terminan siempre todos hechos un puño en la última parada. Porque no saben parar. Solo vos podés, pero en tu tren. Creo que te odian, Andrés. Si pudieras enseñarles a parar, no tendrían que caminar desde la última parada. A veces llueve, Andrés, y son viudas y niños mojándose. Yo los he visto caminar. Dos cuadras, diez cuadras, veinticinco cuadras. Caminan, Andrés, y caminan duro.

¿Acabaste tu parada? Volvé a tu asiento y hacé sonar el timbre de abordaje. Nos vemos en la última parada, Andrés. Tal vez te sentés conmigo a verlos caminar en la lluvia.

jueves, 8 de mayo de 2008

Capítulo Tercero: La mamá

Yo creo que no es justo para los niños. Camilita no sufre tanto, porque desde el lunes se la ha pasado en la casa, pero para Felipe esta calle olvidada es el mundo. A veces entraba corriendo a la casa para decirme que pasó un oficial en su motocicleta, o para contarme que la maestra se cortó el pelo y se veía más linda. Sería bonito ser como él. Un humilde universo de cien metros de largo: dos árboles que florean, seis sabores de helados, una sola escuelita y siete bicicletas como únicos personajes de este cuento de hadas.

Los domingos, después de misa, allá iban los nueve chiquillos y las docenas de trompos a competir a muerte en la acera de la tienda, para luego regresar abrazados cuando el día decidía terminarse. El domingo pasado volvió con su orgullo hinchado por ser el invicto de los últimos meses. Ahora todo lo que puede hacer es tirar el trompo una y otra vez en el corredor.

Yo lo miro y lo miro tirarlo, y ni se cansa él de hacerlo bailar ni yo de verlo jugar. La salita es un buen lugar en la casa; tiene una buena iluminación, se puede ver todo el pasillo y los sillones son cómodos. Es un sitio ideal para sentarse a existir y sentir el mundo que existe paralelo a uno. Lo único que lo jode son los cuadros: docenas de caras de tantos tíos y abuelos que lo ven a uno como quejándose, como queriendo culparla a uno.

Pero uno aprende a vivir con todo, porque ya no queda de otra y a los cuarenta años no se pueden devolver muchas cosas. Allá cuando era joven y guapa sí pudo haber sido diferente. ¿Habría nacido el niño? ¿Le hubieran apasionado los trompos? Yo nunca vi a Carlo tirar un trompo. Lo más que hacía era hablarme suavecito al oído, dejando cada palabra vivir para mí.

Nunca pude retratarlo. Nos pasábamos horas intentando sacarle un cuadro, pero el arte siempre se resistió. Posaba como se debía hacerlo, con gallardía y con aplomo, con la virilidad con que debía posar un hombre. Espalda recta, pelo revuelto y ojos firmes. La misma receta gloriosa durante horas, tranquilamente sentado en cualquier banco, esperando que de pronto yo me inspirara. Nada.

Fue aquí, en la salita. A mí me mandaron como apoderada de la familia para alquilar la casa y el llegó con un periódico en la mano. La sección de alquileres estaba llena de desesperados círculos rojos, la gran mayoría con una aplastante equis encima. Para mí era otro de los clientes de media mañana que no compraría la casita.

Aquél tour de siempre. Que mire que buena mesa de roble tenemos en el comedor, que toque la exquisita suavidad del azulejo del baño, que sienta la luz y el viento por las ventanas de la cocina. Todas las artimañas de siempre. Pero él se paró en la salita y me dijo con su español endiablado: “Me gusta el cerezo de afuera”. Y yo lo vi a los ojos y perdí. Si, fue aquí mismo, allá donde está esa mesita ahora.

Ya después el amor y mucho después la tristeza. Papá gritando por las calles que una hija suya no se casaría con un bueno para nada como “ese italiano borracho”. Mamá llorando en jornada continua de catorce horas, con intervalos para llorar a gritos o echarle un par de rosarios a la Virgen, para que “me despierte a esa niña”. Y yo, destrozada, corroída por la ofensiva mayor que se jugaban mis familiares, cedí.

Carlo siguió en la casa y yo no lo volví a ver. Tonteras que hace uno cuando es chiquilla. Si llegara papá a prohibirme ahora casarme con quien yo quiera lo mando para la mierda e sigo derechito al altar. Igual después conocí a Raúl, que la verdad me salió muy bueno: no toma, no fuma, es buen esposo y padre y hasta tiene el montañismo para distraerse.

El drama llegó cuando nos casamos. Éramos un par de niños todavía, ninguno ganaba suficiente para una casita propia y papá decidió que viviéramos en la casa del cerezo, para que sus nietos crecieran donde habían crecido sus hijos. Pero el problema es que había que echar a Carlo, que ya no era aquél italiano romántico que posaba durante horas esperando que me acordada de cómo pintar.

La bronca fue grande y pasamos como tres semanas viviendo en un cuartito donde papá, porque Carlo no se quería ir. Tuvimos que hablar con un amigo de la familia que era juez para que firmara unos papeles y poder echarlo a la fuerza. No hizo falta. Le notificamos un viernes que si al lunes no se había ido, llegábamos con los papeles y la policía a sacarlo. Pobre Carlo, decía yo, pobre Carlo.

El lunes llegamos y no estaba, pero se llevó la mitad del espíritu de la casa con él. El cerezo estaba desnudo. Se había tomado la molestia de arrancar cada hoja y cada flor del inocente árbol, hasta que solo quedaron las pudorosas ramas avergonzadas. Ahí Raúl me dijo que él entraba primero y le dije que bueno, porque esas cosas hacen sentirse a los hombres importantes: entrar primero a lugares misteriosos, enfrentarse a animales salvajes y subir montañas.

¡Pobre casa mía! Los azulejos de la cocina estaban todos deschapados, en el pasillo había un reguero de basura de varios días, los inodoros estaban tapados con mierda y la mesa del comedor tenía las patas cortadas y el aire tenía un olorcillo a aserrín y árboles muertos. Para cerrarla de manera magistral, Carlo había rodeado la casa con un círculo de peces muertos, alineados cabeza con cola. Cuando papá lo supo todo, quiso matarlo, pero nunca lo volvimos a ver.

Ya casi doce años de eso y Dios sabe que nos costó arrancar. Volver a poner todos los cuadros en la pared, arreglar la mesa y la cocina, regar al cerezo y cantarle para que floreciera de nuevo. La casa estuvo resentida por año y medio, oscura y con un silencio de muerte, pero después entendió que no era nuestra culpa. Y desde entonces había sido alegre, hasta el lunes pasado, que todo se cayó otra vez.

Felipito sigue jugando con el trompo y Camila algo está haciendo en su cuarto. ¿Debería llamarlos? Desde el lunes los tengo recluidos aquí conmigo a toda hora, no creo que les caiga mal un rato a solas. Son obedientes y no se quejan, pero tres días seguidos a cualquiera hartan. Mañana los llevo a comprar un helado al mediodía, porque me parte el alma verlos encerrados.

Al rato hasta a mí me cae bien. Un buen helado de chocolate chorreando levanta el ánimo de cualquiera.

miércoles, 16 de abril de 2008

Capítulo Segundo: El Dependiente

El negocio va mal, Julieta, vamos a tener que recortar algunos gastos. Así le dije ayer, hablando tranquilo para que no se alterara, pero igual lloró como una loca el resto de la noche. Sonaba como una campana quebrada, repicando a lo lejos bajo su almohada, y no pude dormir un minuto.

La verdad no la entiendo, es como si nos hubieran contado una noticia diferente a cada uno. Claro que yo tampoco estoy feliz: ya no más estadio en los domingos ni chocolates importados, pero todavía estamos vivos y sanos. Así decía mi abuela: tristes solo al hospital y al cementerio. Pero ella llora y habla de sus cremas y sus jabones y no me hace caso cuando le digo que igual para mí siempre va a ser la más linda.

Ya no se que hacer con la tienda. El lunes me levanté y abrí las cortinas del cuarto para ver como había amanecido el jacarandá, porque siempre he creído que el día va a ser como él. Ahí estaba, el mismo de cuando chiquillos, mirándome con sus ojos tristes. Ese día le tocó a él la mala noche, seguro una lluviecita muy discreta que no pude oír, y tenía todos los pétalos viendo el suelo, como animalillos arrepentidos. Ya desde ahí supe que el día iba malo y ni el jacarandá ni los días han cambiado desde entonces.

No hay peor premonición que un jacarandá con las flores volteadas. Le comenté a doña Úrsula en la mañana y estuvo de acuerdo. Es que aunque hay veces que el verano es muy duro y el árbol se encoge como el viejo veterano de tantas primaveras que es, y queda seco y polvoriento, no es tan malo. Cierto que esos meses son terribles para el negocio y no logramos levantar cabeza, pero es que ahora es diferente.

De todas formas, a uno le toca despertarse a diario y llevar el pan a casa, no queda de otra. Hoy me arreglé y llegué a abrir las puertas de la tienda. Ya no son las mismas puertas de antes, allá cuando las abrimos hace años por primera vez, altas y orgullosas, con la capa de pintura verde todavía brillante. Ahora se quejan de las bisagras por las mañanas y pide a gritos que la pintemos. Tal vez en unos meses le haré la caridad.

Todo fue como de pronto. Hace una semana estaba todo esto lleno de niños y risas. Entre helados y trompos el mostrador se llenaba de manitas con monedas y luego era verlos salir a todos con sus caras felices. Todavía el domingo estaban en la acera, en un torneo de canicas, y cada cierto tiempo entraba alguno por un refresco de uva o un helado de fresa. ¡Ya ni helados de fresa tenemos!

Todo me cayó encima el lunes: proveedores que alegan que ya no les conviene que les vendamos su producto, clientes que nunca llegan y el funcionario de hacienda que pasó a hacer inspección. Solo sigue llegando puntual doña Úrsula, pero a ella me da mal de conciencia cobrarle por el paquete de galletas que se lleva. Después de todo lo que hizo por nosotros, lo mínimo es regalarle ese paquete que se lleva a diario.

Me preocupa que estamos a mitad de semana y desde anteayer no llega nadie a la tienda. Creo que lo que pasa es que la calle se está muriendo. ¿Podrá morirse una calle? Mi jacarandá amaneció abatido por esa pesadez colectiva que cuelga de todas partes, y el cerezo de la otra acera está jorobado y marchito. Ya ni pájaros llegan a este barrio.

Solo llegó el lunes ese constructor que estaba trabajando donde Felipito, pálido como una nube. Me pidió una cerveza, pero todavía no hemos sacado la patente de licores, entonces se conformó con un refresco de cola. Comenzó a balbucear algo de un perfume, una carta y unos muñequitos de cera. La verdad no pudo articular nada concreto, las palabras le salían de la boca pero se perdían antes de toparse entre ellas. Algo logré entenderle de una tubería.

Cliente extraño, pensé, pero cliente al fin. Se quedó balbuceando entre eructos hasta que terminó su refresco, me pagó y se fue. Me dejó la tienda más sola que antes, porque ya doña Úrsula se había ido, y no llegó nadie más hasta que cerré apenas oscureció.

Pero ayer me di cuenta que esto iba para rato. Nadie se asomó a la puerta de la tienda, como si en la calle nadie ocupara harina y huevos para cocinar, o jabón para bañarse, o helados para ser felices. Hasta el viento parece que nos olvidó, y el aire se estanca hasta volverse una masa que a veces se atora en la nariz. Solo se acuerdan de mí los inconformes proveedores y el maldito de hacienda, por eso le dije a Julieta que recortáramos presupuesto, porque esto no parece arreglarse y el jacarandá sigue descorazonado.

Y la verdad yo creo que ya no puedo hacer nada. A esta calle se la llevó la mierda. Y yo aquí sentado detrás del mostrador, esperando a Felipito que no va a llegar a comprar helado de fresa, porque ya ni tengo. El viento sigue dormido y torpe, aunque ya no se me pega en la nariz. Pensándolo bien, creo que escuché un perro ladrar hace un rato, pero pueden ser solo ilusiones mías. Ya llegué al punto que creería cualquier cosa para no creer que la calle está muerta.

Mejor me como un chocolate, aunque no sean de los suizos, y dejo de joder. Tal vez, si se arreglan las cosas, la próxima semana pueda ir al estadio.