Advertencia

"Las personas que intenten descubrir motivo en esta narración serán enjuiciadas; las personas que intenten hallarle moraleja, serán desterradas; las personas que intenten hallarle una trama, serán fusiladas. "
Mark Twain

jueves, 28 de agosto de 2008

Preludio y Allegro en el estilo de Pugnani, por Kreisler

Me abstraigo del hombre y me concentro en sus manos. La izquierda parece una araña muy borracha, tropezando con todas las cuerdas. La otra es más sutil. Se mueve como los subi-bajas del parque Argentina con las niñas de trenzas que se mecían los sábados en la mañana. Pero juntas no quedan mal.
Acorralado entre el violín y el piano, cierro los ojos. Al principio cuesta, porque los párpados pican al tocarse. Diez, veinte segundos. Aparece el primer animal. Es un boceto de caballo, azul y feo, como si un niño de ocho años lo hubiera dibujado. Cuando el violín calla unos segundos, se va.
Retorna la melodía y cierro con más fuerza los ojos, para abstraerme hasta de las manos. Lo que vale es oír. Se asoma a mi derecha, todavía formándose, un conejito rojo. Está ahí, quieto en medio de la nada. Le digo que se vaya, que no pertenece a mi imaginación, que los conejitos como él deberían estar comiendo trébol para crecer fuertes, pero me ignora.
El violín se apodera de él. Se lleva al conejito a pastar a un prado suizo, de los de las pinturas diminutas que venden como souvenir. Yo insisto con lo del trébol, porque sé que es bueno para los conejitos, pero ya mi voz no se oye.
Mi prima me pega un codazo en las costillas, porque cree que estoy dormigo. Le susurro el madrazo y me aferro al conejito, que sigue en el prado. El violinista ha demostrado ser un buen pastor, ya el conejito tomó forma y se puso aún más rojo y rebosante. Creo que me voy encariñando.
La melodía se mantuvo un par de compases. Temo un silencio y perder al conejito como perdí al caballo, aunque el caballo no me importó; era azul y deforme. Pero con el conejito ya me identifiqué. Si los vendieran rojos, iría mañana por uno.
El violín se torna ácido de pronto, se convierte en uñas rotas y ladrillos. Le dice al conejito que se tire al barranco, le dice cosas muy duras que le trastornan sus ojos azules. Le dice que él no vale, que se suicide. El violinista es un enfermo cruel.
Miro al conejito y me desinflo. Tiene la cara descuadrada y en la mirada se le nota que escuchó al violín como si de veras. Entonces me acerco y le cuento lo maravilloso que es, murmurándole a sus orejas enormes. Creo que si me cree.
El conejito se resiste y yo sonrío. Se enfurece el violín y aún con los ojos cerrados, siento que las manos del hombre enloquecen y su cara se distorsiona. El conejito volvió a ser rojo y le digo que huya del violinista, que se salve y coma trébol todos los días. Pero es tarde.
Llega la melodía, raspada y violenta, y lo toma por las orejas. El conejito no grita, no llora. Solo abre los ojos azules y me mira, como reprochándome que tardara tanto en avisarle. Otra vez el violín se lo lleva.
Ahora el violinista es un hombre cajudo y tosco, con botas de hule y un madero en la mano. Como si reformara a un niño travieso, azota al conejita con el madero hasta hacerlo sangrar. Una, dos, cinco, diez veces. Yo ya no puedo mirar. Y todo este tiempo, el conejito con los ojos azules muy abiertos, como perdonándome.
El violín lo deja tirado en un granero oscuro y se ocupa de cerrar el movimiento. Me acerco al conejito para consolarlo, le pongo una mano sobre el lomo sangrante y lo acaricio. Pero él ya no me mira a mí, sino al campo de tréboles que hay afuera del granero. Creo que me dio la razón.
Acabó el violín y creo que también el piano. Siento a mi prima levantarse a ovacionarlos, aunque no escucho nada. Sigo con los ojos cerrados y nada del mundo me hará abrirlos. Mi prima me golpea de nuevo y le digo que no.
Y no quiero abrirlos porque sé cuando lo haga, en algún lugar del mundo se despertará un conejito rojo en un granero olvidado, sangrando y moribundo, sin saber quién fue el ingrato que lo dejó así y sin saber tampoco por qué le nace ese deseo tan absurdo de abalanzarse sobre el campo de tréboles que se ve más allá de la puerta del granero, tan lejano que su destrozado cuerpo jamás lograría arrastrarse hasta él.

sábado, 23 de agosto de 2008

Círculos Concéntricos

El universitario llegó al liceo y escuchó los sonidos diarios de la quietud. Suspiró resignado y antes de irse de nuevo, se lamentó para sí mismo. “Pensar que allá afuera está el mundo”. Dos chiquillas de cuarto año que iban pasando lo oyeron y no entendieron sus palabras. Aun confundidas, salieron en busca de sus amigos. Los encontraron en el tercer piso, sin más remedio para el aburrimiento que una vieja bola de hule.
Llegaron con la noticia: el universitario dijo que afuera está el mundo. Rumiaron la frase unos minutos, todavía absortos en tirar y recibir la bola de hule, hasta que el más aburrido de todos se levantó y propuso salir a buscar el mundo. Pero inmediatamente sonó la campana que acababa del primer recreo del día y todos volvieron a sus clases de matemática, biología y educación cívica, donde no tuvieron una bola de hule para entretenerse.
Ya en las aulas, la noticia los pellizcó uno por uno. Se fueron haciendo a la idea de que afuera estaba el mundo, de que esas eran paredes carceleras, que la anatomía del perro no importaba si estaban ahí engavetados y que las clases de aritmética. Uno se atrevió a volverse y pasar la noticia al compañero de atrás, que había sido el paradigma verbal, pero que logró incorporarse tras escuchar que afuera estaba el mundo.
Poco a poco se fueron agitando las aulas. Primero era un ruido seco, como cien mil hormigas chocando las antenas y agitando las patas en los pasillos del liceo. Tras la campanada que anunció el cambio de lección, se fue haciendo más notorio, aunque todavía era una multitud muda. Los más despiertos se cruzaban miradas cuando se topaban en el cambio de aulas, pero no se decía una sola palabra. Nadie hubiera notado nada. Solo unos que habían quedado olvidados en la cadena y que se actualizaban a última hora mostraban por unos segundos una cara nueva, para luego sumirse al anonimato colectivo.
Entraron los alumnos al nuevo bloque de lecciones. Pero ya no sentían ese horrible vacío cuando escuchaban al profesor hablar del relieve del continente europeo, o de las leyes de la termodinámica, porque los había iluminado el universitario y sabían que afuera estaba el mundo. Solo en la clase de literatura supieron escuchar al profesor, quien les hablaba de hermosas metáforas de romper con los esquemas, sacadas de libros de Cortázar o de Wells.
En la última fila del aula 23, una alumna redactaba a prisa un discurso para inflar los ánimos. La comunicación era la clave. Como las divisiones entre las clases eran unos tablones mal puestos, los estudiantes se mensajeaban de un lado al otro.
Corría y corría la noticia de que todos iban a ir a buscar eso que les prohibían ver. Cuando el profesor de geografía le pidió a un chiquillo pelirrojo que pasara a la pizarra a dibujar el mundo, un escalofrío sacudió al grupo entero.
Los maestros más suspicaces iban atando los cabos que nadie hubiera podido atar. Que ya el Cholo había dejado de tirar cachirulos a sus compañeros y estaba quitecito en su pupitre, escribiendo y borrando números. Que el aire tenía esa tensión ácida como el día que se robaron el examen de Inglés. Que ya no se podía escuchar las risotadas generosas de las hijas del senador Flores.
Pero el movimiento seguía incólume y cada engranaje se sucedía al siguiente sin que nadie hubiera planeado esta sucesión. Cuando faltaban diez minutos para el almuerzo, el secretario entró en la oficina del Director. “Venga, tiene que ver esto”. Salió el Director con su cara de idiota sin uniforme, se plantó en el centro del edificio y no escuchó ni vio nada. Sin necesidad de explicación, lo supo. “Mierda”.
Se desmontó el cerebro intentando abrirle una ventana a la situación. Pero sabía que ni un boquete industrial los salvaba. Comenzó a dar órdenes. Muévame esa estantería, corra a traer todo el material del gimnasio, llamen por los altoparlantes a los maestros inmediatamente, atrasen la campana del almuerzo cinco minutos. Llegó el cuerpo académico al instante, como si cada cual hubiera escuchado el mismo silencio arrastrándose.
“Señores, es hoy”. Todos se movieron incómodos en sus sillas, hasta que el coordinador de química se levantó. “Tenemos la ventaja del terreno”, Apenado, se alzó su colega de matemática. “Pero son más”. Y el silencio se apoderó del salón de profesores.
Salieron inmediatamente y se armaron a como pudieron, para no ser atropellados por el martillo que se asomaba. Lo primero fueron las trincheras alrededor del edificio de Dirección, bautizadas por el profesor de física. Del material del gimnasio se inventaron proyectiles. Después solo les quedó esperar.
La campana sonó y en cada aula se levantó un alumno, sin que nadie lo hubiera dispuesto así, para llamar al orden y la calma. Decidieron esperar diez minutos más, porque sabían que el silencio torturaría al pelotón del Director. Sonriendo, brazo con brazo, salieron después del tiempo acordado y se armaron en la planta baja.
Desde lo alto de las escaleras, varios oradores incendiaron los ánimos con sus discursos y hasta las trincheras se escuchaban el griterío. Aún a estas alturas, todavía algunos del profesorado pensaban que los colegiales se irían a sus casas tranquilos, sin rencor en sus corazones jóvenes. El Director hacía llamadas telefónicas como loco: al cura del pueblo, al despacho del ministro de educación, a la guardia nacional. Pero todos lograban esquivarlo.
De la planilla quedaron algunos rezagados, pero nadie pensó en ellos después de la campana del almuerzo. El bibliotecario se negó a dejar sus libros a merced de la furia de “charlatanes incultos e imberbes”. La administradora del comedor ponía candado al cubículo minúsculo donde guardaba el maní garapiñado, los chocolates y toda su mercadería. Pero al escuchar el estruendo buscaron refugio tras el cerco de sus compañeros.
De última habló la del aula 23. Opresores a nuestras mentes, viles carceleros del espíritu estudiantil, traidores a la verdad. El escándalo alzó vuelo y llegó hasta la casa cural, donde el párroco oraba al Padre para que asistiera a los maestros. En el Ministerio decidieron callar, no fuera a ser que todos los colegiales del país descubrieran que afuera estaba el mundo. La Guardia Nacional estaba también en su almuerzo.
La columna bajó desde el edificio de aulas y desembocó frente a la Dirección, donde los recibió una descarga de tinteros y bolas de béisbol. Los alumnos respondieron con lo que hallaron a mano y puestas las piezas sobre la mesa, ambos lados pudieron decir que era combate.
Entre los alumnos se expandió un acuerdo tácito de que hasta que no rescataran el estandarte del Liceo no podrían salir al mundo. Se batieron por más de una hora, los profesores defendiendo el edificio ante el huracanado ataque, los estudiantes enviando oleada tras oleada a quebrarse ante las trincheras.
No se discriminó entre los enemigos. El profesor de español contuvo una avanzada de los miembros del equipo de deletreo. El trombón de la banda lanzó una regla metálica que le abrió la frente a la directora musical. Hasta el profesor de literatura disparaba manojos de piedras a los estudiantes de su club de lectura.
Pasada la una treinta, la campana de salida chilló suplicante. El Director aprovechó el respiro momentáneo y solicitó diálogo con los atacantes. Se sentaron alrededor del abeto que se erguía a medio camino y soltaron cuanto tuvo dentro cada uno. La comitiva estudiantil la lideró el capitán del equipo de oratoria; los profesores le encomendaron la tarea al subdirector. Todos estaban chorreando sudor y algunos hasta sangraban, pero a nadie le importó.
Los están engañando. Sí, ustedes. No, nosotros no. Que sí, ya lo sabemos. Escúchenos. Queremos el estandarte. No podemos. Mentirosos. Muchachos, no sean insensatos. A otros con su paternalismo barato. Necios. Demagogos.
“No señor Director, no ceden”. “Dicen que no entregan el estandarte”. Los improvisados estrategas de cada lado tiraban líneas en planos torpes. La muchacha de la 23 seguía arengando los ánimos, no vaya a ser que se olvidaran que afuera estaba el mundo, aunque ninguno necesitaba realmente las palabras porque ninguno podía olvidar. Los profesores se asomaban a los ventanales quebrados y bajaban la cabeza afligidos.
Finalmente se reanudó la batalla, con más ferocidad todavía, porque todos sabían lo que se jugaba. Hasta el más duro de los profesores temía lo que pudiera pasar si el perímetro cedía y los estudiantes no estaban dispuestos a perder su dignidad ante sus carceleros. Largas horas lucharon, hasta que los colegiales decidieron que si no podían conseguir el estandarte, al menos había que evitar que siguiera cautivo.
Alguien encendió una tea bañada en confín y caminó solemne hacia la Dirección. Al mismo tiempo, sentado en el auditorio de la escuela de geología y cansado de la crudeza del mundo, con sus déspotas caprichosos y su nítida censura, el universitario recordó con melancolía la placidez de sus días de colegial. “Que lindo sería volver al Liceo”.

sábado, 16 de agosto de 2008

Oda Azul a un Pronombre

La misma noche que hace blanquear los mismo árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos
Neruda

Hoy es una tarde lluviosa de sábado. Y me acordé.
No porque hayamos vivido un sábado de lluvia (¿o sí? ya parece todo hace tanto que ni recuerdo con precisión), sino porque las tardes así son perfectas para reír.
Nosotros nos reíamos, ¿te acordás? Casi como si fuera un oficio pagado, un trabajo a medio tiempo. De siete a tres, de lunes a viernes. Pero a veces sí nos extendíamos, que un martes en la clase 52, que un miércoles armando la red en el gimnasio...
Allá éramos nosotros, los de siempre. Te digo que todavía me acuerdo hace quince años, cuando estábamos tiernos y suaves, y nos pusieron uno tras el otro en colas interminables. Te lo digo que me acuerdo.
Ya ha pasado tanto y hemos visto tanto... Y nos acordamos de tan poco; apenas de intermitencias diminutas, unos segundos apenas de cada día. ¿Adónde dejamos el resto?
Digo yo, porque algo tuvo que llenar los espacios. Claro que me acuerdo del día con las bandas azules de letras doradas, de cuando nos pusimos los sombreros y los cambiamos de mano en mano, de cuando las elecciones y el todo de rojo, de cuando "si ustedes salen de esta aula le dan mal ejemplo a los demás", con las máscaras del restaurante y ese olor tan nuestro.
Pero, ¿y lo del medio? Hablo de esas horas eternas escuchando a las pizarras, de la complicidad muda con el que estaba en la silla de enfrente, de saber que en la otra esquina pensaron lo mismo. Decime, ¿vos te acordas de eso?
Yo ahora me siento en mis aulas (ya no le podemos decir nuestras) y ya no se lo que piensa aquella con los ojos azules. Porque a la de nosotros que tenía los ojos azules le hubiera parecido todo encantador, como siempre le parecía todo.
Te lo digo: yo extraño esa pulsación. Vos podés decir que ya te acostumbraste, que ya conseguiste otro nosotros y que ahora tenés otras nuestras aulas y nuestros profesores. Yo te entiendo, a veces me pasa. Pero también me pasa a veces que es un sábado por la tarde, y llueve, y lo que me nace es un deseo de que sea un lunes, y que sean números, nuestros números, para poder reír.
Y es que vos no podés contar una historia tuya sin nosotros, ni puedo yo, ni puede aquella flaca que se sentaba en la última fila. Y me gusta que no podamos.
Tal vez nunca supimos que ahora íbamos a saber esto. ¿Te acordás como todo era tan mágico y tan cotidiano? Un día ustedes nos llevaron a conocer el mundo de los confites y recuerdo que nos uniformaron de café para que nos acordáramos siempre y mirá como todavía me acuerdo (te prometo que de veras me voy a acordar siempre, aun sin que nos hubieran uniformado).
Y otro día alguno dijo que nos montáramos en un avión y fuéramos no recuerdo dónde, y allá fuimos todos sin saber ni cuando llegamos ni cuando volvimos. Eran las islas y nosotros, las noches y nosotros, las botellas y nosotros, la alegría y nosotros. Ahí también reímos, pero era a jornada doble, 18 horas al día, descansado apenas lo suficiente para poder empezar de nuevo.
Ya ahora todo es tan diferente. Los espacios diarios son solo espacios, son solo puntos o comas o líneas de diálogo. Allá hace un año o dos eran llaves que no aparecían, o apuntadas para el 12, o era un karaoke humano. Eran anécdotas gloriosas que estaba destinadas a olvidarse una semana después.
Porque el abrazo y San Carlos. Porque un "¡Carajo Franco!", porque una vida que es bonita. Porque las sonrisas diarias y los siete brindis del café. Porque una finca que ya nunca será nuestra, porque al fin y al cabo hermanos.
Y es que alguien pretendió (yo sé, yo entiendo que no quedaba de otra, pero igual dejame quejarme) que lo metiéramos todo en dos páginas de un libro celeste y café, como si Arial 11 pudiera.
A nosotros, que fuimos más que un pronombre. Al músico y a la del pelo rojo, al que no necesitó estudiar, a la del acento cantadito, al que quiso leerlo todo y a la del 10 corrido. Al que no podía ser más flaco, a la que se abrazaba, a ese que nunca se perdió una fiesta, al que nos llegó importado. Y hay tantos más, pero nunca se me olvida ni uno.
Porque yo creo que al final de eso se trata todo y tal vez aquel carajo Zeledón decía verdades. Y es que nunca vamos a poder ser así con otros, no volveremos a ser los que hablan sin mover los labios, los que ven sin abrir los ojos...
Y yo aquí, azul y temblando, sentado en una tarde de sábado como si todo fuera una lluvia de días que ya se fueron y apenas quedan delineados y frágiles. Y es que sí, podemos soñar con otros lunes y otros jueves, tal vez de octubre o de abril, donde volvamos a ser nosotros, y a reír, y a llenar los espacios con algo más que puntos y comas.
Ya no será en esa aula 55 o en los pasillos de madera de aquella isla perdida, pero allá donde estemos vamos a volver a ser nosotros. Y te prometo que nos vamos a reír, tal vez hasta como lo hacíamos antes.
Pero por ahora solo podemos asomarnos a las ventanas, cada cual a la suya porque ya no tenemos las nuestras, y ver esta lluvia de sábado caer sobre la tarde.

domingo, 27 de julio de 2008

Hay alguien, Alberto

Alberto, esta vez no es broma. Hay alguien ahí afuera.
Yo sé que me vas a decir que son ideas mías, que eso me pasa por ver las películas de las diez, pero quiero que me creás. Hace poco lo escuché arrastrando los pies por el pasillo, debe ser algún borracho que se confudió de edificio, pero está afuera, Alberto.
Y es que estoy fría y cansada. Me acurruqué entre la cama y el armario, en el hueco donde antes iba el canasto de la ropa, viendo hacia la ventana. Tal vez no sepa que estoy aquí.
¿Estás buscándome por la ventana, Alberto? Desde acá veo ocho estrellas. Cada vez se ven menos en el cielo de Madrid. Me gustaría que nuestros hijos puedan ver estrellas en Madrid, y que pensaran que son luciérnagas o viejos reyes, o que somos nosotros que les hablamos. De veras, Alberto.
Pasó otra vez. No seas tonto, ¿qué podrías hacer?
Ahora lo escucho respirar, es como si estuviera apenas aprendiendo. Pero aprende rápido, Alberto. Sigue caminando por todo el pasillo del piso, y a veces baja o sube las gradas.
Eso me pasa por alquilar un cuartito para mí sola, Alberto. Vos sabés que no me gustan los de afuera, son barbudos y huelen a sombrillas y a café frío. Pero este hasta camina diferente, como si le pesara un brazo más que el otro. Ya me dio miedo, Alberto. Consolame.
Todo este cuarto está contra mí. El reloj, el canasto de la ropa, todo. Solo mis geranios se mantienen fieles. Es porque les canto, ¿sabés? Lo leí en una revista del salón hace unos meses y comencé a cantarles y mirá lo floreados que están. Cantame algo, para no escuchar al de afuera.
Hay alguien, Alberto. Te lo digo que hay alguien.
¿Y de veras vamos a tener hijos Alberto? Que sean cuatro, tres hombres y una mujercita, para que sus hermanos la cuiden. Y quiero tener un piso entero para nosotros, sin pasillos donde pueda entrar gente en la madrugada.
Además, hoy no dieron película a las diez. Por eso se me ha hecho más cansada la noche. Me entretuve jugando con una candela, hasta que llegó el de afuera y apagué todas las luces. Y te llamo porque sos vos y porque ya no me da miedo que me escuche.
Otra vez pasó caminando. Creo que se sentó a descansar un rato frente a mi puerta, porque escuché un sonido seco. Si, ya lo escuché suspirar.
¿Y si es un sicópata y me quiere matar? Yo creo que no estoy lista, Alberto. Todavía me falta tirarme de paracaídas y comerme un kebap de verdad. Y ver más flores de los geranios.
Pero ¿sabés? Se escucha cansado. Me gustaría estar cansada ahora, poder acostarme y dormir. Este insomnio me está matando, Alberto, de veras que sí. ¿Me viste las ojeras que llevaba el martes? Entonces no me digás que no.
Voy a acercame a la puerta, para que no sea tan solo. Este huele a sombrilla, pero mojada. No huele tan mal de hecho, creo que me podría acostumbrar. Es solo, Alberto. No es que esté solo, es que es solo. Yo no quiero ser así de grande. Casémonos, decime que sí, para no ser solos.
Creo que no lo quiere hacer. Tiene los ojos grises, estoy segura. Solo sé que tiene los ojos grises, no me preguntés cómo se. Tiene los ojos grises y se le están nublando con lágrimas. Creéme, no lo quiere hacer.
Pero si le toca, nada podemos hacer. Tal vez solo está haciendo su trabajo y ¿quién soy yo para impedírselo?
Ya se levantó, se alejó unos pasos de la puerta, creo que se va a ir. Pero no se puede largar así como así, tiene que hacerlo, Alberto. Decile que tiene que hacerlo, decile que es su trabajo.
Ya no tengo miedo. Ni aunque hubiera visto la película de las diez estaría con miedo. Ahora me da un poco de lástima. No me gustaría estar en su posición. Pobre...
Ahora pegó la oreja a la puerta, yo creo que me escuchó hablar con vos. ¿Tendrá alguien, así como yo te tengo a vos? Tal vez podamos presentarle a Ingrid, para que vaya y se siente en su puerta y Ingrid huela ese olor a sombrilla mojada y sepa que es él. ¿Creés que le guste a Ingrid?
Creo que ya se decidió. Me tiró un papelito por debajo de la puerta. Dice "perdón". Ves, te dije que no quería hacerlo, pero él sabe que le toca. No seas bruto, no vas a llegar a tiempo, mejor quedate allá.
Alberto, tengo que colgar, ya le está pegando a la puerta. Las bisagras no van a aguantar muchos golpes. No, no podemos hacer nada. Espero que tus hijos puedan ver estrellas sobre Madrid.
Está llorando, Alberto, y llorando duro. No quiere hacerlo, pero lo va a hacer. Me tengo que ir, no quiero que me encuentre hablando con vos. Yo también, y mucho. Presentale a Ingrid. Y acordate de cantarle a mis geranios, todavía le faltan algunos botones por estallar.

sábado, 26 de julio de 2008

La fantasma

Anita se acercó, buscando la cruz remota de mi abrazo. A veces hacía eso, cuando no entendía algo. Todavía en su disfraz, se escurrió entre mis brazos, con su carita trastornada por el escándalo impío de la tormenta. “¿Por qué está el cielo tan enojado?” me preguntó suavecito, como para que la lluvia no escuchara. “Debe ser que es martes” le dije sin escucharla en serio, porque pensaba en las zanahorias del huerto. “Se nos van a arruinar las zanahorias” le dije. “Que la lluvia se las lleve todas si quiere, pero que se vaya” me respondió con sus piernas empaquetadas bajo su cabecita suave.
Anita era así, Rubén, caprichosa. Su capricho era inocente, como una bolita de algodón blanco o una de esas nubes esponjosas que cosechan domingos. Era irresistible cuando se encaprichaba con algo. Decíme, Rubén, ¿cómo me iba a importar que desperdiciara la harina y el ajo, y que ensuciara las sábanas blancas cuando jugaba a fantasma? Se me olvidaba todo, hermano, solo podía verla.

Esa noche, buscamos la chimenea, para calentarnos. Los dos seguimos acurrucados en nosotros mismos, esperando que la tormenta pasara; yo para ver las zanahorias y ella para hallar su aliento de nuevo. Los relámpagos jugaban a buscarse y encontrarse con las largas sombras de los abetos y yo los oía reír sobre la melancólica canción de la lluvia. Un rayo partía aquí y allá la sombría monotonía de la noche. “Decíles que paren” me ordenó Anita. Todavía tenía la cara llena de harina, pero unas gotas agridulces habían pintado cinco caminillos suaves desde la cuenca del ojo hasta el final de la mejilla. “Decíles que paren” me ordenó de nuevo entre sollozos oscuros, pero no podía hacer nada por ella. “Ya no deben quedar zanahorias” dije, pero ella me miró con ojos cansados y tristes.

La noche crecía y se alargaba por toda la casa. Yo veía las centellas desparramarse contra los vidrios impecables de la cocina, contra los floreros del comedor, contra el farol de Anita que yacía inmóvil. Pero creo que Anita no veía eso, Rubén. Ella veía disparos y detonaciones, y horripilantes caravanas que incendiaban el mismo aire donde se mecía su respiración. Tal vez hasta haya visto ejércitos dorados y plateados inundando la salita, porque me dijo de nuevo: “Decíles que paren”. Y ya no era una orden, sino una súplica.

Lo que más me preocupó fue su nuevo tono de voz. Apagado y seco, como un martillazo en un saco de harina. La miré a los ojos y los tenía amarillos, como los de un perro borracho, entonces le canté algo que no recordaba al oído. Pero Anita se iba hundiendo entre mi abrazo, hasta que me pareció que no pesaba más que un pecadillo venial. “Voy a apagar el cielo” le dije para consolarla y me fui a buscar unas cobijas para ella. Le gustaban las de lana gruesa, porque le hacían unas cosquillas que le daban risa. Ella era así, Rubén, se reía de las cosas sencillas. Se reía de la marca de nacimiento que tenía en mi pierna. “Mirála, parece un gato asustado” me decía con la cara hinchada de carcajadas.

Cuando pasé por la puerta de la cocina, quise salir a ver las zanahorias. “Se van a mojar las cobijas” pensé, y seguí hasta la salita. “Aquí te traje unas cobijas para que te rías un rato” le iba a decir a Anita, pero no pude, porque encontré el sillón vacío. La puerta estaba abierta, y afuera, la noche estaba baja como un telón monstruoso. Salí despavorido, a buscarla corriendo como un idiota, rogándole con alaridos homéricos que regresara, que esa no era manera de apagar el cielo, que yo iba a hacer que todo se callara para ella.

Mirá como es el mundo, Rubén, la encontré sentada en el huerto, con la sábana cruzada por figuras de barro y las manos llenas de tierra. Todas las zanahorias estaban desperdigadas a lo lejos, alumbradas a veces por un relámpago que pasaba. Resignado, me senté a su lado y allí quedamos los dos, empapados y tiritando. Hasta que ella, sin volver su carita de fantasma lavada por la lluvia, me dijo con mi misma resignación de viejo perro encadenado: “Hoy debe ser muy martes, porque ya le tiré todas las zanahorias, pero creo que no se va a ir”.

jueves, 24 de julio de 2008

El pasillo del ala izquierda

Como de costumbre, Rodrigo se asomó a la entrada de la Iglesia y solo vio cuadros. El piso estaba inundado de pequeñas cerámicas cuadradas, alineadas una tras otra en un patrón eterno. Amarillo, negro, vino, gris, amarillo... Se puso a buscar figuras, como si el piso fuera un cielo enorme y los cuadros unas nubes caprichosas. O las figuras lo buscaban a él, ya eso no lo sabía, pero nunca importó. De pronto, por el pasillo central pasó huyendo un enorme dragón de tristes ojos grises, perseguido por una flor multicolor que Rodrigo apenas logró identificar. Volteó la mirada horrorizado (si las flores persiguen dragones, qué destino le espera al mundo?) y caminó un poco por el pasillo del ala izquierda, su favorito, donde jugaba el tropel de sirenas amarillas que conocía de siempre. Rodrigo se iba a sentar al lado de ellas, seducido por sus carcajadas, pero su madre lo miró desde el otro lado de la iglesia y supo que era mejor acudir cabizbajo. Recibió el pellizco de rigor, se rio por lo bajo de la mujer que en el púlpito leía el Salmo 23 y sentado junto a su madre, miró con añoranza las bancas del ala izquierda.
Tras nueve años de acudir a la misma iglesia a la misma hora, Rodrigo ocupaba cada domingo la misma banca (la tercera del ala derecha) y las oscuras plazas del ala izquierda eran un misterio, una fruto prohibido, un soplo de magia. También estaban las sirenas, niñas rubias de ojos negros y dos dimensiones, pero ellas eran más nuevas. Se habían encontrado un segundo domingo de adviento, unos años atrás, porque su madre había dicho: "vamos temprano para que no me quiten la banca" y llegaron veinte minutos temprano. La madre de Rodrigo se arrollidó a rezarle al Padre, y Rodrigo trató de verdad; había cerrado los ojos hasta que le dolieron las pestañas y pensó fuerte en la imagen del crucificado, pero no logró escuchar esa voz que su mamá decía oír, se resistió a seguir monologando y buscó diversiones mundanas. Allá, tras las bancas solemnes del ala izquierda, se veía un grupo de sirenas reír de las penas de los hombres. Se estiró para verlas mejor, pero un gruñido de su madre le recordó que estaban en santa presencia y tuvo que conocerlas otro domingo. Pero ahora estaban tan lejos...
Su banca no era tan mala. Estaba frente al púlpito y Rodrigo solía distraerse viendo a los que subían cada domingo a leer los textos del día. Había una señora que siempre se pintaba todas las uñas menos el anular de la mano izquierda, y un muchacho que todos los domingos acudía con una corbata morada, y cada vez que podía se encargaba de la segunda lectura. El sacerdote daba las homilías sentado y Rodrigo veía en sus zapatos de mortal los cordones mal amarrados (para sí mismo, Rodrigo se prometía jamás tener los cordones así cuando creciera) y le molestaba que tosiera cada ochenta y siete segundos. De hecho, medía con su reloj la invencible regularidad de la tos, pero el sacerdote no aflojaba una milésima.
Pero ese domingo, el dragón era nuevo y por ahora lo entretenía. Desde su banca, lo oía gemir de miedo, porque la flor realmente era terrible y lo perseguía sin misericordia y todos saben lo que es capaz de hacer una flor sin escrúpulos. Estaba absorto en contemplar la inmóvil persecución cuando en el púlpito tomó lugar uno de esos raro eventos que pueden alegrar cualquier celebración. Esta vez era el micrófono del orador, que se negaba a funcionar. Aun no había introducido el pequeño monaguillo la segunda lectura cuando comenzó a fallar.
El hombre del teclado se acercó ufano al micrófono y movió un par de cables de la base, pero la cabecita brillante se resistía a cooperar. Esta era la parte que divertía a Rodrigo; por un minuto cada seis meses de este absurdo teatro valían todos los sermones del anciano sacerdote y los pellizcos de su madre. Viéndose impotente, el hombre del teclado movió los hombros un poco incómodo, masculló al monaguillo unas palabras breves y se escondió en el cuartito de sonido al fondo de la iglesia, buscando la solución al problema. Afuera, el cuadro era caricaturesco. El monaguillo plantado con el pedazo de papel que le tocaba leer, con ojos de tonto sin mama, el anciano sacerdote petrificado en su silla, con doscientos pares de ojos clavados encima y las sirenas riendo al otro lado de la iglesia.
El sacerdote alzó las cejas y escondió la cara en el hueco de su mano izquierda, la madre de Rodrigo se acomodó inquieta en su banca y el hombre del teclado salió de la puerta con las manos abiertas y una cara de animal humillado. Se levantaron unas señoras muy gordas de la primera fila y travesearon al micrófono, tocándolo con insolencia, profanando su privacidad, pero seguía sin ceder un centímetro. Rodrigo pensaba que si le decían "por favor" (son dos palabras muy mágicas) el micrófono funcionaría, pero no estaba dispuesto a arruinar el espectáculo. A él no le importaba ya eso, quería ir al ala izquierda de la iglesia, a sentarse a reír con las sirenas; quería tragarse sus carcajadas, acostarse a su lado, ser uno con los cuadros del suelo. Quería ir y reírse con ellas de las penas del hombre hasta que le doliera el estómago.
La gente había comenzado a murmurar. Rodrigo conoce el tipo de persona que murmura cuando falla un micrófono. Son los mismos que siempre entienden tarde el chiste del irlandés y la playa, los que solo pueden hacer las tareas de matemática en hojas cuadriculadas y los que cantan el coro de las canciones para simular que las saben. Pero no es culpa de ellos, tal vez algún día puedan redimirse.
Ahora Rodrigo espera ahora el momento en que regresa el sonido. Su madre diría "Gracias a Dios", el sacerdote asomaría los ojos entre sus dedos y el hombre del teclado regresaría corriendo a su puesto para tocar el Aleluya. Le gusta cuando sucede eso. Pero no pasa nada. Y Rodrigo también comienza a ponerse nervioso. Para distraerse, mira un rato al dragón, obeso y pusilánime. Si fuera un dragón noble y gallardo no tendría miedo del micrófono rebelde, porque él lo protegería, pero quién se atiene a un dragón que huye de una flor?
Pasan los minutos y el sonido sigue sin regresar. Entonces se levanta un señor de la primera fila de la izquierda, cruza el pasillo principal, aparta a las señoras gordas y se planta frente al púlpito. Rodrigo no lo conoce, pero es un gusto verlo. Tiene todos los 7 botones de la camisa bien puestos, los cordones amarrados y una esquina del pañuelo blanco escapa de la bolsa trasera del pantalón. Todo un caballero. Hace una señal en dirección a la puerta principal y a las dos laterales y entran varios hombres vestidos en traje entero, cada uno con una pequeña pistola en la mano. Rodrigo los cuenta, en total son diecinueve y todos visten de negro con una corbata roja y camisa blanca, y la misma esquina del pañuelo blanco en el bolsillo trasero.
Uno de los hombres se acerca al micrófono, saca un pequeño aparato azul del bosillo interno del saco y lo dirige hacia la orgullosa figura negra. El micrófono, vencido, cede. Vuelve a la formación el hombre del aparato y el primer sujeto toma la palabra. Rodrigo nota que tiene los ojos grises y tristes, como su dragón, pero tiene una actitud mucho más segura.
-Damas y caballeros, no hay de qué alarmarse. Esto es un asalto, pero somos profesionales y nadie saldrá herido. Tan solo depositen sus objetos de valor en los contenedores que estos señores pasarán y todo saldrá bien. Muchas Gracias.
El ala izquierda le fue asignada a un hombre con el cabello negro, corto y lacio y unos anteojos de borde dorado. Al señor de la segunda banca, el hombre lo dejó sacar unos papeles de su pensión de la billetera. Cuando pasó por la banca de Rodrigo, sonrió y les solicitó todos sus objetos de valor. La madre de Rodrigo entregó todos sus anillos, su cadena de oro puro y su billetera (en aquellos buenos tiempo cuando aun no habian telefonos celulares para poder robarse), pero miró con todo el desdén posible al hombre que la robaba. "Solo hago mi trabajo, señora", le dijo él con una sonrisa en la cara. Rodrigo no sonrió al entregar su nuevo reloj digital, negro y reluciente, que se había comprado el martes con los ahorros de los últimos siete meses.
Todo el proceso fue rápido (Rodrigo notó que ya no habían murmullos en las filas de atrás del lado derecho). Los diecinueve hombres regresaron junto a su líder, frente al altar, tan cerca de Rodrigo podría verles las pupilas brillando y las sonrisas impecables si no tuviera los ojos empañados por el llanto. El hombre del púlpito se despidió con unas cordiales palabras y recomendó no seguirlos, porque dijo que no querían herir a nadie. Hablaba con tal gracia que nadie pensó en hacer algo diferente a lo que decía.
Salieron todos por las puertas laterales, y el último hombre de cada puerta dejó un clavel en el portal. La iglesia entera contuvo el aire y no se oyó nada en todo el templo. Lentamente, el anciano sacerdote se levantó de su silla tras el altar (a él también le habían robado billetera y su collar de oro) y se encaminó hacia el púlpito. Cada paso suyo aumentaba la ansiedad de los feligreses, que ya empezaban a murmurar sin disimulo. Rodrigo oía a todos opinar de lo que diría en sacerdote, si condenaría el ataque y llamaría a perseguir a los ladrones (aunque él pensaba que sonaba muy fuerte esa palabra para un golpe tan elegante) o si exhortaría a mantener la calma y poner la otra mejilla.
Para el momento en que el sacerdote finalmente llegó al micrófono, toda la iglesia se había deslizado hasta el borde de sus asientos y Rodrigo llegó a pensar que hasta el dragón y la flor lo miraban para oír lo que diría. Pero en un último acto de rebeldía humillada, el micrófono se resistió a reproducir sus palabras y aunque el anciano trató en repetidas ocasiones, nada se oyó.
Nada logró el suspiro resignado del hombre del teclado desde su puesto ni los brinquitos inquietos de la madre de Rodrigo. La iglesia entera se quedó paralizada por el fiasco, hasta el mismo sacerdote miró desconcertado alrededor, buscando ayuda, y a Rodrigo dejó de parecerle gracioso que el micrófono no funcionara.
Por eso, cuando escuchó la carcajada grotesca de las sirenas romper el silencio desde el otro lado de la iglesia, Rodrigo hizo un juramente secreto de jamás volver a acercarse a ese maldito pasillo del ala izquierda.

viernes, 4 de julio de 2008

Funeral en un Pueblito

Que dicha que pudiste llegar. Nos tenías extrañados a todos. Yo cierro, no te preocupés. La sombrilla podés dejarla con las nuestras, en aquella puertecita. Si, ahí. ¡Cómo te has conservado, ni se te notan los años! Claro que no pensamos que no fueras a venir, ¡con lo que lo querías! Pero con este diluvio uno nunca sabe lo que puede pasar. Por ahí anda Rodolfo contando que vio un carro con el agua hasta el techo, allá por el Cristo Blanco. Por donde estaba la casa de Virginia. Bueno, no importa. Pero pasá, pasá, que venís chorreando agua. En la salita de al lado Quincho encontró una chimenea medio destruida y la prendió para matar el rato, acercáte. Vení y te enseño donde, porque entre este montón de gente uno no encuentra nada. Mirálo ahí está, te dejo en buenas manos, que creo que se acabaron las galletas y el café. Quihúbole, ¿cómo vas? Acercáte, a menos que querás morirte de una pulmonía y obligarnos a enterrarte a vos también. No jodás, vos sabés que así soy yo, no me veas con esa cara de sos un desalmado porque no es que me esté burlando de Manolo. Al rato te escucha desde allá y te cree y viene a jalarme las patas en la noche. Vení, vení, dejá de verme y secáte un poco, que prendí este fuego para todos. Dáme y te acerco este banco. Yo muy bien por dicha. Ahí está, exprimiéndome cada aliento la muy maldita. Y todo por unos sacos de papa cada seis meses. Sí, en eso tenés razón. La verdad es que uno nunca sabe con esto de las fincas, vieras como la tenía de linda Manolo y de pronto se va a morir. No, no sé a quién le tocará, pero creo que a Javier o a Melania, porque Manolo no dejó ni hijos ni testamento. Pero que dicha que llegaste vos, nada había sabido desde que oí que dejaste tirada la parcelita que te dio don Víctor. No digás eso, tu papá era un buen hombre. Bueno, te dejo que hace poco vi entrar a tía Victoria y vos sabés cómo se pone si uno no la saluda. Ni te burlés. Aunque no sea tu tía, vos sabes que ella hace años te adoptó en la familia. Ni vos te salvás de esa. Ahí nos vemos más tarde, no te perdás ¿Por qué ahí con la chimenea? No me digás ahora que le vas a hacer un poema al fuego, si son tres tristes llamas que prendió el bruto de Quincho. Vos y tu poesía que sale de todas las cosas. Mucho Neruda diría yo, eso es lo que pasa por leer tantos poemas, se le fríen a uno los sesos. Y bueno, ¿cómo estuvo el viaje hasta acá? Una lluvia de los mil diablos supongo. Sí claro, me imagino. Ahora que venía para acá me encontré un carro con el agua hasta el techo. Ah, ¿quién te contó? ¿Maribel?. Condenada esa, que es una chismosa. Pues sí, vieras que impresión, me lo tope allá por el Cristo Blanco, por el palo de mangos donde nos trepábamos los fines de semana. El pobre hombre se había ido en una zanja y apenas le dio tiempo de saltar. Iba mojado hasta los huesos, así como estás vos ahora. Le tocó una buena semana a Manolo para morirse, a él que le encantaba la lluvia. Yo no me quejo, sinceramente. Todos los brotes de zanahoria van a crecer ahora. Sí, gracias a Dios. ¿Vos seguís metida en esas de los libros? Yo pensé que te habías curado después de quemar la fiebre con aquella novela. Claro, por ahí la tengo, orgullosamente autografiada. Me leí unas partes, sí… Es que la verdad he estado de locos, algún día te prometo acabarla. La que sí se la leyó fue mi señora. ¿Cómo? Si hasta te invité a la boda, pero como vos ya no te aparecés por estos pueblos menores. Ya te la presento. Es aquella que está por el candelabro de bronce. Vamos y así podés saludar a Martita, que anda muy caída. Usted escribió el libro ¿verdad? Claro, por la fotografía de la parte de atrás. Rodolfo no ha tenido la cortesía de leerlo. No se deje engañar con sus inventos de que tiene mucho trabajo en la finca y que las zanahorias lo tienen loco. A esas solo les faltó sembrarse solas, ni que las vigilen ocupan. ¡Rodolfo Uribe, atrévase usted a desmentirme! Por cierto, soy Guillermina, que este cavernícola probablemente ni le dijo cómo me llamaba. Aunque por hoy se lo perdono, ahí donde usted lo ve parece muy tranquilo, pero lo trae loco que se haya muerto Manolo. Ustedes se conocían desde chiquillos, ¿verdad? Rodolfo me contó un par de historias de cuando estaban todos en el colegio y también Manolo me había contado una o dos. No me haga esa cara, que sí lo quiero, aunque a veces nos tratemos de un modo particular. Así somos. No, claro, yo entiendo. Usted vino desde allá para ver a Manolo y ni ha podido verlo y yo aquí hablando tonteras. El ataúd está en aquella esquina. Un placer. ¡Tanto tiempo! La última vez que te vi fue cuando te fuiste a la ciudad a estudiar. Sí, muy jodido todo. Miralo como está el pobre. Por cierto, esta cajita le quedó muy bonito a Quincho. Y todos que decían que compráramos un ataúd hecho. Se hubiera revolcado en su tumba el pobre Manolo de saber que gastamos un chorro de plata en cuatro piezas de madera. Pero por dicha le tocó una temporada de lluvias. ¿Te acordás aquella vez que nos fuimos a hacer malabares a la capital? Claro, que queríamos ahorrar para un viaje por el país. ¿Ahora si? Hubo una tarde que llovió como si se fuera a acabar el mundo y estábamos todos hechos un puño en un zaguán y el fiebre de Manolo bajo la lluvia. Ay Manolo que era especial. ¿Y te acordás del carro que se quedó hablando con él? Aquel que en vez de acelerar cuando se puso en verde el semáforo se quedó conversando como si no le pitaran. Sí, el mismo que le dio el fajo de billetes. ¿Te acordás que le dijo a Manolo que fuera feliz por la gente como él? Pero estoy seguro que te acordás del fiestón que hicimos con la plata que nos dio ese pobre infeliz. Digo infeliz porque no era feliz, no me malinterpretés. Pero ahora aquí quedó Manolo. Sí, un infarto. No, no, dicen que no sufrió, por dicha. Ay, ahí viene doña Victoria, mejor me voy a buscar a Mina. ¿Ya no saludás a la pobre tía Virginia? Es que crecen y se van para la ciudad y lo olvidan a uno. Vieras cómo hemos sufrido acá con lo de Manolo. Estoy segura que vos también, con lo que se llevaban de bien de jóvenes. Y me consta que todavía de viejos se mandaban cartas y que él se leyó tu libro. ¿Yo? Echando para adelante, no queda de otra. Aquí enterrando sobrinos, no puede ser posible, pero el Señor sabe por qué hace las cosas. Sí, claro en eso tenés razón. Me contaron que seguís con la manía de escribir. Yo me acuerdo que siempre te dio por esas; cuando estaban todos los chiquillos afuera entre los árboles o tirándose en el barro, vos agarrabas un libro en alguna esquina y no le dabas tregua. Hay gente así. Tu papá casi se vuelve loco cuando le dijiste que te ibas a dedicar a la literatura, pero la verdad yo estaba de acuerdo, porque es bueno tener a algún letrado por si acaso. ¿Trajiste algo para leer mañana en la misa? Ah, sí, ya entiendo. Si claro, solo a estar un rato a solas con Manolo. A mí me da por ahí a veces, se me mete ir a la tumba del coronel a hablar con él un rato, porque no hay nada más bueno que descargar la conciencia con un muerto. Siempre lo escuchan a uno. Disfrutá de la tranquilidad con Manolo, que ya no lo vas a ver más, y aquí nadie te va a interrumpir. Yo me voy también, cuidá esa juventud. ¡Viste que bonito me quedó el ataúd! Trabajé ayer toda la noche y me salió esta belleza. Sí, ya la saludé. Te dije que no te ibas a escapar de esa, ya la tía Virginia te adoptó y no perdona esos saludos. Ahorita sale con alguna indirecta de que ya no la querés o algo por el estilo. Sí, yo estaba con él. Vieras que muy tranquilo, solo soltó un gruñido mudo y terminó ahí donde lo ves, acurrucado entre girasoles y bromelias y cuanta flor rara pudimos encontrar. Una maravilla para Manolo, pero yo me asusté como nunca. Imaginate vos, estar ahí los dos fumando pipa y que se calle de pronto y no vuelva a hablar. Sí, así fue. Que rico contarle a alguien y que no intente abrazarlo a uno. No, no, no digo que seas así. Igual no jodás, siempre fuiste como una piedra para mostrar lo que sentís. No es que me queje, sólo es una observación. ¿Cómo? ¿Ya te vas? Acabás de llegar hace diez minutos y ya te querés ir… Bueno, ahí nos hablamos. Llamame si ocupás alguna ayudita con algo de ebanistería allá en la ciudad. Yo me podría echar el viajecito, nos tomamos un café y te ayudo. Me llamás… Te veo otra cara de cuando entraste. ¿Pero cómo va a ser que querás irte? Ah, ya. Claro, toda la razón. Tu sombrilla está ahí, mirala. Que gusto oir de vos y que hayas podido venir a estar un rato con Manolo, yo se que uno ocupa esos momentos tranquilos de ves en cuando. ¿Pudiste estar un rato con él? Bueno, vos sabes que aquí somos buenos para hablar. Saludos pues, seguí mandando tus libros, que todos los leemos. Y acordate de no irte por la calle del Cristo Blanco, o vas a ser la comidilla del pueblo en la vela del próximo muerto.