Advertencia

"Las personas que intenten descubrir motivo en esta narración serán enjuiciadas; las personas que intenten hallarle moraleja, serán desterradas; las personas que intenten hallarle una trama, serán fusiladas. "
Mark Twain

sábado, 31 de mayo de 2008

Tazas Blancas y Cucharas para Sopa

Siempre me pasa lo mismo: hay gente que por intentar hacer un bien hace un mal enorme.

Como cuando cambian de lugar la gaveta de las cucharas. No es gran cosa, dirían muchos. Solo buscar la gaveta de nuevo, que además casi siempre la reubican cerca, y sacar la cuchara. Pero no siempre la vida es tan fácil. Llega uno con la sopa de fideos que acaba de cocinar mamá para la cena, exactamente a 39 grados Celsius medidos con termómetro y pretende sacar la cuchara.

Pero como a alguna mente brillante se le ocurrió que la gaveta de las cucharas quedaba más conveniente al lado de los trapos, uno abre el cajón acostumbrado y encuentra los tenedores. Llegado este punto uno necesita pensar duro y como la mamá de uno ya lavó todo y se fue a su cuarto uno está solo. Entonces hay que dejar la taza blanca (porque las azules son para café) en una mesa, alineada con el estampado mantel. Y sabe cualquiera que colocar una taza de sopa perfectamente alineada en un mantel toma un mínimo de tres minutos y medio.

Esos minutos perdidos se iban a usar enfriando la sopa en la sala, hasta que llegara a 33 grados Celsius, que es la temperatura ideal para una sopa en una taza blanca. Sin embargo, al cabo de esos tres minutos y medio uno debe de idear una manera de resolver la situación de las cucharas.

Una posible solución sería ignorar la nueva ubicación de la gaveta, coger la cuchara de la sopa y correr dando vueltas en sentido contrario al reloj para que nadie se diera cuenta. Pero no se podría vivir con eso. Sería como el cepillo de dientes que dejaron el mes pasado viendo hacia el lavatorio, en lugar de hacia la pared como estaban los demás. Durante cuatro días, hasta que me atreví a volverlo, el cepillo me miraba cada vez que iba a lavarme los dientes y no quiero que pase lo mismo con la sopa.

Otra solución, muchísimo más sensata, es cambiar de lugar todas las gavetas hasta que volvieran a su ubicación anterior. Entonces es mover los cinco cajones, uno a la vez. Y como no puedo tener dos gavetas en la mano a la vez, hay que colocar en la mesa las que voy sacando, alineadas paralelamente con las líneas del mantel. Si fueran libros, podrían ir perpendicularmente, pero todos saben que las gavetas deben estar acomodadas en el sentido de las líneas de un mantel.

Si tras de ocho minutos de traer y poner finalmente las gavetas están donde corresponden, lo que sigue es revisar si ninguna sobresale del marco del mueble, que los trapos no se hayan desordenado en el proceso y que los cuchillos sigan viendo todos hacia la derecha.

Acabado este proceso, uno puede abrir victoriosamente la gaveta de las cucharas, colocada donde debe ir, sacar la cuchara y meterla en la sopa para ir a la sala a enfriarla. Pero tras meter la cuchara en la sopa y caminar un par de pasos, uno nota que tras tanto minuto perdido la taza ya no está caliente y se encuentra a aproximadamente 33 grados Celsius.

Para cualquier alma cristiana, esto sería favorecedor, pues se vería recompensados los once minutos y medio invertidos en las gavetas. Al menos no habría que desperdiciar tres minutos y medio más enfriando la sopa. Pero esto me resulta imposible. Lo que sigue es sacar la cuchara con cuidado, procurando no derramar una sola gota en el proceso y lavarla con pulcritud.

Después, prender de nuevo la cocina a temperatura “Medium” y con una olla nueva calentar la sopa hasta que alcance otra vez los 39 grados Celsius. Una vez caliente, hay que buscar una taza blanca limpia, porque ya la otra tiene los bordes llenos de sopa, y llenarla. Después de secar a conciencia la cuchara, uno la coloca nuevamente en la taza y comienza a caminar hacia la sala.

Pero de nuevo, tras unos pasos, uno asimila lo que hizo. Ensució una taza y una olla que ahora están alterando el estado natural de las cosas. Entonces procedo a alinear nuevamente la taza en la mesa, con los tres minutos y medio que se toma hacerlo, lavo y seco la taza y la olla y las coloco nuevamente en sus respectivos lugares.

Para cuando uno acaba esto, regresa a la taza y se da cuenta que está nuevamente en 33 grados y como la sopa debe enfriarla uno, en vez de enfriarse sola, repite el proceso una y otra vez hasta el final del mundo. Si viviera solo ahí quedaría atascado hasta morir de hambre, o de cansacio, o de ganas de tomarme la sopa. Pero por dicha cuando me pasa mamá llega unas horas después, extrañada que no me haya visto, y se ofrece a lavar la taza y la olla, liberándome de eso. Entonces puedo ir a la sala a tomarme la sopa, aunque ya sea tarde y casi sea hora de dormir.

Es por eso que hay veces que solo hay que dejar al mundo ser. Uno nunca sabe a quien puede molestar cambiando de lugar la gaveta de las cucharas o una torre de libros. Yo tengo una torre de libros llena de polvo en la sala y cuando acabo la taza de sopa la pongo al lado de los libros. La pongo ahí porque me queda cerca del sillón donde tomo sopa y porque hay tres libros que también son blancos. Si me movieran los libros no tendría donde dejar la taza, porque en la sala lo único blanco es el techo y ahí no puedo dejarla. Tendría que ir hasta la cocina y derjala al lado de un mueble blanco donde se guardan los condimentos.

Pero por ahora dejo la taza junto a los libros, pero la cuchara no. Porque yo no uso realmente la cuchara para tomarme la sopa. Es importante tenerla dentro de la taza porque así deben ser las cosas, pero cuando de tanto soplarla la sopa llega a 33 grados Celsius, me la tomo toda de un solo trago, dejo la taza con los libros y me voy con la cuchara por la casa, usándola en cada esquina como si fuera un espejo, para ver que hay a la vuelta y así protegerme de basiliscos mágicos, gatos cojos con una sola oreja o pequeños terneros recién nacidos.

Y es que uno nunca sabe que hay a la vuelta de la esquina.

martes, 20 de mayo de 2008

Microcuentos

**Estos son cuentos que alguien me dio la primera frase y a partir de ella los escribí**


El secreto era no volver a ver aquel libro. Pero la tentaba. Frente a ella un letrero con flechas y nombres de ciudades. Madrid, izquierda. Toledo, derecha. Segovia, izquierda. Aranjuez, recto. ¿Dónde putas estaba Tarancón? El libro la llamaba, esperándola a su lado. Cerrado, pero gritando. Jamás. Ramón se reiría toda la vida de ella. ¡No pudiste llegar a Tarancón! le diría frente a todos.

Frenó. Se volvió a todas partes. Nadie. Se asomó por los retrovisores. No, nadie. ¿Cómo iría a enterarse Ramón? No podría.

Volvió a ver el libro y lo abrió. Se le iluminó la cara. ¡Malditas guías de viajeros!


Pero, ¿y si realmente fuera verdad? El ya estaba abriendo el armario para buscar un abrigo. Y una bufanda. Las bufandas son buenas, pensó ella, se puede usarlas para muchas cosas. ¿Y si no fuera verdad? Entonces podían ser bufandas eternas, pintadas a rayas. Rojo, verde, rojo, verde. Y pensó en él. Pero él no usaba bufanda, la bufanda era para ella. Pero de nada valdría una bufanda si no fuera verdad. Mejor un beso y para eso estaba él. Se apagó todo de pronto. Mierda, pensó ella en su cama.

Él se despertó en su cuarto, con un olor a lápiz labial en algún lugar de la cara.


Aliviado, el dinosaurio miró al cielo y sonrió. Otra huida feliz de una fiesta de cumpleaños. Victoria, hubiera dicho un general. Al menos, él lo hubiera dicho si fuera general. Sabe Dios que jamás había perseguido un dinosaurio inocente. Ya no hacen los niños como antes, pensó. Allá cuando tenía apenas unos cuantos años, él no lo hizo. Apenas corría. El hubiera sido general de haber podido. Pero, ¿había podido? Con las manos torpes comenzó a contar el botín. Nada interesante. La misma paga de siempre.

El hombre se quitó la máscara y caminó errabundo por Madrid.


La gente todavía no entiende que los trenes no pueden frenar por ellos. Allá terminan siempre todos hechos un puño en la última parada. Porque no saben parar. Solo vos podés, pero en tu tren. Creo que te odian, Andrés. Si pudieras enseñarles a parar, no tendrían que caminar desde la última parada. A veces llueve, Andrés, y son viudas y niños mojándose. Yo los he visto caminar. Dos cuadras, diez cuadras, veinticinco cuadras. Caminan, Andrés, y caminan duro.

¿Acabaste tu parada? Volvé a tu asiento y hacé sonar el timbre de abordaje. Nos vemos en la última parada, Andrés. Tal vez te sentés conmigo a verlos caminar en la lluvia.

jueves, 8 de mayo de 2008

Capítulo Tercero: La mamá

Yo creo que no es justo para los niños. Camilita no sufre tanto, porque desde el lunes se la ha pasado en la casa, pero para Felipe esta calle olvidada es el mundo. A veces entraba corriendo a la casa para decirme que pasó un oficial en su motocicleta, o para contarme que la maestra se cortó el pelo y se veía más linda. Sería bonito ser como él. Un humilde universo de cien metros de largo: dos árboles que florean, seis sabores de helados, una sola escuelita y siete bicicletas como únicos personajes de este cuento de hadas.

Los domingos, después de misa, allá iban los nueve chiquillos y las docenas de trompos a competir a muerte en la acera de la tienda, para luego regresar abrazados cuando el día decidía terminarse. El domingo pasado volvió con su orgullo hinchado por ser el invicto de los últimos meses. Ahora todo lo que puede hacer es tirar el trompo una y otra vez en el corredor.

Yo lo miro y lo miro tirarlo, y ni se cansa él de hacerlo bailar ni yo de verlo jugar. La salita es un buen lugar en la casa; tiene una buena iluminación, se puede ver todo el pasillo y los sillones son cómodos. Es un sitio ideal para sentarse a existir y sentir el mundo que existe paralelo a uno. Lo único que lo jode son los cuadros: docenas de caras de tantos tíos y abuelos que lo ven a uno como quejándose, como queriendo culparla a uno.

Pero uno aprende a vivir con todo, porque ya no queda de otra y a los cuarenta años no se pueden devolver muchas cosas. Allá cuando era joven y guapa sí pudo haber sido diferente. ¿Habría nacido el niño? ¿Le hubieran apasionado los trompos? Yo nunca vi a Carlo tirar un trompo. Lo más que hacía era hablarme suavecito al oído, dejando cada palabra vivir para mí.

Nunca pude retratarlo. Nos pasábamos horas intentando sacarle un cuadro, pero el arte siempre se resistió. Posaba como se debía hacerlo, con gallardía y con aplomo, con la virilidad con que debía posar un hombre. Espalda recta, pelo revuelto y ojos firmes. La misma receta gloriosa durante horas, tranquilamente sentado en cualquier banco, esperando que de pronto yo me inspirara. Nada.

Fue aquí, en la salita. A mí me mandaron como apoderada de la familia para alquilar la casa y el llegó con un periódico en la mano. La sección de alquileres estaba llena de desesperados círculos rojos, la gran mayoría con una aplastante equis encima. Para mí era otro de los clientes de media mañana que no compraría la casita.

Aquél tour de siempre. Que mire que buena mesa de roble tenemos en el comedor, que toque la exquisita suavidad del azulejo del baño, que sienta la luz y el viento por las ventanas de la cocina. Todas las artimañas de siempre. Pero él se paró en la salita y me dijo con su español endiablado: “Me gusta el cerezo de afuera”. Y yo lo vi a los ojos y perdí. Si, fue aquí mismo, allá donde está esa mesita ahora.

Ya después el amor y mucho después la tristeza. Papá gritando por las calles que una hija suya no se casaría con un bueno para nada como “ese italiano borracho”. Mamá llorando en jornada continua de catorce horas, con intervalos para llorar a gritos o echarle un par de rosarios a la Virgen, para que “me despierte a esa niña”. Y yo, destrozada, corroída por la ofensiva mayor que se jugaban mis familiares, cedí.

Carlo siguió en la casa y yo no lo volví a ver. Tonteras que hace uno cuando es chiquilla. Si llegara papá a prohibirme ahora casarme con quien yo quiera lo mando para la mierda e sigo derechito al altar. Igual después conocí a Raúl, que la verdad me salió muy bueno: no toma, no fuma, es buen esposo y padre y hasta tiene el montañismo para distraerse.

El drama llegó cuando nos casamos. Éramos un par de niños todavía, ninguno ganaba suficiente para una casita propia y papá decidió que viviéramos en la casa del cerezo, para que sus nietos crecieran donde habían crecido sus hijos. Pero el problema es que había que echar a Carlo, que ya no era aquél italiano romántico que posaba durante horas esperando que me acordada de cómo pintar.

La bronca fue grande y pasamos como tres semanas viviendo en un cuartito donde papá, porque Carlo no se quería ir. Tuvimos que hablar con un amigo de la familia que era juez para que firmara unos papeles y poder echarlo a la fuerza. No hizo falta. Le notificamos un viernes que si al lunes no se había ido, llegábamos con los papeles y la policía a sacarlo. Pobre Carlo, decía yo, pobre Carlo.

El lunes llegamos y no estaba, pero se llevó la mitad del espíritu de la casa con él. El cerezo estaba desnudo. Se había tomado la molestia de arrancar cada hoja y cada flor del inocente árbol, hasta que solo quedaron las pudorosas ramas avergonzadas. Ahí Raúl me dijo que él entraba primero y le dije que bueno, porque esas cosas hacen sentirse a los hombres importantes: entrar primero a lugares misteriosos, enfrentarse a animales salvajes y subir montañas.

¡Pobre casa mía! Los azulejos de la cocina estaban todos deschapados, en el pasillo había un reguero de basura de varios días, los inodoros estaban tapados con mierda y la mesa del comedor tenía las patas cortadas y el aire tenía un olorcillo a aserrín y árboles muertos. Para cerrarla de manera magistral, Carlo había rodeado la casa con un círculo de peces muertos, alineados cabeza con cola. Cuando papá lo supo todo, quiso matarlo, pero nunca lo volvimos a ver.

Ya casi doce años de eso y Dios sabe que nos costó arrancar. Volver a poner todos los cuadros en la pared, arreglar la mesa y la cocina, regar al cerezo y cantarle para que floreciera de nuevo. La casa estuvo resentida por año y medio, oscura y con un silencio de muerte, pero después entendió que no era nuestra culpa. Y desde entonces había sido alegre, hasta el lunes pasado, que todo se cayó otra vez.

Felipito sigue jugando con el trompo y Camila algo está haciendo en su cuarto. ¿Debería llamarlos? Desde el lunes los tengo recluidos aquí conmigo a toda hora, no creo que les caiga mal un rato a solas. Son obedientes y no se quejan, pero tres días seguidos a cualquiera hartan. Mañana los llevo a comprar un helado al mediodía, porque me parte el alma verlos encerrados.

Al rato hasta a mí me cae bien. Un buen helado de chocolate chorreando levanta el ánimo de cualquiera.

miércoles, 16 de abril de 2008

Capítulo Segundo: El Dependiente

El negocio va mal, Julieta, vamos a tener que recortar algunos gastos. Así le dije ayer, hablando tranquilo para que no se alterara, pero igual lloró como una loca el resto de la noche. Sonaba como una campana quebrada, repicando a lo lejos bajo su almohada, y no pude dormir un minuto.

La verdad no la entiendo, es como si nos hubieran contado una noticia diferente a cada uno. Claro que yo tampoco estoy feliz: ya no más estadio en los domingos ni chocolates importados, pero todavía estamos vivos y sanos. Así decía mi abuela: tristes solo al hospital y al cementerio. Pero ella llora y habla de sus cremas y sus jabones y no me hace caso cuando le digo que igual para mí siempre va a ser la más linda.

Ya no se que hacer con la tienda. El lunes me levanté y abrí las cortinas del cuarto para ver como había amanecido el jacarandá, porque siempre he creído que el día va a ser como él. Ahí estaba, el mismo de cuando chiquillos, mirándome con sus ojos tristes. Ese día le tocó a él la mala noche, seguro una lluviecita muy discreta que no pude oír, y tenía todos los pétalos viendo el suelo, como animalillos arrepentidos. Ya desde ahí supe que el día iba malo y ni el jacarandá ni los días han cambiado desde entonces.

No hay peor premonición que un jacarandá con las flores volteadas. Le comenté a doña Úrsula en la mañana y estuvo de acuerdo. Es que aunque hay veces que el verano es muy duro y el árbol se encoge como el viejo veterano de tantas primaveras que es, y queda seco y polvoriento, no es tan malo. Cierto que esos meses son terribles para el negocio y no logramos levantar cabeza, pero es que ahora es diferente.

De todas formas, a uno le toca despertarse a diario y llevar el pan a casa, no queda de otra. Hoy me arreglé y llegué a abrir las puertas de la tienda. Ya no son las mismas puertas de antes, allá cuando las abrimos hace años por primera vez, altas y orgullosas, con la capa de pintura verde todavía brillante. Ahora se quejan de las bisagras por las mañanas y pide a gritos que la pintemos. Tal vez en unos meses le haré la caridad.

Todo fue como de pronto. Hace una semana estaba todo esto lleno de niños y risas. Entre helados y trompos el mostrador se llenaba de manitas con monedas y luego era verlos salir a todos con sus caras felices. Todavía el domingo estaban en la acera, en un torneo de canicas, y cada cierto tiempo entraba alguno por un refresco de uva o un helado de fresa. ¡Ya ni helados de fresa tenemos!

Todo me cayó encima el lunes: proveedores que alegan que ya no les conviene que les vendamos su producto, clientes que nunca llegan y el funcionario de hacienda que pasó a hacer inspección. Solo sigue llegando puntual doña Úrsula, pero a ella me da mal de conciencia cobrarle por el paquete de galletas que se lleva. Después de todo lo que hizo por nosotros, lo mínimo es regalarle ese paquete que se lleva a diario.

Me preocupa que estamos a mitad de semana y desde anteayer no llega nadie a la tienda. Creo que lo que pasa es que la calle se está muriendo. ¿Podrá morirse una calle? Mi jacarandá amaneció abatido por esa pesadez colectiva que cuelga de todas partes, y el cerezo de la otra acera está jorobado y marchito. Ya ni pájaros llegan a este barrio.

Solo llegó el lunes ese constructor que estaba trabajando donde Felipito, pálido como una nube. Me pidió una cerveza, pero todavía no hemos sacado la patente de licores, entonces se conformó con un refresco de cola. Comenzó a balbucear algo de un perfume, una carta y unos muñequitos de cera. La verdad no pudo articular nada concreto, las palabras le salían de la boca pero se perdían antes de toparse entre ellas. Algo logré entenderle de una tubería.

Cliente extraño, pensé, pero cliente al fin. Se quedó balbuceando entre eructos hasta que terminó su refresco, me pagó y se fue. Me dejó la tienda más sola que antes, porque ya doña Úrsula se había ido, y no llegó nadie más hasta que cerré apenas oscureció.

Pero ayer me di cuenta que esto iba para rato. Nadie se asomó a la puerta de la tienda, como si en la calle nadie ocupara harina y huevos para cocinar, o jabón para bañarse, o helados para ser felices. Hasta el viento parece que nos olvidó, y el aire se estanca hasta volverse una masa que a veces se atora en la nariz. Solo se acuerdan de mí los inconformes proveedores y el maldito de hacienda, por eso le dije a Julieta que recortáramos presupuesto, porque esto no parece arreglarse y el jacarandá sigue descorazonado.

Y la verdad yo creo que ya no puedo hacer nada. A esta calle se la llevó la mierda. Y yo aquí sentado detrás del mostrador, esperando a Felipito que no va a llegar a comprar helado de fresa, porque ya ni tengo. El viento sigue dormido y torpe, aunque ya no se me pega en la nariz. Pensándolo bien, creo que escuché un perro ladrar hace un rato, pero pueden ser solo ilusiones mías. Ya llegué al punto que creería cualquier cosa para no creer que la calle está muerta.

Mejor me como un chocolate, aunque no sean de los suizos, y dejo de joder. Tal vez, si se arreglan las cosas, la próxima semana pueda ir al estadio.

domingo, 6 de abril de 2008

Capítulo Primero: El Niño

Mamá ha estado muy extraña los últimos días y se pone inquieta por todo. Nos obliga a reunirnos todos en la salita de estar, como cuando vamos a rezar el rosario, solo que no lo rezamos, y prende la televisión como para llenar el silencio. Entonces nosotros podemos decidir lo que queremos ver y mamá no dice nada, solo se queda mirando los cuadros de la pared como si no supiera quienes son los que están ahí. Yo los reconozco todos, y me parece raro, porque fue ella la que me dijo quién era el que estaba en cada uno. Pero de pronto comienza El Llanero Solitario y dejo de verla, porque me gusta mucho ese programa, con sus pistolas y sus vaqueros, y es más interesantes que los parientes muertos, que además me dan un poco de miedo.

Ayer estábamos en la sala viendo el noticiero y casi me estaba durmiendo, porque son muy aburridos los noticieros, pero mamá me despertó y me preguntó si quería ir a comer helado a la esquina. Llamó a mi hermanita, que se había ido un rato a su cuarto, y salimos. En la tienda de la esquina venden muchos helados, a veces hasta de seis sabores diferentes y cada quincena me voy a comprar uno con algunas monedas que me encuentro tiradas en el mueble de la cocina o en la mesita de la sala. Mi favorito es el de fresa, pero mamá dice que el de chocolate es el mejor y cuando se compra uno le chorrea por las manos y se enmiela toda. A mí no me gusta llenarme las manos de chocolate, por eso prefiero el de fresa.

Fuimos los tres a comprarnos un helado, mamá, mi hermanita y yo, porque ya nadie se queda solo en la casa. Papá no estaba, casi siempre trabaja hasta tarde y llega a la casa hablando de una señora que se llama Burocracia que a mí me parece muy mala persona. Papá siempre dice que “si sigue el gobierno en manos de esta burocracia, nos va a llevar la mierda”, y mamá lo regaña por usar la palabra con m enfrente mío. A mí no me importa, porque en la escuela la escucho casi todos los días, pero creo que mamá no sabe eso y por eso le molesta. Mamá dijo que le compráramos también un helado a papá, porque seguramente le gustaría comerse uno cuando llegara del trabajo.

Salimos con la ropa de siempre, porque mamá dice que para ir a la esquina no hay que vestirse elegante, porque es como no salir, pero la abuelita cuando llega siempre la regaña por eso, porque ella siempre anda muy arreglada. Pero yo sé que cuando está sola en la casa, se viste también como nosotros, porque la he visto en un gran camisón y con rulos en el pelo. Pero tal vez ese día hubiera sido bueno que nos hubiéramos vestido mejor porque en la calle la gente nos volvía a ver, como ven a los animales del circo. Mamá parecía que no se daba cuenta que nos volvían a ver y seguía caminando, hasta saludó a Marta, la peluquera, cuando pasamos frente al salón de ella. Yo vi como todos en la peluquería nos veían y hablaban entre ellos como en secretos y algunos hasta se persignaban, pero mamá no dijo nada. Tal vez la abuelita tenía razón, porque casi siempre dice cosas muy inteligentes.

Cuando llegamos a la tienda, solo habían helados de vainilla, naranja y chocolate. La tienda de la esquina lleva muchos años ahí, tiene unos ventanales enormes donde venden todo tipo de cosas. Todos los trompos del barrio los compramos ahí y yo creo que son los mejores, aunque Pedro me dijo el otro día que en el Mercado cerca del Paseo América venden unos mejores, pero yo no le creo. Los de la tienda son muy fuertes y con unas puntas metálicas muy brillantes. Para mi cumpleaños me regalaron dos, uno rojo con líneas blancas y una M muy grande y otro todo azul, pero con la cuerda amarilla. El rojo es mi trompo estrella y no hay nadie de la calle que me pueda ganar.

Como no había helado de fresa, se me quitaron las ganas de comer helado, pero mi hermanita si quería uno de naranja, porque le gusta mucho el color. Se queda viendo el helado, sin probarlo ni nada, hasta que el helado se derrite y queda una mancha anaranjada en la calle. Yo le he dicho que no sea tonta, que los helados son para comérselos pero ella igual no los prueba y solo lo ve hasta que se deshacen. Yo creo que como es muy chiquita todavía no sabe como pensar. Pero mamá si debería saber pensar y debería decirle que eso no se hace y no comprárselo, pero ayer le compró el helado y ella también se compró el de chocolate.

Creo que mamá anda más tonta estos días porque tampoco se dio cuenta que nos estaban viendo feo en la tienda. Había una señora vestida de morado que nos miraba muy raro y se me acercó y me dijo bajito unas palabras y me persignó la frente y luego se fue. Un día voy a decirle a un policía que no deje a la gente como ella andar en la calle, porque nos asusta a los chiquitos como mi hermana y yo y también los muchachos del barrio dicen que les molestan esas personas. Pero mamá ni le hizo caso y se fue de la tienda con su helado y el de mi hermanita, y ni siquiera se acordó del helado de papá.

Cuando compramos un helado casi siempre nos quedamos en la acera afuera de la casa comiéndolo. Nos sentamos en una gradita que hay frente a la casa, que es muy pequeña para los tres y apenas cabemos, pero a mí me gusta porque entonces vemos a toda la gente pasar y los saludamos. La calle que pasa frente a mi casa es muy importante, y hay veces que pasa el doctor Pérez y hasta aquel abogado que siempre anda tan elegante. Pero ayer no me gustaba la grada, porque era la gente la que pasaba y nos veía a nosotros y agarré a mamá de la camisa y le dije que entráramos. Ella me dijo que bueno, entonces entramos y nos sentamos en banquitos en la sala. Hubiera sido mejor en el comedor, pero desde que encontramos aquellos muñequitos de madera ya no entramos ahí, como si mamá tuviera miedo de algo.

Mamá de veras andaba rara, porque se comió su helado tan rápido que ni siquiera le chorreó el chocolate derretido por la mano, y yo se que a ella le gusta que le chorree. Pero se lo acabó y se quedó viendo la pared con los cuadros, como hipnotizada. De pronto comenzó El Llanero Solitario y dejé de verla, porque este era un episodio muy bueno y la verdad tengo toda la vida para verla a ella, pero El Llanero Solitario solo lo puedo ver una vez cada día y trato de aprovechar la oportunidad.

No me gusta dejar pasar oportunidades. La del helado de ayer no me importó, porque llevaba las ganas de comer fresa y no había. Seguro se vendieron muchos y se acabaron, porque es el helado favorito de todos los chiquillos del barrio, aunque puede ser que hayan cambiado, porque hace rato no los veo. Mamá no me deja salir a jugar a la calle desde que salieron los muñequitos y lo único que puedo hacer es sentarme a practicar con los trompos en el corredor. Pero yo sé que eso no es buena práctica y seguro cuando vuelvo a salir, ya Pedro me va a ganar, porque va a practicar contra otros niños. Si me gana, le reclamo a mamá que ella no me dejó salir.

El capítulo del Llanero estaba muy aburrido, porque fue de esos con muchas mujeres y pocas pistolas. Mi primo me dijo que las señoras que salen en el programa son lo mejor que hay, pero no entiendo como alguien puede preferir ver al Llanero hablar con una mujer que verlo pelear contra los villanos. Pero mi primo siempre ha sido medio raro. Mamá me dijo que está en una de las fotos de la pared, junto con el resto de su familia, allá a la derecha. Me quedé viendo la foto de mi abuelito, que estaba debajo de la de mis primos y que ya se murió sin que yo pudiera conocerlo. Mamá dice que le gustaba mucho el helado de naranja y que de veras se lo comía, no como mi hermana, que solo lo veía hasta que se derretía.

Seguro mamá estaba viendo el cuadro y de pronto se acordó quien era y pensó lo mismo que yo, porque se volvió a ver a mi hermanita, que ya tenía un denso charco anaranjado en la alfombra. Los dos nos quedamos viéndola un momento, como si fuera algo que no estuviera pasando, hasta que mamá reaccionó y se levantó muy rápido y dijo “¡Mierda, Camila!”, y a mí si me molestó mucho, porque nunca la había oído a ella decir la palabra con m.

lunes, 31 de marzo de 2008

De cuando nacen los cerezos...

Una vez leí en una revista (porque hoy en día todo se lee en revistas) que aproximadamente cada tres minutos alguien ve un fantasma en algún lugar del mundo. Me pareció un lapso absurdamente largo, si tomamos en cuenta que conozco personas que a veces ven tantos fantasmas como personas. Y es que a mi me gustan los fantasmas. Y también los cerezos. Y entre los cerezos, me gustan especialmente esos japoneses que parecen querer caerse de lo floreados que están. Y me gustan los fantasmas de cerezos y los cerezos fantasmas (que valga la aclaración, si son más difíciles de ver). Tal vez por eso le puse al blog así. Pero algo estaba diciendo de cada cuando se ve un fantasma, de que se veían muy a menudo o algo por el estilo. Total ya ni recuerdo. Pero si les puedo contar de los cerezos que nacen. Una vez leí en una revista que los cerezos nacen donde murió un fantasma y no me digan que los fantasmas no se pueden morir porque entonces sería negar que los cerezos existen o decir que la revista miente, y no ando de humor para ninguna de las dos. La cosa es que me imagino a los fantasmas suaves y sencillos como un pétalo del cerezo. Ahora que lo pienso, puede ser que me haya imaginado que leí eso en una revista, a como soy de autista los martes. Digo los martes porque siempre que leo revistas es en el dentista y solo voy al dentista los martes, porque me choca con otras cosas cualquier otro día de la semana. El dentista tiene un cerezo enorme en el patio, dice que la semilla se la trajo un bisabuelo suyo de Japón, pero la verdad no le creo, porque es improbable que hayan dejado pasar al fantasma por Migración y es bien sabido que un fantasma no se puede separar de su semilla de cerezo. Seguro el dentista no pensó que yo fuera a saber eso y quería engañarme, pero se llevó una gran sorpresa cuando le dije, y hasta se quedó con la boca abierta como si hubiese dicho una estupidez. Hay veces, cuando digo algo así, la gente me ve con esa misma cara. Tal vez no se esperaran que yo supieran lo que dije, pero si de algo sé yo, es de fantasmas y cerezos y también se un par de cosas de los cerezos fantasmas, pero esos son más tímidos y casi no se dejan ver...