Advertencia

"Las personas que intenten descubrir motivo en esta narración serán enjuiciadas; las personas que intenten hallarle moraleja, serán desterradas; las personas que intenten hallarle una trama, serán fusiladas. "
Mark Twain

jueves, 25 de septiembre de 2008

El Otro

Querida señora. Yo sé que usted no me conoce, pero hoy eso no importa. Ni le importa a usted, porque solo soy una caligrafía cruda que no logra conectar con una cara. Mejor así, diría yo. Le escribo para contarle, porque los del saco y el sobre llegan siempre tarde. Creo que los verá en dos o tres días. A mí me gusta adelantarme, porque entonces usted no va a llorar cuando los vea y me voy a sentir mejor. Su esposo se va a morir. Le van a decir que la guerra, sirvió a su país y mucho honor, todos estamos muy orgullosos porque demostró ser un hijo de la Patria. ¿Usted no cree en la Patria, verdad que no señora? Que fue una bala a medio combate, como un héroe y hasta la medalla le traemos. Pero no les guarde rencor, ellos no saben nada y lo hacen de verdad, se lo digo que de veras creen. Es que ellos no los conocen a ustedes. Si supieran, tal vez harían esto conmigo, pero no sé. Ustedes son felices, ¿verdad que sí señora? Su esposo le lleva el desayuno los domingos, a veces se acuestan juntos a oír la lluvia y él improvisa sonetos en su oído. ¿Verdad que le agarran unas cosquillas abajito de la rodilla? Sí, señora, yo la he visto. O cuando están los dos a oscuras, hablándose con las manos sobre sus cuerpos desnudos. Ustedes de veras que hacen el amor. De veras señora, y puede tomarlo como cumplido. Ve como también soy amable. A mí me gusta verlos, no se asuste señora, es un pasatiempo inocente. Antes me costaba más, pero cuando supe que iban a construir tuve tiempo para buscar casa. Señora, es por amor, se lo digo. Yo la usted la amo como nadie podría, créame. Cuando usted y su esposo ven a Robertito dormir a mí me agarra algo por debajo del hígado y me dan ganas de matarlo para poder abrazarla a usted. Si conociera mi amor no me podría culpar, señora. Es que yo ya lo pensé y no hay otra manera. Porque ustedes se aman, yo lo sé porque sus mejillas todavía se sonrojan señora, y él todavía sonríe de verdad. Pero tengo que matarlo y se lo digo así plano para que no se asuste. Confíe en mí, señora. Por eso le escribo esto, porque los del saco y el sobre van a llegar a darle el abrazo frío y lo siento mucho porque sirvió como un hombre. Yo la puedo abrazar de verdad, por si ocupa calor humano. No me culpe señora, ni los culpe a ellos que no saben nada, porque en la guerra se mueren muchos y uno menos no hará falta. Yo estoy aquí, por eso le dejé esta carta debajo de la puerta, porque yo sé que usted entiende si le explico todo. Yo la amo señora, la amo a muerte. Y usted me tiene que amar a mí, solo a mí. Es para que no llore, de verdad. Porque hablando se entiende la gente. Yo sé que usted es una dama y va a entender. Gracias señora, ya sabe que cuenta conmigo si ocupa un abrazo. Ah y casi se me olvida, no se encariñe demasiado con Robertito, que las casas de hoy en día son un peligro para chiquillos como él.

viernes, 12 de septiembre de 2008

La historia de Valentina Montealegre

Febrero 2008


A Mali,

que me pidió un cuento

Para aquellos que buscan una historia de trágicos acontecimientos o descomunales proezas, les sugiero atentamente que descarten este pequeño folio de papeles y busquen algo más poético. Si no logran idear otra opción de lectura, les propongo las pequeñas novelas del corazón que se venden en los bazares, los clásicos de los hermanos Grimm o el Génesis. Todo este empeño no es nada personal en contra de ustedes, más bien es un afán de no hacerle malgastar su muy valioso tiempo, porque vida solo hay una, dicen las canciones de hoy en día, y no deben ustedes desperdiciarla en asuntos que no les vayan a entretener. Si por el contrario el individuo que ahora sostiene estas páginas no sabe realmente que quiere o que debe leer, encontrará que nuestro relato es precisamente lo que andaba buscando.

Parte pues nuestra historia del momento en que la joven Valentina Montealegre escapa con una sonrisa pícara de la central de autobuses del sector este. Si miramos fijamente, podremos descubrir unas suaves manchas de lodo en sus pequeños zapatos de charol rojo, un anillo pequeño en su dedo anular (aunque la joven aun no ha contraído nupcias) y una pequeña cruz de metal colgando del cuello. Hay otros detalles pero no nos atrevemos a mencionarlos para no arruinarle al lector el desarrollo de la historia. Sin embargo, no vaya algún incauto a preguntarle acerca de la proveniencia del anillo o la cruz de metal, pues se verá de pronto inmerso en un particular relato, enhebrado de un modo tal que solo se le ha conocido a la señorita Montealegre, y que bien podría terminar con una reseña detallada de la tarde que encontró un pedazo de macadamia en un helado de fresa. Sobra decir que el desafortunado que formuló la infeliz pregunta bien podría vagar por el mundo durante el resto del Tiempo sin poder descubrir jamás la respuesta a su duda en la descabellada historia de Valentina. No queriendo nosotros sufrir tal fortuna, nos limitaremos a contar la crónica de como Valentina Montealegre consiguió las suaves manchas de barro en sus zapatos rojos, pues nadie ha reportado hasta el momento haber sufrido un destino adverso después de emprender tal búsqueda.

Para que podamos comprender el motivo superior que llevó a las manchas de barro a colocarse tan agraciadamente en los zapatos de charol, debemos ante todo entender la naturaleza básica de Valentina Montealegre. Si el lector jamás ha revisado bajo su cama antes de dormirse en busca de algún ente extraño, o nunca se ha bañado en total oscuridad con charanga de fondo, les suplicamos de nuevo que acudan al párrafo uno y reconsideren su decisión de continuar con la lectura. Y es que Valentina Montealegre era una persona bastante poco común, perteneciente a un muy selecto club inexistente donde cabrían pocos seres humanos que conozcamos. Tal vez el coronel Henrique Capablanca y su trepadora podrían estar a la altura de ese club, pero esa es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión.

A veces Valentina se distraía buscando formas a las nubes, cortando con tijeras para uñas el zacate que tenía en una maceta o sencillamente caminando en la calle sin majar ninguna línea Así era ella, sencilla como un bollo de pan, pero feliz como un cántaro lleno de vino francés. Amaba los viernes, aunque no sabríamos decirle con certeza al lector a qué se debía esta afición por los viernes, pues Valentina no acostumbraba visitar bares o los restaurantes elegantes que aparecían los miércoles en las críticas de comida del periódico local. Valentina solamente amaba los viernes y precisamente fue un viernes el día que encontró una cajita verde bajo el suelo de la casa donde alquilaba. El entablado estaba un poco flojo y una de las tablas se soltó accidentalmente cuando ella intentaba redecorar el cuarto de invitados. El por qué de un cuarto de invitados es algo completamente imposible de descifrar, pues a la casa de Valentina forzosamente llegaban otros seres humanos aparte de ella. No es que Valentina Montealegre fuera una ermitaña que no gustara del contacto humano, sino que no se sentía a gusto en su casa, o al menos era esa la respuesta que daba cuando se le preguntaba al respecto, respuesta de la cual fuimos testigos los que aquí narramos un par de veces.

Cuando la tabla se movió, Valentina pensó que era definitiva e indiscutiblemente un tropezón de la buena suerte con su vida. Ella se imaginaba un ángel que cargaba un sombrero enorme de donde sacaba puñados de un polvo verde que rociaba sobre el mundo. Difícilmente ella veía este ángel viajando en el espacio, puesto que no le parecía que un lugar fuera más propenso a la suerte que otro. Cuando ella se hacía la imagen mental, el ángel volaba en el tiempo y precisamente ese viernes, su día favorito, le había tocado a ella su turno. Aferrada a este razonamiento, muchísimo más coherente que algunos que se enseñan en los colegios de hoy en día, Valentina Montealegre hizo un puño todo su aplomo y buscó por el hueco donde antes estaba la tabla, hasta que sus dedos resbalaron por la superficie empolvada de la cajita verde. Cabe resaltar la importancia cósmica de que el día favorito de Valentina fuera el viernes, porque de haber sido otro día, ella hubiera calificado el suceso como una situación cotidiana y nada de lo que sucedió después hubiera sucedido. Aún nos atrevemos a aventurarnos en el supuesto de que tampoco estaríamos aquí narrando su vida, pero eso ya es algo demasiado grande como para que un narrador pueda deducirlo.

Sorprendida por su buena suerte, pues no todos los días se encuentran cajas viejas bajo el entablado de una casa, Valentina se sentó en un sillón cercano para poder mirarla de nuevo. Esta vez, sus zapatos eran blancos y cubiertos de polvo, pero por respeto al lector no entraremos en detalles de la naturaleza del polvo, pues resulta más que obvia y este relato no pretende insultar la inteligencia de nadie. Valentina Montealegre creyó escuchar su corazón palpitar, aunque sabía claramente que bien podía ser su mente jugándole una mala pasada. Ignorando el origen del sonido que ahora se le escurría entre todas sus neuronas, destapó suavemente la caja, procurando que no se desprendiera nada del polvo que se había acumulado sobre ella. Si la caja era de ella o no, aunque evidentemente no lo era dado su cara de asombro, no era importante en el momento, porque tras haberla revisado minuciosamente por el exterior había concluido que la única manera de descubrir su dueño era investigando en su interior.

En los segundos en que sus manos destapaban la caja, que aunque parece un momento inocente en realidad es un suspenso chillante no apto para cardíacos, pasaron muchas cosas por la mente de Valentina Montealegre, de las cuales solo podremos enunciar algunas por razones obvias de espacio: una cabra blanca, el vendedor de pasas de la Plaza Central, una fracción de lotería con número 42 y serie 609 y el sueño que había tenido el martes anterior. Si al lector le parece escandalizante el universo mental de Valentina, de nuevo le solicitamos que realice el ejercicio sugerido en el párrafo uno para evitarle futuras molestias. Otro lector que conociera de antemano la historia podría establecer un cuestionable pero retorcidamente aceptado vínculo entre la mente de Valentina y la caja verde, que admitiremos de antemano. Este vínculo, para el lector primerizo, se basa en que el contenido de la cajita era tan disparatado como la mente de la señorita Montealegre. A continuación se detallará este vínculo, no vaya a quedarse el lector con la duda.

La primera impresión de Valentina fue que acababa de abrir un libro de cuentos y que las cosas salían de él. Después pensó que estaba en una heladería frente a un mostrador tal vez demasiado surtido. Finalmente concluyó que estaba frente a una cajita verde que había encontrado un viernes de la suerte bajo el entablado de su cuarto de visitas al accidentalmente golpear con una pata de la cama una tabla que estaba a medio aflojar, y le pareció completamente racional y acertado el contenido. Inclusive, en un acto total de valentía desinteresada, se permitió tocar con las manos algunos de los objetos que la caja tenía. Así pasaron por sus manos los más variados artefactos, desde una cruz de madera, una caja de fósforos y una media de muñeca hasta un tornillo de juguete y una Reina de Corazones. Casi cede ante la tentación de olerlos, pero le pareció de muy mala educación deleitar de ese modo el olfato con las pertenencias de otras personas, aun si esa persona parecía haberlas olvidado.

Pasó la mañana del viernes revisando la caja, pues aun era temprano cuando la había hallado y mientras el sol en lo alto flotaba en su camino al oeste, ella conoció a fondo la cajita verde. Inclusive encontró un compartimiento secreto en la tapa, donde al parecer algo se había guardado hacía mucho tiempo. Después de devolver todo a su sitio, y en eso debemos los narradores de dar testimonio de la fidelidad con la que Valentina reprodujo el orden original de la caja, se sentó con la caja aún destapada al lado a pensar. Valentina no pensaba como lo hace el promedio de la gente, que mantienen un hilo conductor por el cual se desarrollan durante el brevísimo instante que dedican al acto de pensar, sino que las cosas solamente fluían sin ton ni son en su cabeza. En su mente no habían ideas divergentes o que se salieran de contexto, porque no había un marco donde poder ubicarlas y que se pudiera tomar como referencia para catalogar a un pensamiento como descabellado o no.

Precisamente por eso era Valentina la mujer indicada para pensar acerca de la caja verde. Porque aunque la mayoría de la gente no lo crea, pensar acerca de las cajas verdes no es algo que cualquiera podría intentar y salir ileso. Se han reportado casos de personas que han sufrido trastornos mentales al intentar meditar con mucha fuerza en estas cajas. También se desaconseja pensar en los contenidos de las cajas grises, negras, rojas y anaranjadas. Según la información que hemos recibido, no habría problema en pensar acerca de cajas celestes. Pero volviendo a Valentina y su proeza de pensar en la caja verde, solo pudo idear un destino para una caja con tal contenido. Se levantó, tomó la caja entre sus brazos, se colgó la cartera en una de sus manos, se calzó unos zapatos rojos de charol y salió de su casa sin un destino aparente. Claro que para nosotros, los humanos corrientes, las cosas deben estar claras y definidas, con puntos y comas y preferiblemente con sangría marcada al principio de cada párrafo, pero dichosamente Valentina no ocupaba nada de eso.

Ahora se mezcla con los que a diario caminan las calles de todas las ciudades del mundo: la joven que va media hora tarde al almuerzo que tenía programado con su novio, el abogado que camina hacia el juzgado y hasta un niño al que su madre mandó a comprar una libra de fideos al mercado. Precisamente a este niño detiene Valentina y le obsequia una pequeña piedra que antes habitaba la preciada y misteriosa caja verde. El niño se queda quieto, pero cuando la ve a los ojos parece entender algo que no sabríamos explicar y la guarda en su bolsillo. Cada cual sigue su camino y según nos dijeron una vez, el niño sí llegó a casa con la libra de fideos encargada, la novia llegó una hora y ocho minutos tarde a la cita y el abogado perdió el caso. Pero esas son otras historias que deben ser contadas en otra ocasión, porque por ahora nos interesa la de Valentina Montealegre, que camina complacida por la ciudad, porque ya sabe cual es el propósito de la cajita verde.

No pudimos seguirla todo el viernes, pues jamás se ha escuchado de un narrador que se dedique exclusivamente al seguimiento de un personaje determinado, tanto porque el narrador ocupa saciar sus necesidades fisiológicas y alimenticias como porque el personaje necesita al menos un par de horas de privacidad. Sin embargo, nos han llegado datos muy interesantes de los azares de Valentina Montealegre en su viernes de la suerte. Un ama de casa asegura haberla visto entrar a su apartamento, sin tocar siquiera la puerta ni pedir permiso, solo para dejar un lapicero en la mesa del vestíbulo. Un panadero del barrio del norte afirma rotundamente que una mujer dejó un clavo en una maceta de su establecimiento. Inclusive un agente de segunda clase de la policía local incluyó en su informe que una joven, cuya descripción nos hace pensar con total firmeza que se trata de nuestra protagonista, le pidió que guardara un tajador escolar en la guantera de su carro. Hemos hablado con estas personas años después de ese viernes y todos aseguran tener aún las cosas que Valentina les dejó, y a todos les ha cambiado radicalmente la vida.

Horas después de dejarla cuando le entregó la piedra al niño, nos topamos de nuevo con ella en la estación de buses del sector este. Según descubrimos después, habló con la secretaria del mostrador de servicio al cliente para darle un rollo de hilo de coser. Precisamente saliendo de esta entrega, una de las últimas por cierto, fue que comenzó nuestro relato. Ahora si podemos detallar que junto a los zapatos de charol, el anillo y el medallón, llevaba entre las manos la cajita verde, ya casi vacía. De donde Valentina Montealegre sacó la idea de que debía repartir el contenido de la caja entre los habitantes de la ciudad, probablemente no lo descubramos nunca ni nosotros ni nadie. Se dice que un joven reportero de un diario local intentó años después hacer una reseña de los objetos que estaban repartidos por toda la ciudad, pero que fracasó rotundamente pues nadie podía decirle nada, todos respondían que siempre los objetos habían estado con ellos. Cuando no logró encontrarle ni pies ni cabeza a su reportaje, decidió darse el día libre y dicen que terminó comiendo arroz con calamares en un restaurante del centro.

No vaya a pensar el lector que somos los narradores de esta historia la excepción al olvido acerca de los objetos. Si hubiésemos emprendido la misma tarea que el audaz periodista probablemente nuestro destino hubiera sido el mismo, aunque personalmente no simpatizamos con los calamares. Pudimos mencionar todas esas odiseas de Valentina Montealegre y su cajita verde porque precisamente nuestro relato pretendía narrar como las manchas de barro terminaron en los rojos zapatos de Valentina, aunque en este última historia poco logramos descubrir, puesto que terminamos relatando como un joven periodista terminó comiendo arroz con calamares en un restaurante del centro. Llegados a este punto incomprensible, solo podemos suponer que no se puede relatar algo acerca de Valentina Montealegre a menos que no se quiera hacerlo, pero estas son meras suposiciones de estos narradores.

Lo justo sería que tras muchos minutos de lectura, los que han tenido el coraje de continuar hasta el final reciban al menos una pizca de sabiduría a cambio de su lealtad. El trato nos parece justo y he aquí lo único valioso que podríamos aportarle al lector para mejorar su vida, ya que fallamos en nuestra labor de narradores: no vaya usted jamás a preguntarse ¿por qué los zapatos rojos de charol de Valentina Montealegre están llenos de barro?.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Posdata en tonos verdes

Es el temblor incomprendido.
Le digo, vos ya no.
Pulso las teclas que no son.
Escribo Fiego. Fallo.

Y la maldita de la conciencia
que sigue llegando.
Hubo huecos, agujeros negros,
los llenó otro.
Yo estaba acá. Vos sola.
O tal vez con otro mejor.

Porque yo no sirvo para esto.
Seguro por eso el temblor,
los dedos borrachos,
el codo inquieto sobre la mesa.
Hablarte con tanto descaro,
hablando como si dijera, como si
yo
y vos
no estuvieramos en versos separados.

O tal vez

yo

y

vos

en estrofas diferentes,
o en poemas que no se ven

yo solo

vos y ese otro que sí estuvo,
ese otro que no va a dormir
por hablar con vos y consolarte,
no como yo que pasaré la noche en vela
temblando por no estar ahí,
con la maldita conciencia desmenuzándome
y el temblor en la punta de los dedos.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Martes a Capella

Vos y yo caminábamos sin pisar las rayas. Vos tenías zapatos verdes, yo los míos de siempre. Si me acuerdo no es por masoquismo, eso te lo puedo decir. Fue que el otro día vi otra pareja caminar como lo hacíamos. Iban de la mano, cada cual encontró su propia ruta para esquivar las rayas de la acera y quedaron apenas agarrados con los dedos. Como nosotros camino a las películas.
Esta semana tuvo dos o tres martes. Ya ni los cuento. Nosotros, en nuestros martes, caminábamos hacia las películas sin majar las rayas y agarrados apenas de los dedos. ¿Te acordás que yo te decía que olías a verde mojado y te reías? Me encantaba que rieras, porque de veras olías así y era algo nuestro.
Tal vez en algún momento. El futuro es un dado con todas las caras. Todas. Vieras que caminando por el mundo he visto otras caras, que también son la tuya pero son otras. Y he tratado de verlas como te veía a vos. Pero creo que no sirvo para el despecho.
Total no sé ni por qué te escribo esto. Seguro porque es un sábado que podría ser martes y hoy sonó nuestra canción en la radio, o porque cuando voy por la calle me imagino la ruta para llegar a tu casa. Lo nuestro fue poquita cosa, allá unos días sueltos hace un par de años. Pero soñamos a futuro, previendo los intereses para disfrutarlos cuando nos jubiláramos.
¿Vos soñás con los otros? Yo creo que me he ido marchitando, aunque suene idiota. He tratado de obviar el asunto del recuerdo, pero es que cada película, cada libro, cada canción. Hasta los objetos que se han ido acomulando en las repisas de mi cuarto. Y García Márquez ahí prensado sin poder leerlo.
Me da miedo pensar en los martes que faltan y pensar que tal vez ahora prefiero los jueves. Porque vos sabés que la fe la tengo, aunque te mienta cada día que no te hable diciéndote que te olvidé. Algún día, tal vez la noche antes de que te casés, o tal vez un poco más para acá. Tal vez en unos meses, en una tarde de lluvia.
Y entonces tal vez podamos caminar tomados apenas de los dedos, sin majar las rayas, y yo te diga que olés a verde mojado y me veás a los ojos y ya no te riás porque entendiste que es cierto, mientras vamos a ver una película triste que me hará recordar días como hoy, sábados que podrían ser martes si estuvieras vos, y entonces voy a sonreír, feliz por ser el último, porque todos los días volverán a ser martes.

jueves, 28 de agosto de 2008

Preludio y Allegro en el estilo de Pugnani, por Kreisler

Me abstraigo del hombre y me concentro en sus manos. La izquierda parece una araña muy borracha, tropezando con todas las cuerdas. La otra es más sutil. Se mueve como los subi-bajas del parque Argentina con las niñas de trenzas que se mecían los sábados en la mañana. Pero juntas no quedan mal.
Acorralado entre el violín y el piano, cierro los ojos. Al principio cuesta, porque los párpados pican al tocarse. Diez, veinte segundos. Aparece el primer animal. Es un boceto de caballo, azul y feo, como si un niño de ocho años lo hubiera dibujado. Cuando el violín calla unos segundos, se va.
Retorna la melodía y cierro con más fuerza los ojos, para abstraerme hasta de las manos. Lo que vale es oír. Se asoma a mi derecha, todavía formándose, un conejito rojo. Está ahí, quieto en medio de la nada. Le digo que se vaya, que no pertenece a mi imaginación, que los conejitos como él deberían estar comiendo trébol para crecer fuertes, pero me ignora.
El violín se apodera de él. Se lleva al conejito a pastar a un prado suizo, de los de las pinturas diminutas que venden como souvenir. Yo insisto con lo del trébol, porque sé que es bueno para los conejitos, pero ya mi voz no se oye.
Mi prima me pega un codazo en las costillas, porque cree que estoy dormigo. Le susurro el madrazo y me aferro al conejito, que sigue en el prado. El violinista ha demostrado ser un buen pastor, ya el conejito tomó forma y se puso aún más rojo y rebosante. Creo que me voy encariñando.
La melodía se mantuvo un par de compases. Temo un silencio y perder al conejito como perdí al caballo, aunque el caballo no me importó; era azul y deforme. Pero con el conejito ya me identifiqué. Si los vendieran rojos, iría mañana por uno.
El violín se torna ácido de pronto, se convierte en uñas rotas y ladrillos. Le dice al conejito que se tire al barranco, le dice cosas muy duras que le trastornan sus ojos azules. Le dice que él no vale, que se suicide. El violinista es un enfermo cruel.
Miro al conejito y me desinflo. Tiene la cara descuadrada y en la mirada se le nota que escuchó al violín como si de veras. Entonces me acerco y le cuento lo maravilloso que es, murmurándole a sus orejas enormes. Creo que si me cree.
El conejito se resiste y yo sonrío. Se enfurece el violín y aún con los ojos cerrados, siento que las manos del hombre enloquecen y su cara se distorsiona. El conejito volvió a ser rojo y le digo que huya del violinista, que se salve y coma trébol todos los días. Pero es tarde.
Llega la melodía, raspada y violenta, y lo toma por las orejas. El conejito no grita, no llora. Solo abre los ojos azules y me mira, como reprochándome que tardara tanto en avisarle. Otra vez el violín se lo lleva.
Ahora el violinista es un hombre cajudo y tosco, con botas de hule y un madero en la mano. Como si reformara a un niño travieso, azota al conejita con el madero hasta hacerlo sangrar. Una, dos, cinco, diez veces. Yo ya no puedo mirar. Y todo este tiempo, el conejito con los ojos azules muy abiertos, como perdonándome.
El violín lo deja tirado en un granero oscuro y se ocupa de cerrar el movimiento. Me acerco al conejito para consolarlo, le pongo una mano sobre el lomo sangrante y lo acaricio. Pero él ya no me mira a mí, sino al campo de tréboles que hay afuera del granero. Creo que me dio la razón.
Acabó el violín y creo que también el piano. Siento a mi prima levantarse a ovacionarlos, aunque no escucho nada. Sigo con los ojos cerrados y nada del mundo me hará abrirlos. Mi prima me golpea de nuevo y le digo que no.
Y no quiero abrirlos porque sé cuando lo haga, en algún lugar del mundo se despertará un conejito rojo en un granero olvidado, sangrando y moribundo, sin saber quién fue el ingrato que lo dejó así y sin saber tampoco por qué le nace ese deseo tan absurdo de abalanzarse sobre el campo de tréboles que se ve más allá de la puerta del granero, tan lejano que su destrozado cuerpo jamás lograría arrastrarse hasta él.

sábado, 23 de agosto de 2008

Círculos Concéntricos

El universitario llegó al liceo y escuchó los sonidos diarios de la quietud. Suspiró resignado y antes de irse de nuevo, se lamentó para sí mismo. “Pensar que allá afuera está el mundo”. Dos chiquillas de cuarto año que iban pasando lo oyeron y no entendieron sus palabras. Aun confundidas, salieron en busca de sus amigos. Los encontraron en el tercer piso, sin más remedio para el aburrimiento que una vieja bola de hule.
Llegaron con la noticia: el universitario dijo que afuera está el mundo. Rumiaron la frase unos minutos, todavía absortos en tirar y recibir la bola de hule, hasta que el más aburrido de todos se levantó y propuso salir a buscar el mundo. Pero inmediatamente sonó la campana que acababa del primer recreo del día y todos volvieron a sus clases de matemática, biología y educación cívica, donde no tuvieron una bola de hule para entretenerse.
Ya en las aulas, la noticia los pellizcó uno por uno. Se fueron haciendo a la idea de que afuera estaba el mundo, de que esas eran paredes carceleras, que la anatomía del perro no importaba si estaban ahí engavetados y que las clases de aritmética. Uno se atrevió a volverse y pasar la noticia al compañero de atrás, que había sido el paradigma verbal, pero que logró incorporarse tras escuchar que afuera estaba el mundo.
Poco a poco se fueron agitando las aulas. Primero era un ruido seco, como cien mil hormigas chocando las antenas y agitando las patas en los pasillos del liceo. Tras la campanada que anunció el cambio de lección, se fue haciendo más notorio, aunque todavía era una multitud muda. Los más despiertos se cruzaban miradas cuando se topaban en el cambio de aulas, pero no se decía una sola palabra. Nadie hubiera notado nada. Solo unos que habían quedado olvidados en la cadena y que se actualizaban a última hora mostraban por unos segundos una cara nueva, para luego sumirse al anonimato colectivo.
Entraron los alumnos al nuevo bloque de lecciones. Pero ya no sentían ese horrible vacío cuando escuchaban al profesor hablar del relieve del continente europeo, o de las leyes de la termodinámica, porque los había iluminado el universitario y sabían que afuera estaba el mundo. Solo en la clase de literatura supieron escuchar al profesor, quien les hablaba de hermosas metáforas de romper con los esquemas, sacadas de libros de Cortázar o de Wells.
En la última fila del aula 23, una alumna redactaba a prisa un discurso para inflar los ánimos. La comunicación era la clave. Como las divisiones entre las clases eran unos tablones mal puestos, los estudiantes se mensajeaban de un lado al otro.
Corría y corría la noticia de que todos iban a ir a buscar eso que les prohibían ver. Cuando el profesor de geografía le pidió a un chiquillo pelirrojo que pasara a la pizarra a dibujar el mundo, un escalofrío sacudió al grupo entero.
Los maestros más suspicaces iban atando los cabos que nadie hubiera podido atar. Que ya el Cholo había dejado de tirar cachirulos a sus compañeros y estaba quitecito en su pupitre, escribiendo y borrando números. Que el aire tenía esa tensión ácida como el día que se robaron el examen de Inglés. Que ya no se podía escuchar las risotadas generosas de las hijas del senador Flores.
Pero el movimiento seguía incólume y cada engranaje se sucedía al siguiente sin que nadie hubiera planeado esta sucesión. Cuando faltaban diez minutos para el almuerzo, el secretario entró en la oficina del Director. “Venga, tiene que ver esto”. Salió el Director con su cara de idiota sin uniforme, se plantó en el centro del edificio y no escuchó ni vio nada. Sin necesidad de explicación, lo supo. “Mierda”.
Se desmontó el cerebro intentando abrirle una ventana a la situación. Pero sabía que ni un boquete industrial los salvaba. Comenzó a dar órdenes. Muévame esa estantería, corra a traer todo el material del gimnasio, llamen por los altoparlantes a los maestros inmediatamente, atrasen la campana del almuerzo cinco minutos. Llegó el cuerpo académico al instante, como si cada cual hubiera escuchado el mismo silencio arrastrándose.
“Señores, es hoy”. Todos se movieron incómodos en sus sillas, hasta que el coordinador de química se levantó. “Tenemos la ventaja del terreno”, Apenado, se alzó su colega de matemática. “Pero son más”. Y el silencio se apoderó del salón de profesores.
Salieron inmediatamente y se armaron a como pudieron, para no ser atropellados por el martillo que se asomaba. Lo primero fueron las trincheras alrededor del edificio de Dirección, bautizadas por el profesor de física. Del material del gimnasio se inventaron proyectiles. Después solo les quedó esperar.
La campana sonó y en cada aula se levantó un alumno, sin que nadie lo hubiera dispuesto así, para llamar al orden y la calma. Decidieron esperar diez minutos más, porque sabían que el silencio torturaría al pelotón del Director. Sonriendo, brazo con brazo, salieron después del tiempo acordado y se armaron en la planta baja.
Desde lo alto de las escaleras, varios oradores incendiaron los ánimos con sus discursos y hasta las trincheras se escuchaban el griterío. Aún a estas alturas, todavía algunos del profesorado pensaban que los colegiales se irían a sus casas tranquilos, sin rencor en sus corazones jóvenes. El Director hacía llamadas telefónicas como loco: al cura del pueblo, al despacho del ministro de educación, a la guardia nacional. Pero todos lograban esquivarlo.
De la planilla quedaron algunos rezagados, pero nadie pensó en ellos después de la campana del almuerzo. El bibliotecario se negó a dejar sus libros a merced de la furia de “charlatanes incultos e imberbes”. La administradora del comedor ponía candado al cubículo minúsculo donde guardaba el maní garapiñado, los chocolates y toda su mercadería. Pero al escuchar el estruendo buscaron refugio tras el cerco de sus compañeros.
De última habló la del aula 23. Opresores a nuestras mentes, viles carceleros del espíritu estudiantil, traidores a la verdad. El escándalo alzó vuelo y llegó hasta la casa cural, donde el párroco oraba al Padre para que asistiera a los maestros. En el Ministerio decidieron callar, no fuera a ser que todos los colegiales del país descubrieran que afuera estaba el mundo. La Guardia Nacional estaba también en su almuerzo.
La columna bajó desde el edificio de aulas y desembocó frente a la Dirección, donde los recibió una descarga de tinteros y bolas de béisbol. Los alumnos respondieron con lo que hallaron a mano y puestas las piezas sobre la mesa, ambos lados pudieron decir que era combate.
Entre los alumnos se expandió un acuerdo tácito de que hasta que no rescataran el estandarte del Liceo no podrían salir al mundo. Se batieron por más de una hora, los profesores defendiendo el edificio ante el huracanado ataque, los estudiantes enviando oleada tras oleada a quebrarse ante las trincheras.
No se discriminó entre los enemigos. El profesor de español contuvo una avanzada de los miembros del equipo de deletreo. El trombón de la banda lanzó una regla metálica que le abrió la frente a la directora musical. Hasta el profesor de literatura disparaba manojos de piedras a los estudiantes de su club de lectura.
Pasada la una treinta, la campana de salida chilló suplicante. El Director aprovechó el respiro momentáneo y solicitó diálogo con los atacantes. Se sentaron alrededor del abeto que se erguía a medio camino y soltaron cuanto tuvo dentro cada uno. La comitiva estudiantil la lideró el capitán del equipo de oratoria; los profesores le encomendaron la tarea al subdirector. Todos estaban chorreando sudor y algunos hasta sangraban, pero a nadie le importó.
Los están engañando. Sí, ustedes. No, nosotros no. Que sí, ya lo sabemos. Escúchenos. Queremos el estandarte. No podemos. Mentirosos. Muchachos, no sean insensatos. A otros con su paternalismo barato. Necios. Demagogos.
“No señor Director, no ceden”. “Dicen que no entregan el estandarte”. Los improvisados estrategas de cada lado tiraban líneas en planos torpes. La muchacha de la 23 seguía arengando los ánimos, no vaya a ser que se olvidaran que afuera estaba el mundo, aunque ninguno necesitaba realmente las palabras porque ninguno podía olvidar. Los profesores se asomaban a los ventanales quebrados y bajaban la cabeza afligidos.
Finalmente se reanudó la batalla, con más ferocidad todavía, porque todos sabían lo que se jugaba. Hasta el más duro de los profesores temía lo que pudiera pasar si el perímetro cedía y los estudiantes no estaban dispuestos a perder su dignidad ante sus carceleros. Largas horas lucharon, hasta que los colegiales decidieron que si no podían conseguir el estandarte, al menos había que evitar que siguiera cautivo.
Alguien encendió una tea bañada en confín y caminó solemne hacia la Dirección. Al mismo tiempo, sentado en el auditorio de la escuela de geología y cansado de la crudeza del mundo, con sus déspotas caprichosos y su nítida censura, el universitario recordó con melancolía la placidez de sus días de colegial. “Que lindo sería volver al Liceo”.

sábado, 16 de agosto de 2008

Oda Azul a un Pronombre

La misma noche que hace blanquear los mismo árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos
Neruda

Hoy es una tarde lluviosa de sábado. Y me acordé.
No porque hayamos vivido un sábado de lluvia (¿o sí? ya parece todo hace tanto que ni recuerdo con precisión), sino porque las tardes así son perfectas para reír.
Nosotros nos reíamos, ¿te acordás? Casi como si fuera un oficio pagado, un trabajo a medio tiempo. De siete a tres, de lunes a viernes. Pero a veces sí nos extendíamos, que un martes en la clase 52, que un miércoles armando la red en el gimnasio...
Allá éramos nosotros, los de siempre. Te digo que todavía me acuerdo hace quince años, cuando estábamos tiernos y suaves, y nos pusieron uno tras el otro en colas interminables. Te lo digo que me acuerdo.
Ya ha pasado tanto y hemos visto tanto... Y nos acordamos de tan poco; apenas de intermitencias diminutas, unos segundos apenas de cada día. ¿Adónde dejamos el resto?
Digo yo, porque algo tuvo que llenar los espacios. Claro que me acuerdo del día con las bandas azules de letras doradas, de cuando nos pusimos los sombreros y los cambiamos de mano en mano, de cuando las elecciones y el todo de rojo, de cuando "si ustedes salen de esta aula le dan mal ejemplo a los demás", con las máscaras del restaurante y ese olor tan nuestro.
Pero, ¿y lo del medio? Hablo de esas horas eternas escuchando a las pizarras, de la complicidad muda con el que estaba en la silla de enfrente, de saber que en la otra esquina pensaron lo mismo. Decime, ¿vos te acordas de eso?
Yo ahora me siento en mis aulas (ya no le podemos decir nuestras) y ya no se lo que piensa aquella con los ojos azules. Porque a la de nosotros que tenía los ojos azules le hubiera parecido todo encantador, como siempre le parecía todo.
Te lo digo: yo extraño esa pulsación. Vos podés decir que ya te acostumbraste, que ya conseguiste otro nosotros y que ahora tenés otras nuestras aulas y nuestros profesores. Yo te entiendo, a veces me pasa. Pero también me pasa a veces que es un sábado por la tarde, y llueve, y lo que me nace es un deseo de que sea un lunes, y que sean números, nuestros números, para poder reír.
Y es que vos no podés contar una historia tuya sin nosotros, ni puedo yo, ni puede aquella flaca que se sentaba en la última fila. Y me gusta que no podamos.
Tal vez nunca supimos que ahora íbamos a saber esto. ¿Te acordás como todo era tan mágico y tan cotidiano? Un día ustedes nos llevaron a conocer el mundo de los confites y recuerdo que nos uniformaron de café para que nos acordáramos siempre y mirá como todavía me acuerdo (te prometo que de veras me voy a acordar siempre, aun sin que nos hubieran uniformado).
Y otro día alguno dijo que nos montáramos en un avión y fuéramos no recuerdo dónde, y allá fuimos todos sin saber ni cuando llegamos ni cuando volvimos. Eran las islas y nosotros, las noches y nosotros, las botellas y nosotros, la alegría y nosotros. Ahí también reímos, pero era a jornada doble, 18 horas al día, descansado apenas lo suficiente para poder empezar de nuevo.
Ya ahora todo es tan diferente. Los espacios diarios son solo espacios, son solo puntos o comas o líneas de diálogo. Allá hace un año o dos eran llaves que no aparecían, o apuntadas para el 12, o era un karaoke humano. Eran anécdotas gloriosas que estaba destinadas a olvidarse una semana después.
Porque el abrazo y San Carlos. Porque un "¡Carajo Franco!", porque una vida que es bonita. Porque las sonrisas diarias y los siete brindis del café. Porque una finca que ya nunca será nuestra, porque al fin y al cabo hermanos.
Y es que alguien pretendió (yo sé, yo entiendo que no quedaba de otra, pero igual dejame quejarme) que lo metiéramos todo en dos páginas de un libro celeste y café, como si Arial 11 pudiera.
A nosotros, que fuimos más que un pronombre. Al músico y a la del pelo rojo, al que no necesitó estudiar, a la del acento cantadito, al que quiso leerlo todo y a la del 10 corrido. Al que no podía ser más flaco, a la que se abrazaba, a ese que nunca se perdió una fiesta, al que nos llegó importado. Y hay tantos más, pero nunca se me olvida ni uno.
Porque yo creo que al final de eso se trata todo y tal vez aquel carajo Zeledón decía verdades. Y es que nunca vamos a poder ser así con otros, no volveremos a ser los que hablan sin mover los labios, los que ven sin abrir los ojos...
Y yo aquí, azul y temblando, sentado en una tarde de sábado como si todo fuera una lluvia de días que ya se fueron y apenas quedan delineados y frágiles. Y es que sí, podemos soñar con otros lunes y otros jueves, tal vez de octubre o de abril, donde volvamos a ser nosotros, y a reír, y a llenar los espacios con algo más que puntos y comas.
Ya no será en esa aula 55 o en los pasillos de madera de aquella isla perdida, pero allá donde estemos vamos a volver a ser nosotros. Y te prometo que nos vamos a reír, tal vez hasta como lo hacíamos antes.
Pero por ahora solo podemos asomarnos a las ventanas, cada cual a la suya porque ya no tenemos las nuestras, y ver esta lluvia de sábado caer sobre la tarde.